“Use la lapicera, señor Presidente”

Por Daniel Bustos.

Cuando hace poco más de 3 años, Cristina Kirchner presentaba a Alberto Fernández como  candidato a presidente de la Nación en una fórmula en que ella misma se relegaba a la presidencia, presenciábamos lo que se veía en ése momento como una brillante maniobra política. Es que faltaban unos seis meses para las elecciones generales, y hacia dentro del peronismo y en la calle se palpaba la sensación de que “sin Cristina no se puede, pero con ella sóla no alcanza”. Traducido: si bien Cristina era, lejos, la candidata con más intención de voto individualmente, en un eventual ballotage sería derrotada, porque del otro lado se agruparían todos los “anti” (antiperonistas, antikirchneristas, etc), movidos más quizás por el espanto que por el amor, y superarían a sus incondicionales.

La movida de la candidatura de Alberto, un tipo moderado y que hasta hacia poco había sido uno de sus más enconados críticos venía a destrozar ésa ecuación. Y por si eso fuera poco, atrás de ésa candidatura se fue aglutinando todo el peronismo, aún los más reacios a la figura de Cristina, como Massa, unido en lo que se dio en llamar el “Frente de Todos”.

Desde la oposición, se acuñó el apodo de “Albertítere” para ridiculizar a Alberto y hacerlo ver cómo un simple ejecutor de las órdenes de su vice y mentora.

La cosa es que la estrategia funcionó, al menos para ganar las elecciones. El Frente de Todos ganó con claridad, pero quizás con menos amplitud de la que se esperaba frente a un ahora redenominado Juntos para el Cambio que se mantuvo no obstante en un 40% demasiado generoso con una fuerza política que en sólo 4 años había endeudado en país como nunca en su historia, incumplido todas y cada una de sus promesas electorales, destrozado el salario, el poder adquisitivo y las Pymes y aumentado la desocupación a niveles inéditos.

La pandemia, que se expandió velozmente por todo el mundo casi a la par del comienzo de su gobierno; y las medidas sanitarias y económicas que obligó a implementar de apuro pasaron a segundo plano otras preocupaciones y urgencias que en otras circunstancias hubieran requerido una solución inmediata.

El gobierno hizo un manejo más que aceptable de ésta situación: se terminaron hospitales cuya construcción estuvo durante años paralizada, se multiplicaron los testeos y se implementó un gigantesco operativo de vacunación gratuita a lo largo y ancho del país. Y todo, en medio de críticas demoledoras y oportunistas de una oposición feroz que sólo vió en ésta cuestión  una inmejorable ocasión de pegarle de cualquier forma.

El golpe para la economía fue inevitable, como en todo el mundo. Pero cuando comenzó a vivirse una paulatina normalidad, comenzaron a aflojar cuestiones postergadas por la emergencia.

Era claro que el gobierno anterior había dejado al país de rodillas ante los organismos financieros internacionales de crédito.

Se había otorgado al país el mayor crédito en la historia del FMI a un gobierno. La cifra igualaba a lo que el mundo entero había empleado en combatir la pandemia. Y el 86% se había fugado. Es decir, nadie podía explicar en qué se había empleado; pero a partir del relajamiento de los controles cambiarios se habían vendido ésos dólares baratos a los amigos del poder, quién rápidamente los fugaron al exterior, principalmente a paraísos fiscales. Se había ejecutado la más gigantesca estafa en la historia nacional. Era necesario reprogramar ésa deuda, técnicamente imposible de pagar.

Pero por sobre todas las cosas, el clamor popular era determinar qué había pasado con ése dinero. Y que quiénes se beneficiaron con ésa maniobra, se hagan cargo de las consecuencias.

Y por último, juzgar a los responsables de ésa estafa; y que se hagan cargo personalmente de la deuda que el Estado argentino había contraído en su nombre.

La realidad es, que más allá de la retórica, nada de eso sucedió. Se anunció con bombos y platillos un acuerdo con el FMI, cuyas cláusulas y condiciones nadie conoce. Pero sí se sabe que no hay quitas, y, que, como en las viejas épocas, una misión del organismo vendrá cada tres meses a “monitorear” muestras cuentas. Léase, si estamos haciendo bien los deberes.

Y a quiénes advertían sobre  todas éstas cosas se los tildaba de “hacerle el juego a la derecha”. ¿Acaso el mismo Alberto no había dicho que “si estaba haciendo las cosas mal se lo hicieran saber”?

Hasta que los mensajes y cuestionamientos de Cristina hacia el Poder Ejecutivo fueron subiendo de tono. Desde “funcionarios que no funcionan”, pasando por “que se queden en su casa si tienen miedo”, hasta “el presidente puede tener legitimidad, pero no poder”.

Y concluyendo en su discurso en el Chaco con un contundente “No le estamos haciendo honor a tanta confianza y tanta esperanza que nos depositaron”.

Y Alberto Fernández se aleja, más allá de la retórica, del que fue jefe de gabinete de Néstor Kirchner.

La renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos, en desacuerdo con el acuerdo con el FMI; y la sugestiva ausencia de Cristina en la sesión del Senado que debía tratarlo, son datos insoslayables del desacuerdo del kirchnerismo con ése tratado.

Los pocos intentos de Alberto de obedecer a una política nacional y popular naufragaron solos. La fallida  estatización de Vicentín, es una. El vencimiento de la concesión de la Hidrovía, y sus dudas en crear una empresa nacional que controle ése lugar estratégico, hasta llamar a una nueva concesión, otro.

La ley de medios audiovisuales, aprobada por amplia mayoría y derogada por un DNU de Macri, nunca fue repuesta. El resultado es evidente. Una concentración cada vez más grande de medios supuestamente “independientes” pero con un discurso único en defensa, lógicamente, de las corporaciones a las que representan o son directamente parte utilizando su poder para esmerilarle la cabeza a la gente.

Las pocas iniciativas que podrían incomodar al poder real o implementar un poco de equidad han sido traccionadas desde el Senado: el impuesto a las grandes fortunas, o la ley de “Fondo Nacional para la cancelación de la deuda con el FMI” con un aporte especial de emergenci de aquellas personas que tengan bienes en el exterior “que fueron fugados y no están declarados ante el fisco”.

Parece que Alberto teme tanto al poder fáctico y mediático que evita hacer nada que lo incomode.

Intenta hacer equilibrio entonces por un estrecho desfiladero, intentando quedar bien con Dios y con el diablo. Y finalmente, no termina conformando ni a propios ni a extraños.

Y ya no hay lugar para medias tintas.

La tensión va en aumento, en la misma medida en que Alberto se va pareciendo, más allá de la retórica, cada vez más al que criticaba la gestión de Cristina presidenta, representaba a Repsol a la par que se oponía a la nacionalización de YPF o, remontándonos en el tiempo, integraba una lista con Domingo Cavallo.

Es que Alberto nombra a Alfonsín más que a Perón, y de hecho su gobierno se asemeja cada vez más  a una especie de socialdemocracia edulcorada, o a un tibio “progresismo” que a un gobierno peronista.

“Donde hay una necesidad, hay un derecho” decía Evita.

Pero la justicia social, columna vertebral del movimiento creado por el General Perón, y que de hecho le da nombre al mismo ya casi ni se menciona y ha dado lugar a una difusa “ampliación de derechos”, que en verdad no se sabe a ésta altura muy bien en qué consisten, y parecen dictados más bien por una agenda global que por las necesidades genuinas de la gente de las que hablaba Evita.

Y mientras la gente común percibe que sus bolsillos son cada vez más flacos cada vez que va al supermercado o a cargar combustible ante una inflación descontrolada que hace utópico cualquier intento de ahorro y ni hablar de progreso y/o ascenso social,  observa discusiones que percibe muy lejanas, demasiado, de su realidad cotidiana.

Los DNI para “no binarios”, la discusión por el lenguaje inclusivo, por ejemplo, podrían ser cuestiones que podrían acaparar la agenda oficial si las necesidades básicas de la gente estuvieran medianamente satisfechas. Pero como eso está muy lejos de ocurrir, es normal que la mayoría de la gente los perciba como debates estériles, o al menos superficiales o referentes a una minoría ultrapolitizada mientras no se atienden otras demandas mucho más urgentes que hacen a su vida cotidiana. 

La oposición tomó nota muy rápidamente de eso, y se apresuró a tomar el  lugar del  “sentido común” al prohibir el llamado “lenguaje inclusivo” en las escuelas  y generar un debate a favor y en contra. Pero, quién se presta a ésta maniobra ¿ Ellos, que en su oportunismo hacen su juego, o quiénes defienden a capa y a espada ésta cuestión como si fuera una cuestión de vida o supervivencia o cómo si no hubiera otras más importantes,  y terminan siendo funcionales a ésta jugada? 

Cuando , finalmente, en el acto por el centenario de YPF, en que Cristina y Alberto volvieron a coincidir luego de un tiempo sin hablarse, la primera se refirió a la historia del nacimiento de la petrolera estatal, y contó que Hipólito Yrigoyen, quién envió al proyecto de la creación de la petrolera estatal al Congreso,  cansado de esperar sin éxito de que se lo aprobaran durante 3 años, decidió hacerlo por decreto.

Y a continuación, se dirigió a Alberto y le asestó un contundente: “Vos tenés la lapicera. Te pido que la uses”.

Ahora, bien, cuáles serán, entonces, ésas cuestiones sobre las que Cristina le pide a Alberto que “use la lapicera”?

Sin pretender meterme en su cabeza, intentaré hacer algunos esbozos.

La Argentina es un país inmensamente rico. Cómo se explica, entonces, que la pobreza llegue casi al 50 %.

Algunos datos pueden ayudar a explicar esto. El país es un proveedor mundial de alimentos; pero quién los comercializa y se beneficia con su venta y distribución. La concentración de empresas en ése sensible rubro es emblemática.

“La discusión se da con apenas 47 empresas multinacionales que están en condiciones de nutrir esa canasta de productos de primera necesidad”.

“En la mayoría de los casos, existe una o dos firmas a cargo casi toda la oferta local. Lo mismo sucede con las cadenas de supermercados y hipermercados, donde apenas diez empresas acaparan hasta el 85 por ciento de las ventas por ese canal comercial a los hogares.” Por si alguna duda queda, todas éstas empresas han tenido, por ejemplo, durante la pandemia, un incremento de ganancias exponencial.

Éstos son los famosos “ formadores de precios”. Éstas empresas aumentan arbitraria e injustificadamente sus precios, o desabastecen en su afán especulativo de determinados productos, motivados por una ambición insaciable de lucro o, por qué no también, con el propósito deliberado de desestabilizar gobiernos que no responden incondicionalmente a sus demandas e intereses. Federico Braun, dueño de la Anónima, tuvo un sincericidio reconociendo en un encuentro de la Asociación Empresaria ante una pregunta de un periodista de Clarín sobre qué actitud adoptaban frente a la inflación y dijo: “remarcar los precios todos los días”. Lo peor es que después su entrevistador y los participantes del evento festejaron su respuesta riéndose sonoramente como si se tratara de una humorada. Cabe acotar, por si algún desprevenido no lo sabe,  que Federico es tío de Marcos Peña Braun, el ex jefe de gabinete de Mauricio Macri. Y la Anónima es una empresa que tuvo aceitados vínculos durante la dictadura militar, al punto de que durante la misma creció exponencialmente.

En ése contexto, resulta vital que el Estado contara con una empresa que regulara el mercado y garantizara el abastecimiento. Y la estatización de Vicentín, empresa concursada cuyo principal acreedor es el Banco Nación, o sea el Estado, era una inmejorable oportunidad para dar el puntapié inicial de esto.

Pero eso no es todo. La finalización de la concesión de la llamada Hidrovía era una oportunidad histórica de que el Estado recupere, al menos, el control de ése especie de peaje de todos los barcos que ingresan y egresan del Paraná. Pero como señalé antes,  la realidad es que el  gobierno ha tenido una posición como mínimo, ambigua. Si bien conformó un ente con representación de todas las provincias que atraviesa el río Paraná para controlar éste paso; en lugar de crear una empresa nacional que lo administre, llamó a una nueva licitación internacional para hacerlo, cuyo resultado será que los extranjeros seguirán teniendo el control de éste estratégico paso. 

Otra grave falencia es la falta de una Flota Mercante, creada por Perón y desguazada en los 90. Teniendo en cuenta que salen 89000 toneladas anuales de nuestros puertos, ello no sólo permitiría al país ahorrar unos 1200 millones de dólares anuales en  fletes, sino que crearía mano de obra nacional y reactivaría astilleros como el de Río Santiago.

Eso ha permitido, por ejemplo, el despropósito de que los barcos que entran y salen por el Paraná deban hacerlo por el puerto de Montevideo, pagando un peaje allí, y no puedan utilizar el Canal Magdalena, que es argentino. Y que los barcos que sacan la soja brasilera y compiten con nuestra producción utilizen nuestro Paraná sin pagar un peso.

Y finalmente, los puertos privados (también concesionados en los 90) de las cerealeras (Dreyfuss, Cargill, Cofco, etc) son una sangría por dónde se fugan las divisas del país, y para peor sin ningún control (las cerealeras exportan “a declaración jurada”, sin ningún tipo de control de fisco). Y lo insólito es que por ejemplo, en la Provincia de Santa Fe, ni siquiera pagan Ingresos Brutos, que se le exige hasta al que tiene un kiosquito. Y algo muy similar pasa con las compañías mineras.

Todo esto ha llevado a hacer decir a la desaparecida diputada Alcira Argumeda que “sólo controlando el contrabando, el país en un año podría pagar la deuda con el FMI”.

Cristina en su discurso de Avellaneda ha venido a echar luz también sobre otra cuestión, no menor, que dio en llamar “festival de importaciones”.  Y ejemplificó: “Para que ustedes tengan una idea, en la Argentina 600 empresas explican el 75% de las importaciones, y el otro 25% lo explican 24.000 empresas. Quiere decir que no es tan difícil controlar esto y además se deben dar estrategias.” Y reclamó una articulación entre el Banco Central, el Ministerio de la Producción, la Aduana y la Afip para evitarlo.

Si completamos éste círculo con el brutal y artificialmente creado endeudamiento externo, que va paralelo a la brutal fuga de capitales, favorecida por el desmantelamiento de todos los controles cambiarios y para favorecer a unos pocos, tenemos el mapa completo del saqueo a que nos vienen sometiendo.

Parafraseando a Raúl Scalabrini Ortiz, entonces, podemos decir que “Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros”.

Podemos concluir, entonces, siguiendo a Scalabrini, que “no somos pobres, nos han empobrecido. Y que paradójicamente, mientras más trabajábamos, más nos endeudábamos”.

Mientras no se solucionen éstas cuestiones básicas, explicada claramente por Perón, el propio Scalabrini o Jauretche; y más contemporáneamente denunciadas reiteradamente por argentinos de bien como Carlos Del Frade, Mempo Giardinelli, o los lamentablemente desaparecidos Pino Solanas o Alcira Argumedo; difícilmente tengamos destino como Nación.

A la par, los medios y sus editorialistas y mercenarios a sueldo, que jamás mencionan éstos temas,  nos pretenden hacer creer en un reduccionismo malintenciado y direccionado que la culpa de nuestros males son “los planes” o “los piqueteros”, o simplemente, el gasto de la “clase política”, o una génerica “corrupción”, aunque pocas veces explican detalladamente en qué consiste exactamente; lo que habilita la frase que viene a continuación, tras cartón: “son todos iguales”.

Por lo que en definitiva, según ésta lógica, gobierne quien gobierne, no tenemos futuro; con lo que se viene a emparejar al que hizo las cosas bien con el que simplemente, ya no sólo robó, sino que por acción u omisión, llevó a cabo una maquinaria que permitió un sistemático saqueo. Y como dice el tango, quedan “en el mismo lodo todos manoseados”.

Loa males que nos aquejan  no son tan difíciles de entender. Lo que se necesita es sólo una férrea voluntad política, y un gran coraje para encararlos.

Porque implica enfrentarse a intereses muy poderosos, y al poder fáctico.  Fundamentalmente económico, pero con su pata política, mediática y también judicial. Y exponerse a persecuciones, especialmente de éstas dos últimas. Si lo sabrá Cristina. Por eso también, cuando aludía a “los funcionarios que no funcionan”, remataba con un “los que tengan miedo, o que no se animen, que se busquen otro laburo”.

El libro que sugestivamente Cristina regala a Alberto para su cumpleaños es un claro mensaje político.

“Una temporada en el quinto piso” es una crónica, contada desde adentro, de la gestión económica del gabinete económico de Juan Vital Sorrouille durante el gobierno de Raúl Alfonsín.

Y todos sabemos cómo terminó ése gobierno: jaqueado por las mismas corporaciones a las no quiso incomodar, sumido en una hiperinflación espantosa, y prisionero de sus propias contradicciones. Y el epílogo fue un ministro de economía (Juan Carlos Pugliese) que, cuasi ingenuamente, les decía a los empresarios: “ les hablé con el corazón, y me respondieron con el bolsillo”.

Creo que, a pesar de todos tenemos claro que lo “otro” (la vuelta del liberalismo más ortodoxo) es el peor escenario y obviamente infinitamente peor y más descarnado que esto, aún con todos sus defectos. Es más, seguramente usarán el argumento de “el populismo fracasó”, para volver a aplicar el ajuste y la transferencia de ingresos (otra vez más y van…) más feroz.

Y la imagen de Alfonsín entregando el poder anticipadamente a Carlos Menem es un símbolo de un pasado que lamentablemente podría replicarse si no se da un contundente cambio de timón. 

Me quedo con ésta frase de Cristina: “A mí no me interesa quedar bien con ningún funcionario, me importa un pito. A mí me interesa quedar bien con la sociedad, con los argentinos, con los que confiaron en nosotros, con los que nos votaron, con ésos me interesa quedar bien.”

Alberto está a tiempo de tomar su lapicera, y hacerlo en favor nuestro, y , en definitiva del suyo propio. Y entender que el ataque de la oposición y el bombardeo mediático se multiplicará, sin dudas, más  por sus aciertos que por sus errores.                               

Es cierto que entre el poder fáctico y el gobierno formal hay una relación de fuerzas desigual.

Pero como dijo Cristina en Avellaneda, el día de la bandera: “Si San Martín hubiera pensado en la relación de fuerzas, ¿quién cruzaba la cordillera de Los Andes? Si Belgrano hubiera pensado en la relación de fuerzas, ¿qué hubiera hecho en el éxodo jujeño? Este país existe porque hubo hombres y mujeres que no pensaron en la relación de fuerzas cuando tuvieron que tomar decisiones y las acciones que había que hacer. Por eso existimos.”