Vacaciones en Salcedo

De Osvaldo Cascella.

El lector puede pensar que el título refiere a una villa en Cantabria, o quizás una playa en República Dominicana o tal vez un bucólico paraje rural. No es así, lamento la desilusión.

Se trata de una calle alfombrada de parejos adoquines y bordeada por frondosos árboles que le proveían sombra y reparo, en el barrio de Boedo de la ciudad de Buenos Aires, sobre la cual tenía su domicilio la tía Celina, hermana de mi madre. Mejor dicho, especie de media hermana, dado que fue criada por mis abuelos maternos, quienes tuvieron once hijos propios, que mal podría hacer una más. Este hecho nunca había sido destacado, era totalmente reconocida como un miembro de la familia. De allí que mi madre y Celina se querían como auténticas hermanas.

Celina vivía sola en un departamento de dos ambientes a la calle de un edificio de los llamados PH, desde su frustrado matrimonio, que como correspondía a la época jamás se hablaba del tema frente a los chicos.

Desde jovencita trabajó para una familia de alta alcurnia, en la cual desarrolló su carrera comenzando como muchacha con cama adentro, ascendiendo hasta lograr el título de Ama de llaves, cosa que le encantaba resaltar.

Muchos años después se jubiló atendiendo a los nietos, ya adultos, de sus primeros patrones. Además de la seguridad laboral que contaba por su lealtad y dedicación, tenía el privilegio de acompañar en las vacaciones a Punta del Este a la acomodada familia.

Por lo tanto, el departamento de Salcedo quedaba a disposición de la hermana y familia que vivíamos en Las Flores, un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. Y hacia allí íbamos durante el verano, mi madre y mis hermanas a pasar varias semanas en la Capital, mi padre venía los fines de semana. Recuerdo que eso sucedió en entre 1956 y el 58. En el 59 ya nos mudamos definitivamente a Palermo a una casa propia.

Como Celina se deslumbraba paseando por Punta del Este, lo mismo sentía yo estando en Buenos Aires. A solo tres cuadras de la vieja cancha de San Lorenzo, a unas cuadras de la Avenida San Juan, lo mismo hacia Avenida La Plata, la Avenida Boedo, la Avenida Garay y no lejos de la frontera que establecía la Avenida Caseros. Sin conocer París, ese barrio porteño para el chico de pueblo, tenía el encanto de París, Roma y Londres juntos.

Gracias a los buenos vínculos vecinales de Celina, enseguida me contactó con un pibe que vivía justo en la vereda de enfrente. Al fondo del gran depósito de un almacén mayorista, donde se estibaban bolsas de yerba, que le daban un aroma muy particular al mezclarse con el de las especies, azúcar, harina, latas de galletitas y demás mercaderías.

Este chico de más o menos mi edad, quiero decir seis, siete años, se llamaba Rúben, así con acento en la ú y sus padres eran los caseros del lugar. Este flor de pibe, ofició de representante del “paisanito” ante los demás chicos del barrio y facilitó mi ingreso a la barrita, que sumaba unos diez integrantes. Con los cuales se compartía prácticamente todo el día.  Se jugaba a la pelota en la calle, se salía en bicicleta por los alrededores, siempre alguno me conseguía alguna de una hermana. Nos colábamos en el estadio y debajo de la tribuna de tablones espiábamos entrenamientos y partidos amistosos o entre categorías. Podíamos ver a Sanfilippo, Lallana, Facundo y otros cracks de la época.  Por supuesto todos los pibes eran hinchas del cuervo, menos yo que me mantenía de Boca, pero no voy a negar que esa proximidad al club y sumado el hecho de que la primera vez que fui a una cancha a un partido oficial fue al viejo Gasómetro, de la mano de mi madre en la tribuna de Damas presenciamos San Lorenzo versus Estudiantes de La Plata. Eso despertó en mí una simpatía por la azulgrana, que por suerte se me pasó cuando dejé de visitar el barrio.

La barra tenía una sola actividad preestablecida, la tarde del miércoles estaba      programada, para concurrir al cine. Ese día en el “Select San Juan” era el destinado a los chicos y amantes del cine de aventura, en continuado tres películas y una serie.

La primera vez que dijeron “Listo es la hora, vamos al cine” yo sentí que eso no cuadraba, estábamos en medio de un partido de futbol en la calle y estos decidían, así de golpe, ir al cine.

Para mí, el hecho de ir al cine representaba un acto social de máxima importancia, para el cual uno debía bañarse y ponerse pilchas decentes, no ir así todo traspirado y con la ropa de entre casa. Además, el conseguir un permiso especial y plata para pagar la entrada. El bueno del Rúben, al observar mi desconcierto me explicó, que el hermano mayor de Rick era el chocolatinero de la sala y en determinada hora dejaba sin llave una puerta lateral por la cual se ingresaba a un pasillo que además era depósito y por una pequeña escalera interior se accedía al pullman.

Rick, como se hacía llamar, en verdad José Antonio, pero su fanatismo por Humphrey Bogart, lo llevaba de forma permanente a imitarlo en sus movimientos y manera de expresarse, por ser muy chico y todavía no fumar, a modo de cigarrillo utilizaba un escarbadientes o un palito. Él, comandaba el “operativo ingreso”, nos distribuía en grupos de dos o tres, los cuales debían acercarse por turnos y desde distintos lados, para no llamar la atención del boletero o del acomodador. Cada miércoles trazaba un plan diferente con la misma responsabilidad que si tuviese que organizar el desembarco en Normandía. La primera vez me produjo un electrizante nerviosismo, con el correr de los miércoles se transformó en un paseo más.

Por supuesto que de acuerdo a las películas que viéramos, era el argumento necesario para los juegos de toda la semana, éramos cowboys, indios, piratas, espadachines, gladiadores, soldados, etc. Podíamos ser cualquier personaje, pero menos chicos jugando. Esto se tomaba con mucha seriedad y cierta justicia, el rol de malos o buenos era rotativo. Si ayer me había tocado ser indio y moría en un ataque, Hoy me correspondería ser un mosquetero del rey y vencer a los del “Cardenal Richelliu”. Corriendo por cuenta de cada uno acondicionar el vestuario de acuerdo al papel que tenía que desempeñar.

Rick, por ser el más asiduo concurrente al cine era quien organizaba y llevaba la voz cantante, en este caso era el dueño de la pelota. Al cine entraba colado el que contaba con su aceptación. Pero también es justo reconocerle que era el que tenía mayor imaginación para adaptar una historia a un juego el cual podía durar varias horas, antes o después del obligatorio partido de futbol callejero.

Solo había unos días en que se suspendía o retrasaba el futbol, era cuando la ciudad se llenaba de mariposas y todos los pibes nos dedicábamos a cazarlas, portando unas ramas y con una formación en cuña que abarcaba toda la calle, se organizaba la cacería, además de las ramas cada uno llevaba un frasco o lata donde se guardaban las que quedaban entre las hojas de las ramas. Después cada uno mostraba sus trofeos y algunos expertos decían leer los números que se escondían bajo las alas de las más grandes, unas negras y amarillas, que servirían para acertar la lotería. A cada especie le ponían un nombre como “Chanchita”, “Lecherita”, “Galera”, “Galerita”, nunca supe de donde los sacaron, si eran ciertos o inventados por ellos, pero lo decían con tal convencimiento, que jamás se me ocurrió dudar de su certeza. Luego las mejores cada uno las pegaba en un cuaderno, en hojas de papel madera o hasta en hojas de diario.

El experto en la organización de la cacería era el “Botija”, un petiso uruguayo que tenía un don especial para trepar a los árboles y por lo tanto conseguía las ramas necesarias para el safari. Esa virtud lo convertía en el Jefe de la actividad. Él estudiaba el viento y el vuelo de las primeras que asomaban, y con precisión ordenaba la posición en la cuadra y quien ocupaba los primeros lugares, por suerte esto lo disponía por estatura, los más altos adelante, cosa que me favorecía, pero él, a pesar de ser bajito, por ser el jefe, se ubicaba primero.  Y las que no alcanzaba gritaba el nombre de alguno, del cual conocía su posición y le marcaba la especie. Por ejemplo: “Rúben Lecherita a la derecha”, o “Rick Galera a la izquierda” o “Paisanito (o sea yo) Chanchita arriba”.

El movimiento del conjunto exigía cierto orden y coordinación para no terminar golpeándonos con las ramas entre nosotros. Tampoco nunca supe por qué, estas bandadas de mariposas aparecían por unos días y sus pasadas no duraban más de una hora durante la siesta.

Rara vez la escuadra cazadora abandonó la calzada de la calle Salcedo, hasta que un día por un repentino cambio del viento, supongo, el Botija ordenó correr a ubicarse en la cortada (Pereyra), una calle de unas tres cuadras y notablemente menos ancha que el resto. Ese día fue el más fructífero de la temporada, por lo angosto del paso y ausencia de árboles, parecía que eran muchas más de lo habitual y eso facilitaba el golpearlas con las ramas. Todos estábamos exultantes, gritábamos y corríamos como enajenados. Pobres bichos les dimos como en bolsa, hasta nos dimos el lujo de descartar las piezas más chicas y menos vistosas.

Agotados, mientras clasificábamos y comentábamos la hazaña, sentados en el cordón de la vereda, sentimos un chistido que nos venía de atrás. El “Botija” creyendo que habíamos interrumpido el sueño siestero de algún vecino, por señas nos indica que salgamos de ahí y en silencio. Mientras cerrábamos los frascos y hablando mucho más bajo, los chistidos se escucharon nítidamente y en un tono amigable, no de reproche.  Todos mirábamos para saber de dónde venían, hasta que Rick descubrió al chistador.

Cautelosamente Rick se acercó a la alta reja que protegía un angosto jardín en el cual a ambos lados de la puerta central se encontraban dos inmensos rosales, los cuales ostentaban enormes flores, el de la izquierda daba de color rojo rabioso y el otro de color blanco inmaculado. El frente de la casa retirado a un metro, metro y medio de las rejas, contaba, al centro, con una puerta metálica de dos hojas con vidrio partido y detrás de cada rosal un ventanal con persianas de hierro pintadas de gris, las que siempre recuerdo cerradas.

Con sorpresa confirmó que el chistador era un muy delgado niño de más o menos nuestra edad, de tez muy pálida, vestido con un pantalón que le cubría las rodillas y sostenido por tiradores de tela, medias tres cuartos que sobrepasaban el ruedo del pantalón, una camisa blanca sin cuello, muy raída por el tiempo y en sus pies calzaba unos viejos y gastados zapatos de cuero, varios números más grandes. Coronaba su cabeza una gorra a cuadros con visera, por debajo de la que se escapaba sobre la frente un mechón de pelo muy negro. A decir verdad, su imagen atrasaba 30 años, era similar a las fotos de mi padre siendo niño.

El chistador sentado sobre el umbral de la puerta de la casa, al advertir que todos nos acercábamos para observarlo, con ademanes que dejaban traslucir bastante miedo, nos pedía silencio.

Rick por ser el descubridor se hizo cargo del dialogo, en clásico estilo Bogart, con un hombro apoyado sobre la reja y con los dedos unidos hacia arriba en tono duro le inquirió:

– ¿Qué te pasa pibe, que chistas, te molesta algo?

El chistador casi entra en pánico por el volumen de la voz de Rick e insistió por señas que hablara bajo mientras se ponía de pie. Apenas entreabrió la puerta que tenía a sus espaldas y espió hacia adentro unos segundos.

Rick molesto por la espera volvió a increparlo:

– ¿Estás buscando ayuda, perejil?

El chistador se apuró a negar conjuntamente con manos y cabeza, y en puntas de pie se acercó a la reja que lo separaba de Rick y todos nosotros, en su andar se notaba una leve cojera. Antes de hablar volvió a mirar hacia atrás, al no notar ningún movimiento, en voz muy baja y apresuradamente, dijo:

– Si me das una rama, te doy una rosa.

Ninguno de lo de este lado de la reja entendió que decía, Rick reiteró el gesto de interrogación con la mano. Ante lo que el escuálido insistió:

– Si me das una rama, te doy una rosa.

hora lo dijo de forma más lenta y en un tono un poquito más alto, y ahora si entendimos que el pibe no era argentino, su manera de hablar lo denunciaba. Fonéticamente no podía pronunciar “RRama”, solo lo podía decir “Rama”, con una R, lo mismo que Rosa.

El Panchi, quien era hijo de un médico y por lo tanto tenía más dinero disponible, era el proveedor habitual de la pelota “Pulpo”. Sorprendido exclamó:

– es extranjero.

Rick conocedor del mundo a través del cine, le retrucó:

– No, animal, no es extranjero, es italiano.

El escuálido chistador asintió con su cabeza los dichos de Rick. Éste con aires de superioridad, sopló sus dedos unidos y los frotó sobre la camisa dando lustre a sus uñas. Luego giró su cabeza hacia el italiano y le habló vocalizando y ayudando con señas sus palabras:

– Si yo te doy una rama, ¿vos me das una rosa? ¿Es así?

El “tanito” asintió con la cabeza. Sin pérdida de tiempo, Rick le entregó su rama bastante mal trecha después de la cacería. No muy convencido el escuálido la tomó y fue en busca de una rosa roja. Después de unos segundos de elección, cortó una ya en vías de marchitarse y de donde estaba, atravesando la reja, extendió el brazo alcanzando la flor. Rick caminó unos pasos y llegó hasta la flor, con cierta disconformidad la aceptó. Comparada con las otras que adornaban el rosal esta era un deshecho. Rápidamente el “tanito” se defendió aludiendo:

  • Por una rama rota, una rosa viecca.

Rick sonrió comprensivo y luego aportó para nosotros:

– Este es tano, pero no es ningún gil.

De inmediato le dijo al “tanito”, empleando el mismo método de vocalización:

– Domani, a questa hora, io traigo una rama bien pulenta y vos me das una “piu bella rosa”. Capicce?

– Domani, capito.

Respondió el “tanito”, ante nuestro total asombro por el dialogo en italiano, y jugueteando con la rama volvió a sentarse al umbral. Rick con un brazo en alto indicó que nos íbamos hacia Salcedo, en silencio nos encolumnamos tras sus pasos pudiendo observar como por cada uno que daba, quitaba un pétalo a la rosa y tirándolo hacia arriba lo dejaba caer planeando lentamente. Al Panchi no le gustó ese gesto y lo interpeló bastante caliente:

– Sos garca che, sino la querías me la hubieses dado y se la llevaba a mi vieja.

Rick en tono de sabiduría le contestó:

– Tranquilo Panchi, no ves que me caminó, que me dio la más chota. Ya le vamos a pelar los rosales al tanito ese, se cree más vivo que nosotros. Ya vas a ver.

El Rúben, no estuvo de acuerdo y moderadamente aportó lo suyo:

– Bueno, digamos que tu rama no era la mejor del mundo, ya estaba muy cagada a palos. Así que están a mano. Los dos se jodieron igual.

Rick, aun evidentemente ofendido respondió:

– Si, pero nosotros somos locales y él es visitante, se tiene que quedar piola.

– No digas nosotros, vos te cortaste solo, cuando sabes bien que el tema de las ramas lo manejo yo. Ahora, aguantarse.

Intervino el Botija, celoso de su responsabilidad.  Sin mucho convencimiento yo aporté lo mío:

– Pobre pibe, saben que feo es ser de otro lado y no conocer a nadie.

El Rick me miró con ojos de pocos amigos, pero para mi suerte Rúben me apoyo, diciendo:

– El “paisanito” tiene razón, mañana lo invitamos a jugar a la pelota.

– Siempre viene bien uno más para el picado. Quien te dice la gasta.

Entusiasmado dijo Panchi, de inmediato Rick contra atacó con bastante mala leche:

– No seas otario, ¿no viste que además es rengo el coso ese? Que va a jugar, que va.

– Bueno basta, vamos a jugar a la pelota. Vamoooos. “Hoy en el estadio

de Salcedo, en esta tarde de sol brillante, se enfrentan los imbatibles gladiadores de San Lorenzo de Almagro con la máquina riverplatense”.

Panchi, primero sentenció y luego imitando a un relator de futbol, y al tiempo que hacia picar la pelota estableció el convite de darle a la redonda y así dar por terminada la discusión, que como venía terminaba como casi siempre que se discutía, a las piñas.

El Rúben propuso primero tomar la leche, al unísono dijimos no, que lo haríamos en el “entre tiempo”. Espacio de descanso que nos tomábamos cuando alguno de los dos equipos llegaba a convertir 5 goles, dado que el partido terminaba cuando uno llegaba a 10 tantos, siempre y cuando no se empatara en 9 y en ese caso, se seguía hasta alcanzar la diferencia de dos goles.

Para no demorar la decisión Panchi y Rúben realizaron la tradicional pisadita para elegir a sus compañeros. De a uno fueron armando los equipos.  Como Rick y Botija todavía estaban medios calientes por el entredicho de la rama y la rosa, y encima jugaron de lados distintos durante el partido se cepillaron varias veces y con varios conatos de agresión, por suerte el entre tiempo llegó enseguida. De manera organizada cada uno fue hasta su casa a buscar su vaso de leche y volver a reunirnos en el cordón del depósito del Rúben, donde este traía una lata que contenía las galletitas rotas y todos juntos merendábamos.

Mientras comíamos el Panchi, que seguía intrigado por el hablar italiano de Rick, no aguantó más y le preguntó:

– Che Rik, ¿dónde aprendiste hablar italiano vos?

Rick dándose aires de importancia le respondió como haciendo memoria, largó los nombres de a uno, pausadamente:

– Con Marccelo…, Vittorio…, Luciano…, Alberto…, Totó…, Gina…, Sofía.

Los nombres femeninos fueron acompañados con gestos de marcación voluptuosa de los cuerpos. Panchi aún más intrigado por la respuesta, insistió:

– ¿Y a esos quién los conoce?… donde viven?… son del barrio?

La mayoría sabíamos de la ironía de Rick, y largamos la carcajada, Panchi seguía desconcertado y molesto nos increpó:

– ¿Y ustedes tarados de que se ríen? ¿Acaso los conocen?

Rúben aun tentado se compadeció del Panchi y le aclaró los tantos:

– El tarado sos vos Panchi, son artistas de cine. Y este se ve todas las películas italianas, hasta las prohibidas.

La última acotación le dio el pie a Rick, para contar las partes más excitantes de la última que había visto.  Todos embobados tratábamos de aprender como besaba Mastroniani a la Loren de acuerdo a la explicación de Rick. El relato estaba tan interesante que el segundo tiempo del partido quedó para el otro día.  Después de la cena nos volvimos a reunir para jugar a las escondidas, único juego que se compartía con las niñas.  Mientras los familiares sacaban las sillas a la vereda para disfrutar el fresco de la noche.

Al otro día, como era habitual a partir de las diez de la mañana, la barra volvió a reunirse, de a uno íbamos llegando a la esquina de Salcedo y Pereyra y nos sentábamos en el cordón de la vereda, y como siempre uno de los últimos en arribar era el Panchi, quien aún medio dormido llegaba con la Pulpo bajo el brazo, al que se le hacían los reproches reiterados por su tardanza, eran lógicos, sin él no había partido.

En pleno desarrollo de la pisadita, otra vez fuimos sorprendidos por los chistidos del escuálido, quién a través de las rejas asomaba su mano en señal de saludo. Ese sencillo y simple gesto de cortesía, fue el punta pie inicial del objeto de este relato.

El Panchi, dirigiéndose al Rick le propuso, que dadas sus dotes de intérprete se acercara para ver que quería el Tanito.  Rick, en primera instancia se negó, todavía se sentía afectado por la rosa maltrecha, todos debimos insistirle halagando su facilidad para los idiomas, ante esto y poder recuperar su importancia, accedió.  Al mejor estilo Bogart caminó lentamente hasta la mano saludadora, ante la mirada expectante de todos nosotros que aguardábamos el resultado de la entrevista. La que fue muy breve y al parecer cortante, por el gesto de Rick al darla por terminada con su mano en alto como mandándolo al diablo.  El suspenso se incrementaba a medida que Rick se acercaba devuelta, Panchi no pudo esperar su llegada y casi a los gritos preguntó que pasaba.

Rick por respuesta solo se encogió de hombros, como no dando importancia a lo hablado, ahora casi a coro Panchi, Rúben, Botija y los demás, preguntamos:

– ¿Qué pasó? ¿Qué Quiere? Dale che, contá, ¿dale?

Rick insistió con su postura displicente y ante la sorpresa de todos, nos comunicó que quería el Tanito:

– Este pibe está loco, quiere jugar a la pelota con nosotros, pero no puede salir porque lo tienen encerrado. Que se joda.

El Botija, de inmediato tomó la iniciativa, plegándose sin dudar el Panchi y Rúben de salir al rescate del extranjero. Con los tres a la cabeza el resto los seguimos a corta distancia hasta que el Panchi nos detuvo y en tono severo afirmó:

– Ustedes esperen acá, no se acerque más, esta es una misión muy peligrosa, tenemos que ser pocos.

Fue tan convincente en su expresión, que ninguno se atrevió a dar un paso más. Y a distancia pudimos apreciar como el Botija con la agilidad de un gato trepó por el pilar junto a la reja y en un santiamén estaba en el jardín. Rúben ayudado por Panchi, subió al pilar para tomarle la mano al Tanito, que se alzaba por el impulso que le daba el Botija, haciéndole pie desde abajo. Del descenso se hizo cargo el Panchi, quien apoyo su espalda contra el pilar, para que el rescatado le pose los pies sobre sus hombros.  En segundos los cuatro estaban en la esquina ante la satisfacción de todos.

Inolvidable resulta la cara de juguetería que tenía el Tanito, que solo sonreía y asentía con la cabeza, ante la catarata de preguntas de todo tipo le hacíamos. Otra vez el Panchi puso orden, e interrogando al nuevo integrante le preguntó:

– ¿Vos de qué jugás?

– Portieri, portieri, io sonio portieri.

Respondía el Tanito, el Panchi un poco molesto, acotó:

– ¿Es tarado?, se cree que vamos a jugar a las visitas o a la escuela,

¿quiere ser portero?

– Dice que es arquero, portieri es arquero en italiano, animal.

Aclaró con solvencia Rick, seguido por un AHHH generalizado. De inmediato lo sumó a su equipo, acompañándolo hasta el árbol que oficiaba de poste y con breves instrucciones lo puso al tanto de las reglas que se aplicaban cuando se jugaba en la calle, con el otro arco en diagonal a este, o sea en la vereda de enfrente.

Nunca sabremos si le entendió algo, pero lo que, si supimos con certeza que el Tanito, por el cual ninguno de nosotros pagaba dos pesos, marcó el record histórico de terminar un partido con la valla invicta. Aguantó todos los taponazos que le disparaban sus ocasionales rivales, hasta le atajó un penal al Rúben que tenía una patada de burro. Hasta el 10 a 0 a favor del equipo de Rick, nos había dado cátedra del arte de atajar, cuando para los comunes el arco era un castigo, todos queríamos ser Sanfilippo, a ninguno de nosotros le interesaba ser “La Araña Negra” Yassin. Para nuestro futbol callejero al arquero que le metían un gol iba al medio y siempre era un puesto rotativo. Aquella media mañana Salcedo había visto a un verdadero arquero.

Apenas terminado el partido y ante la inmensa satisfacción de los ganadores y el desconcierto de los derrotados, el Tanito por señas y en su lengua más cerrada pedía con desesperación al Botija, Panchi y Rúben que lo ayuden a volver a su encierro.

– Presto, súbito ritorname a mia casa, súbito, per favore, presto. A mia

mamma me amazza, presto. –

Otra vez fue Rick el que rápidamente interpretó lo que pedía con tanta urgencia y se lo trasmitió al Botija, enseguida fueron de nuevo los cuatros hasta las rejas y aplicaron a la inversa el mismo operativo que el empleado para sacarlo. Ya una vez de nuevo en su cautiverio, pero recuperando su cara de plena felicidad saludada a sus rescatadores con la mano en alto.

El Botija, que ya estaba sobre el pilar por señas le indicó que esperara y caminando por la cornisa del frente lindero, se acercó hasta la esquina y de un añoso árbol que desplegaba sus gruesas ramas sobre el techo, trepó un poco y cortó una gran rama poblada de hojas. Regresando al jardín del Tanito, desde arriba del pilar se la ofreció, al tiempo que le decía:

– Esta rama vale dos rosas, una roja y una blanca. –

El Tanito sonriente entendió el mensaje y de inmediato cortó una hermosa rosa blanca y de paso al acercarse al Botija cortó una rosa roja, entregándoselas al portador de la rama que se agachó para tomarlas y dejarle la suya.

En ese mismo instante, escuchamos el grito de una mujer, que nos hizo correr a todos hasta el frente de la casa de las rejas y presenciar la feroz paliza que ligó nuestro nuevo arquero a manos de una mujer menuda, enteramente vestida de negro que profería insultos y sopapos a una misma velocidad y fuerza, luego de los pelos y a las patadas en el culo lo ingresó por la puerta metálica con vidrios partidos, una vez adentro el pequeño, la mujer regresó hacia nosotros profiriendo, lo que estamos convencidos hasta hoy eran insultos, que nos llevó a salir corriendo despavoridos a la máxima velocidad posible, tras nuestra huida cayó en medio de la calle de la cortada la rama negociada por el Botija.

Ninguno de nosotros hizo escala, cada uno corrió hasta su casa a encerrarse y atemorizados esperar las consecuencias del escándalo.  Mientras almorzaba con mi familia, con cierto placer descubrí que estaba lloviendo, eso significaba que esa tarde no habría más juegos, me quede junto a los míos durante el resto del día, pero con la inquietud de esperar que algo suceda.

A la mañana del otro día, aún sin ganas, pero para no despertar ninguna sospecha, como siempre salí al encuentro de los pibes en la esquina. Para mi sorpresa y la de todos los demás, Panchi había sido el primero en llegar, la conmoción que trasmitía era la misma que todos sentíamos en nuestro interior. Hoy no era como los otros días, donde todos hablábamos, reíamos, bromeábamos al mismo tiempo que se planeaba a que se jugaba. Estábamos distintos, nos sentíamos distintos, con una especie de angustia y miedo. Cada uno para sí mismo se preguntaba qué habría pasado con el Tanito.

Al fin el Botija, rompió el silencio y confesó que todo había sido por culpa de él, que necesitaba las rosas porque era el cumpleaños de su mamá y no tenía otra cosa para regalarle. A medida que hablaba su voz se entrecortaba y los ojos se le humedecían.  Rúben, generoso como siempre, le pasó su brazo por el hombro y lo consoló diciendo que había sido culpa de todos por ir a sacarlo.

Rick de inmediato intentó explicar que él había desechado el pedido de que jugara, pero pronto se corrigió pues lo había elegido para su equipo y gracias al Tanito, logrado la victoria más importante.

La conversación fue interrumpida por el ruido del motor de un lujoso auto negro de gran tamaño que avanzaba por la cortada ocupando toda la calzada, deteniendo su marcha frente a la casa de las rejas. Del mismo bajó un sacerdote, muy flaco y alto, con un gran sombrero sobre su cabeza, que le daba un toque tétrico a su figura cubierta por la larga sotana. Con energía golpeó sus manos anunciándose y mientras esperaba ser atendido, nos dirigió una mirada que nos heló la sangre.  A los pocos segundos ingresó a la casa.

En minutos, entre nosotros, corrieron las versiones más disparatadas de cuáles eran las causas de la presencia de un cura en la casa del Tanito. Bautismo, extremaunción, exorcismo. Hasta que uno más sensato solo preguntó:

– ¿No será un pariente que viene de visita?

Esa posibilidad nos tranquilizó a todos, pero solo unos instantes.

Un nuevo ruido en la casa de las rejas, nos volvió a concitar la atención.  El cura salió con una pequeña valija en la mano y mientras abría la puerta trasera del auto, nos volvió a mirar fijamente, introdujo la valija y volviéndose al jardín, ahora salió con el Tanito de la mano y lo ingresó al auto, sin más subió él poniéndose en marcha en dirección a nosotros.  Avanzando lentamente se acercaba cada vez más, en un acto de autodefensa, abandonamos el cordón donde estábamos sentados y nos paramos con la espalda pegada a la pared de la ochava. Justo frente a nosotros la fría y penetrante mirada del cura nos recorrió de pies a cabeza y recién al sobrepasarnos vimos asomar por la luneta trasera la carita del Taníto, más escuálido que nunca, y con su mano en alto nos dejó el más triste de los saludos que pueda existir, que sostuvo mientras el coche recorría Salcedo en busca de Castro Barros.

Todos, yo por lo menos seguro, no respiramos hasta que perdimos de vista el coche. No nos podía entrar en nuestra infantil cabeza, que, por dos flores, por más bellas que fueran, un chico tuviera que sufrir semejante castigo, primero el físico y después este, el peor de todos, el de ir pupilo a un colegio de curas. Para nosotros, acostumbrados al disfrute de la libertad, a pesar de las tropelías que cada uno contaba en su haber, mucho más graves que el cortar unas flores, jamás podríamos imaginar ese escarmiento.

Varias tardes las ocupamos en sabias disquisiciones sobre el significado en otras culturas y países, el cortar dos flores. Uno afirmaba que en la antigüedad eran símbolo de grandeza, otro se inclinaba a opinar que servían de señal para ser identificados por alguien en especial, dándole al hecho un halo de mayor misterio. Y cientos más de especulaciones, pero ninguna tan convincente para considerarla la auténtica razón.

Lo que quedaba de ese verano ya no fue igual, nos sentíamos como una familia en duelo, nada de lo que hiciéramos nos divertía tanto como antes. Y cuando nos referíamos por algo al ausente, lo hacíamos mencionando su frase de presentación: “Si me das una Rama, te doy una Rosa”.

Nunca supe su nombre, pero estoy convencido que fui el que más lo comprendió, pues también yo era un forastero preocupado en ganarme la simpatía de los lugareños.  Quizás por eso su frase siempre está dando vueltas en mi memoria por sí misma, en forma independiente de los muy buenos recuerdos de las vacaciones en Salcedo.