Trump, amenaza

Por Rafael Bielsa. Embajador.

El presidente Donald Trump, en su ya larga vida (n. 1946) −pintada invariablemente en colores primarios−, muestra algunos patrones de conducta que se repiten y que, en su cadencia, ofrecen elementos adicionales, útiles para el análisis político.

Robert Porter, abogado y ex asesor, que fue Secretario de Personal de la Casa Blanca poco más de un año (2017/2018), notó que cada vez que una persona enfrentaba a Trump en un debate, o en un juicio o en cualquier lugar donde hubiese espectadores, si él no usaba la fuerza, sentía que defeccionaba.

El domingo 19 de julio, en el curso de una nota para Fox News, dio a entender que existía la posibilidad de que se produjera un fraude en las próximas elecciones presidenciales del 2 de noviembre. Su punto era la emisión del voto por correo electrónico. Si tal cosa sucedía, podría llegar a no reconocer los resultados.

El 30 de julio, lanzó un tuit (a los que alguna vez calificó como “su manera de ser”) que decía: “Con el voto por correo universal (no el voto por ausencia, que es bueno), 2020 será la elección más INEXACTA y FRAUDULENTA en la historia. Sería una gran vergüenza para Estados Unidos. ¿¿¿Retrasar las elecciones hasta que la gente pueda votar adecuadamente, con seguridad???” (literal). Un estudio de Amber McReynolds y de Charles Stewart, indicó que, sobre la cantidad de 250 millones de sufragios emitidos por correo en las últimas dos décadas, la tasa de condenas por fraude es casi nula: 0,00006%.

Como telón de fondo a estas expresiones destempladas, la métrica de campaña muestra al candidato demócrata a las elecciones presidenciales Joe Biden por encima de Donald Trump con un promedio del 8%. Jared Kushner, yerno del presidente, declaró a Newsweek que las encuestas eran “puras mentiras”. Su suegro, en cambio, martilla con el “Índice de Aprobación del Partido Republicano”: “me da un 96%”, dijo, sin citar ninguna fuente para esa estadística.

A fines de mayo de este año, la empresa Twitter incluyó a Donald Trump dentro de su nueva política de verificación de afirmaciones, lo que en otras palabras quiere decir que a partir de entonces ofrecería una valoración de publicaciones de la prensa sobre el tema del que tuiteaba. Acompañando a los tuits de Trump, Twitter colocaría una etiqueta de advertencia con la leyenda: «Obtén los hechos sobre (el tema que fuera)”. El presidente estalló: acusó a la red social de estar “reprimiendo totalmente la libertad de expresión” y amenazó con «regular fuertemente» o incluso «cerrar» las redes sociales.

Bob Woodward, el célebre reportero del Watergate, en su libro “Miedo – Trump en la Casa Blanca”, relata una anécdota. El presidente conversaba con un amigo sobre el modo de relacionarse con las mujeres. “El verdadero poder es el miedo”, le aconsejó. “Todo es cuestión de fuerza. Nunca hay que mostrar debilidad. Siempre hay que ser fuerte. No dejarse acosar. No hay elección”. Si el miedo funciona (o no) como pócima mágica respecto del amor, habría que preguntarle a Melania Trump, que no se ha pronunciado al respecto.

Maquiavelo escribió en el siglo XIV que “puede combinarse perfectamente el ser temido y el no ser odiado”.

Más de mil trescientos años antes, el extraviado Calígula no había andado con vueltas: “Que me odien, siempre que me teman”. Rey tirano y cruel, le sería aplicable lo que escribió Aristóteles en su “Política”: “Nadie podría considerar feliz al que no participa en absoluto de la fortaleza, ni de la templanza, ni de la justicia, ni de la prudencia, sino que teme hasta las moscas que pasan volando junto a él, no se abstiene de los mayores crímenes para satisfacer su deseo de comer o de beber, sacrifica por un cuarto a sus más queridos amigos, y es además tan insensato y tan falso como un niño pequeño o un loco”.

En 31 de marzo de 2016, durante una entrevista grabada en su condición de candidato presidencial, Trump incluyó una regla expresa dentro de su gramática del espectáculo: “El verdadero poder es –ni tan siquiera quiero utilizar la palabra− el miedo”.

Poder y miedo han sido un binomio muy fatigado por las ciencias políticas. También por la sicología y la historia. Hay que decir que terror no es sinónimo de miedo, lo que se aprende ejemplarmente en las crónicas sobre el Holocausto.

Paul Steimberg, en un libro tan estremecedor como difícil de encontrar (“Crónicas del mundo oscuro”, en su edición española), sostiene que, en el universo concentracionario, todas las víctimas vivían con miedo. Esto es, sabían que, si había una mínima desviación en la rectitud de la fila, recibirían un castigo inmediato, lo mismo que si perdían un zapato o estaban tan débiles que les costaba mantenerse en pie.

En el campo de concentración en el que Steimberg había sido confinado, había un guardia que incluso dentro de aquellas condiciones extremas e infrahumanas, era capaz de empeorar lo malo. Hasta con miedo puede vivir una criatura humana y aun así desear sobrevivir: sabe qué cosa se considera un acto susceptible de castigo, recibe la pena, la soporta, y el horizonte es el día siguiente. El guardia de Steimberg castigaba sin que nadie acertara a adivinar ni la lógica ni la proporción del dolor infligido. Eso es el terror, y no se puede convivir con él. La línea que separa el miedo del terror muchas veces es difícil de distinguir, particularmente para quien lo sufre.

Dentro del miedo, las conductas que lo producen en los demás también tienen variantes. El mal trato, el abuso de la posición dominante, la naturalización de la preeminencia de otro, e incluso la aleatoriedad. No saber qué puede resolver quien manda en una situación determinada, también provoca miedo. Quienes acompañan a gobernantes imprevisibles, cuando tienen experiencia en la administración de los asuntos públicos, se ven forzados a hacer prodigios de imaginación para acotar los márgenes del capricho o de la incertidumbre.

Reinhold Priebus, ex jefe de Gabinete de la Casa Blanca durante la Administración del presidente Donald Trump, lo explicó en estos términos: la Casa Blanca de Trump cambiaba de dirección tan rápido como el viento, desafiando cualquier orden o rutina. Un buen ejemplo fue Corea del Norte.

El 3 de julio de 2017, Kim Jong probó con éxito su primer misil balístico intercontinental. En los oídos de todos, sonó la frase de Condoleezza Rice: “… no queremos que la prueba irrefutable sea una nube de hongo”. Trump dijo que era un tema personal, de líder contra líder. Y añadió: “no lo subestiméis (a Kim); es un mal tipo”. Una guerra, o un “asesinato indirecto” o “cambio de hombre”, son operaciones muy complejas, donde se combinan la sumatoria de activos con el cálculo de las consecuencias geopolíticas. El misil norcoreano había sido lanzado desde un vehículo móvil de ocho ejes importado desde China. En un país donde la vigilancia secreta se había convertido desde el 11-S en un estilo social, como el running o los teléfonos inteligentes, era una afrenta. En junio de 2018, tras reunirse en Singapur, Trump dijo que Kim era un buen tipo.

La reiterada advertencia de no reconocer los resultados de las elecciones de 2020, ha disparado cantidades oceánicas de tinta. Que lo hace para agitar su base electoral. Que busca que al día siguiente de las elecciones se movilicen sus seguidores, muchos de los cuales están armados. Que estamos en vísperas de un choque de trenes. Que el sistema constitucional norteamericano asume que habrá una sucesión pacífica de poder, pero no la asegura. No puedo sino pensar en Churchill: conociendo el paño, este rapto no puede ser el final, ni siquiera el principio del final; en todo caso, es apenas el final del principio.

Sea cual fuere la interpretación que se quiera dar a los hechos, es indudable que las próximas presidenciales se darán en un clima de crisis institucional, de baja o alta intensidad. Avanzar más es futurología, no análisis.

Cuando el mundo nuevo se reconfigura, estas crisis son altamente beneficiosas para las potencias que están en disputa por espacios, como China y Rusia, en ese orden. Harán lo que puedan, que es algo más que frotarse las manos asiáticas o eslavas con satisfacción, para que los efectos de las disfunciones sistémicas de los Estados Unidos jueguen en su favor.