Una escuela, en ese lugar con muchas rejas

Por Lucia Braggio y María Aguilar.

Somos docentes y trabajamos en la escuela que funciona en ese lugar que tiene muchas rejas (solemos decir) y que vuelve muy difícil la vida de quienes encierra y la de sus serxs queridxs. El viernes 24 de abril, nuestros estudiantes y sus compañeros protagonizaron un reclamo legítimo; un reclamo que fue (y es), también, sostenido por familiares, organizaciones con militancia en cárceles y organismos de Derechos Humanos; un reclamo que desde el principio del aislamiento social preventivo y obligatorio se venía manifestando y no siendo escuchado.

Lo que ocurrió ese viernes, fue el resultado del abandono de siempre, (pero agravado en cuarentena) por acción y/o inacción del Estado y la Justicia en relación a la población presa (parte de un amplio sector permanentemente olvidado y postergado).

Lo que ocurrió ese viernes, fue lo que tarde o temprano iba a pasar (como, de hecho, había estado sucediendo en otras cárceles del país con poca difusión) cuando no se escuchan los reclamos de lxs (tantxs) invisibilizadxs (de siempre). Esxs que la sociedad elige y decide desechar como basura en lugares espantosos y (preferentemente) lejanos, porque no importan; porque “algo hicieron” o “algo habrán hecho” (nefasta herencia de la más terrible dictadura argentina, que instala la sospecha como argumento del gatillo fácil del que todes podemos ser víctimas); porque no se sabe hacer otra cosa que encerrar para castigar y aplicar dolor para “corregir”; porque aún no se entiende que la cárcel no resuelve una problemática tan compleja sino que la agrava, profundiza y reproduce.

Antes de avanzar, dejamos planteada (para otro momento) la discusión acerca de para qué sirve la cárcel -si es que sirve para algo-; démonos el tiempo de pensar si más cárcel, por más tiempo y a edades cada vez más tempranas es la respuesta a un problema social tan complejo; y también, alguna vez, mientras las cárceles sigan existiendo, preguntémonos qué hacer con las personas que se decide depositar en ellas, porque esas personas están circunstancialmente privadas de su libertad y en algún momento -después de meses, años, décadas- van a salir. Démonos y habilitemos estas preguntas, debates y reflexiones… tenemos el deber político, histórico, ciudadano, o como queramos llamarlo, de hacerlo seriamente.

Durante ese lluvioso viernes de abril, pensamos, confundidas, que “al fin” se visibilizó el reclamo de nuestros estudiantes, pero también, en los riesgos a los que “no les queda otra” que exponerse para que alguien los escuche. Ese viernes y de ahí en adelante, tuvimos que soportar, con impotencia, dolor y bronca, por parte de diferentes “periodistas”, “especialistas”,  “comunicadorxs sociales” y funcionarixs públicxs, los términos estigmatizantes y cargados de prejuicios que se utilizan para hacer referencia (“nombrar”) a los protagonistas del reclamo, y una enorme cantidad de mentiras, teorías disparatadas y razonamientos absurdos, producto del desconocimiento absoluto de la realidad en las cárceles de nuestro país. Y entonces, la “visibilización” de la protesta, nos pareció nefasta, injusta, (de nuevo) riesgosa y absolutamente incompleta.

Y aquí es a donde queríamos llegar. Porque nadie muestra lo que vemos. Y tenemos el derecho, incluso la responsabilidad, de expresar lo que sentimos, pensamos y sabemos.

Para nosotras, todos los cuerpos y rostros en los techos de la cárcel que vimos ese viernes 24 de abril (y todos los que no vimos porque estaban reclamando al interior) tienen nombre, familias, historias de vida, con dolores con marcas (literales) porque con ellos (sin importar cuántos ni quiénes) compartimos ESCUELA.

Para nosotras, compartir ESCUELA implica necesariamente el encuentro entre personas (sin importar las edades) y, por eso mismo, supone (o debiera suponer) el intercambio de experiencias y saberes, y la construcción de enseñanzas y aprendizajes mutuos, entre tantas otras cosas. Para nosotras esto significa la escuela (tal y como cualquier otra, por fuera de las rejas) que, cada tarde y en cada encuentro, construimos con y junto a nuestros estudiantes.

Ahí, a esa escuela del lugar con muchas rejas, se acercan jóvenes y adultos, muchos con respeto, otros con alegría, picardía, curiosidad, con más o menos entusiasmo, y algunos con frustración o vergüenza porque les representa una institución que no los supo alojar cuando niños. Ahí, en esa –nuestra- escuela, nos encontramos con jóvenes y adultos que escuchan con ojos cerrados un cuento leído en voz alta y viajan por un ratito a la hora de biblioteca de un 4to grado. Estudiantes, jóvenes y adultos que se piensan, que reflexionan sobre su pasado, que sufren su presente, y que (aunque parezca que no le temen a nada) piensan en su futuro, y sienten miedo. Que lloran, a veces en la escuela, a veces por dentro, y muchas veces en algún huequito cuando nadie los ve en el pabellón. Porque sienten. Porque tienen huecos. Porque sufren. Que recuerdan “con esa lágrima que hace una cortina que cuando uno pestañea se cae”, como describe Liliana Bodoc, los mandatos familiares y de género impuestos desde niños. Que descubren muchas cosas de sus propios padres que quieren repetir con sus hijxs, y aparecen tantas otras a las que con valentía y decisión les dicen no. Que cuando relatan sus historias de vida, confirmamos nuevamente y con un nudo en la garganta, que nacieron y crecieron en el desamparo, con pocas chances de terminar la secundaria, pero con altas probabilidades de ir a la cárcel o ser interceptados por una bala de goma (o de las que matan).

Jóvenes y adultos, que (aunque a muchxs pueda no gustarles) son parte y producto necesario de una sociedad desigual y por eso injusta y violenta; hijos de un sistema capitalista y patriarcal que nos atraviesa a todxs.

En las trayectorias de vida de lxs adolescentes, jóvenes y adultxs que transitan las (escuelas que funcionan en) cárceles, es evidente que el Estado se hizo presente por primera (e incluso única) vez, desde su faceta punitiva y represiva.  En ellxs (y en nuestros estudiantes) no podemos dejar de ver las caras de nuestros alumnxs niñxs HOY, en los barrios postergados y olvidados, donde también intentamos construir una escuela que no expulse, sino que abrace, aloje y acompañe a esas infancias y sus familias, con sus contextos y realidades con tantas dificultades.

En esa falsa dicotomía que nos marea y nos encuentra debatidas entre que, si “la escuela puede todo o no puede nada”, apostamos y creemos en el tejido de redes porque nada se puede solxs. Y en este sentido, consideramos, defendemos y peticionamos políticas públicas para los sectores más postergados (y en particular, para las infancias) para ampliar y garantizar el acceso y ejercicio, efectivo, de derechos. Para que para esxs niñxs -hoy jóvenes y adultos- que tenemos en las escuelas, el “mate cocido con pan para la cena, con gusto a poco mezclado con bronca” -como, de manera excelente, definió uno de nuestros estudiantes- deje de ser la única opción y se amplíen las posibilidades de transformar destinos que parecen predestinados o inexorables.

En nuestra escuela nos proponemos, constantemente, pensar con los estudiantes en el “afuera” (en todos sus tiempos verbales), pero y sobretodo en el “después” del encierro y ahí nos detenemos para pensar juntxs proyectos o deseos al momento de recuperar la libertad. Inevitablemente pensamos caminos y alternativas posibles. Muchas veces nos encontramos frustradas, contrariadas, pero intentándolo aún a sabiendas de que las políticas públicas  y -con ellas- las oportunidades para lxs liberadxs escasean. De todas maneras, obstinadas, nos seguimos proponiendo intentar construir redes porque -otra vez- no se puede solx. Y porque nos preocupa que salgan sin que, desde una política pública que se proponga incluirlos (o “reinsentarlos” –más allá de que los términos que empiecen con “re” no nos gusten ni convenzan) se los haya acompañado, con anticipación, en el diseño de un proyecto de vida desde el cual poder sostenerse en la vida en libertad. Porque, otra vez, nos preocupa que cuando salgan de la cárcel (aún habiendo cumplido completamente todo el tiempo que “debían”) con el “antecedente” clavado en la frente, no les den el trabajo que esperan. Y entonces, la rueda vuelve a girar… y los riesgos, para ellos, vuelven a crecer y reproducirse.

Claro, sí, cierto… Ellos, ellas, ellxs, lxs que están (circunstancialmente) privadxs de su libertad, saben de riesgos mucho más que cualquiera de nosotrxs… porque sus vidas estaban en riesgo antes de la cárcel y están en peligro permanente mientras están en prisión. Y se exponen, aún, a más riesgos por reclamar, por derecho, lo que, por derecho, les corresponde.  Sus vidas corren peligro: por estar presxs, por el COVID-19, por protestar o por los análisis infames que se hacen de sus reclamos legítimos. ¿Cuántos más riesgos y peligros tienen que atravesar?

Cuando se manda a alguien a la cárcel, del único derecho del que se le debe privar es a la libertad ambulatoria. Sin embargo, la realidad nos indica que no es así (y la vemos cotidianamente): todos los demás derechos de las personas encerrada se ven vulnerados y afectados. No es posible pensar en una distancia social en un espacio de absoluto hacinamiento. Ese viernes, reclamaron que se garantice su derecho a la salud y a la vida, para atravesar esta pandemia en un lugar más cuidado para ellxs, y para que el sistema de salud tenga lugar para “todxs”.

Ese viernes, con angustia, dolor, desesperación y preocupación, intentamos (juntas aún a la distancia) poner en palabras todo esto que nos pasaba, pensábamos y sentíamos… pero no pudimos. Con el correr de los días, lo ensayamos con las pocas palabras que tenemos o podemos.

A nuestros estudiantes:

Desde que se declaró el aislamiento social preventivo y obligatorio estuvimos pensando cómo hacernos presentes y acompañarlos como escuela, como docentes y también como personas, que son y somos. Fuimos pensando y diseñando propuestas de trabajo para enviarles, evaluando modalidades y dinámicas para el intercambio a distancia, analizando alternativas posibles para lograr los “idas y vueltas”; intentando “maximizar al máximo” los recursos (que ya sabemos, muchas veces escasean).

Seguimos debatiéndonos y buscando formas, pero mientras tanto, sepan que desde que se suspendieron las clases, no hay día en que no pensemos en ustedes. No hay día en que no nos duela la distancia. No hay día en que no extrañemos la escuela que nos encontraba para estar, pensar, aprender y construir juntxs. Acompañamos, apoyamos y defendemos el reclamo (que también es el nuestro). Pero, necesitamos y les pedimos que se cuiden, hasta que podamos volver a abrazarnos…