Tristeza, mezquindad y la terrible desigualdad

Por Pablo Pérez.

Otra semana más y el mundo capitalista en el que vivimos enfrenta la una de sus mayores crisis de la historia, y en países como el nuestro, siempre se sufre más. En estos días y en coincidencia con la semana del Día del Trabajador, dirigentes impresentables arreglaron un descuento del 25% del salario para algunos sectores, mientras por los medios solo se escucha las problemáticas de la liberación de presos y continúa la novela por un impuesto del 1% a los más poderosos.

Mientras tanto, los de siempre siguen metiendo miedo y aprovechando para intentar dejar mal parado a un Gobierno con mucha aceptación de toda la población. Se escuchan cacerolas, pero no por la impunidad de los que siempre ganan, de los que siempre sacan ventaja en momentos en que la clase obrera se hunde, se quiebra y pierde la oportunidad de soñar, aunque sea un poquito.

Recorro el Gran Buenos Aires, veo comedores y merenderos, gente haciendo cola para llevarse una vianda. La cuarentena acá no se puede respetar, vivir al día no lo permite. Cartoneros, obreros y mamás buscando una comida que, probablemente, sea la única del día.

Vuelvo a la Ciudad de Buenos Aires y las cosas ya se ven distintas: las colas son en las grandes cadenas de supermercados y en los bancos. La escena parece similar a la previa de la cuarentena, pero es muy distinta. Ahora se ven colegas que ya no pueden salir a trabajar porque los dueños de los autos no se los entregan. Otros desayunan, almuerzan y cenan algún mate con bizcochitos, porque las calles están vacías.

Aunque la escena parece normal, ahí cerca se repiten las imágenes del Gran Buenos Aires, ya que en los barrios más pobres de la Ciudad la cuarentena no se puede respetar. En algunos lugares no hay agua y -como todos sabemos- la realidad en esos barrios es muy difícil, pero otra vez se escucha por ahí hablar de los presos, «los planeros» y bla bla bla.

Tenía la esperanza de que pudiéramos salir mejores como sociedad de esta crisis sanitaria y económica. Pero día a día es peor. «Que se mueran todos adentro ahí en la cárcel», dice una pasajera que levanté por algún barrio bonito de la Capital.

Vuelvo a la estación y ahí aparece otra vez el «sálvese quien pueda». Nadie piensa en que, si seguimos así, perdemos todos. Me llama un amigo dedicado a la ayuda de los más necesitados y me dice: «Conseguí unas bolsas de alimento, unas donaciones. ¿Podés ir a buscarlas?». Cambio el recorrido y voy en camino, tratando de colaborar, de sumar. Entrego las cosas, con el corazón contento, pero otra vez empiezan los cacerolazos, bastante fuertes. No aprendimos. Nada sigue todo igual.

En el día 41 de cuarentena, los golpes contra las cacerolas duran 10 o 15 minutos y terminan. Fue fuerte, se escuchó, quedó claro. Gran parte de la sociedad quiere que se mueran. Cargo combustible, levanto otro pasajero, lo llevo, es el quinto o sexto del día. Termino el viaje y vuelvo a mi casa. Dentro de todo, no fue tan malo.

A esa hora empiezan los aplausos a los médicos y trabajadores de lo salud, esos que están en la primera línea, combatiendo mano a mano con la muerte. Lo estamos haciendo bien, el objetivo se está logrando. El sistema medico responde bien, no colapsa, pero lo que sí colapsó fue la humanidad. Nadie se pone en el lugar del otro. Ahí, en esos barrios donde el frío es frío, y el calor abraza y marea. Esas casas y barrios llenos de familias, donde lo que ganaste ayer es la comida de hoy, donde se conocen las medidas sanitarias, pero es imposible cumplirlas. ¡Tienen miedo, pero sin medios! Solo se intenta vivir, resistir, sobrevivir día a día.

El virus no nos hace iguales.

El virus pone en evidencia, aún más, la intolerancia y la apatía del sector privilegiado de esta sociedad, que apunta a los que menos tienen. Afuera el virus, adentro el hambre… las caras de sus hijos, la decepción, la incertidumbre, la desesperanza. ¡No, no estamos en el mismo barco, estamos en el mismo mar, unos en yate, otros en lancha, otros en salvavidas y otros nadando con todas sus fuerzas!