Todo está conectado

Por Rafael Bielsa

Desde detrás de una escena que rezuma su poesía desolada y funesta, en la serie alemana “Dark” -dirigida por Baran bo Odar-, una voz en off dice: “El principio es el fin, y el fin es el principio. Todo está conectado. El futuro, el pasado y el presente”. Es el capítulo 8 de la 2ª temporada.

Hubo un tiempo en el que los periódicos eran de papel y los periodistas hacían periodismo. ¿Alguna fecha más propicia para recordar aquella época, anudarla con el presente y poder vislumbrar el futuro, que el Día argentino del Periodista, 7 de junio? Porque es verdad que ciertos comienzos son el final, y que el final suele ser el comienzo de algo nuevo.

En 1971, el Washington Post decidió sacar la compañía al mercado de valores. Era un paso fundamental en la vida de la Washington Post Company, pero si el mes de junio de aquel año resultó ser uno de los más dramáticos en la vida de su editora Katharine Graham, fue por otras razones: la publicación del documento denominado “Historia del proceso de toma de decisiones en Estados Unidos sobre la política relacionada con Vietnam”, que fue conocido popularmente como “los papeles del Pentágono”. El Washington Post había sido en un principio un pequeño diario local, y debía mantenerse a flote asegurando una vía de financiación; de allí la salida al mercado de valores.

El New York Times había obtenido un estudio acerca de la guerra de Vietnam (encargado por el antiguo Secretario de Defensa Robert NcNamara con el fin –según él- de “dejar los materiales necesarios para examinar los acontecimientos de la época”) y resolvió publicarlo, porque se pensaba que más importante que la legalidad (se trataba de documentos clasificados como secreto de Estado) era el sentido ético que obligaba a mostrar a la opinión pública cómo se había forjado un engaño semejante.

El Fiscal General John Mitchel exigió que el Times cesara la publicación. Como éste no lo hizo, el gobierno pidió la obtención de un mandato judicial para que la publicación concluyera. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, un juez resolvió la suspensión temporal de la publicación, hasta que tres días después se celebrara la vista. El 16 de junio fue el último día que el Times pudo publicar su serie.

Mientras todo aquello sucedía, los papeles confidenciales (que certificaban las mentiras de varias administraciones americanas, desde Eisenhower hasta Kennedy, en la información dada al público sobre los efectos, motivo, efectividad y razón de ser de la Guerra de Vietnam), cayeron en manos del Wapo, apelativo que se usa para denominar al periódico. Si se publicaban, la salida a la bolsa se enrarecería; si no se publicaban, se traicionaría al público y a la profesión. El tema era la disyuntiva entre publicar o perecer. Como narra la propia Katharine Graham (en “Una historia personal”, magnífico libro), quien había heredado el negocio familiar, la posición del director Ben Bradlee era que si no se publicaba “no habría nada que defender”. Aunque, eso sí, no sin antes buscar y comprobar las fuentes.

Para completar el panorama, al dilema ético, a la solidaridad de la prensa entre sí, al cumplimiento de la obligación de seguir a rajatabla el mandato de “buscar, comprobar y publicar”, los bancos intervinientes en la salida a la bolsa apoyaron al diario y no al poder. El presidente Richard Nixon odiaba a la prensa, al Post y al Times en concreto, “e iba a hacer todo lo posible para cazarnos como fuera”, recordaría luego Katharine Graham.

Con “los papeles” en sus manos, la publicación por parte del Post también desafiaría a la justicia. Algunos dijeron a la señora Graham que publicar iba a destruir el periódico. Otros, “que había varias formas de destruirlo”. “Adelante, adelante. Publicadlo”, ordenó la editora. El Gobierno pidió el cese inmediato, que el periódico no acató. Entonces, querelló a todas las personas que aparecían en la cabecera del Post más el periodista que firmaba el primer artículo de la serie.

El juez Gesell, a quien se había asignado el caso, se negó a emitir una orden de suspensión contra el periódico: sostuvo que “el tribunal no dispone de información concreta que indique en qué aspectos va a perjudicar la publicación de esa información a la Nación”. El gobierno apeló, pero era de madrugada y varios miles de ejemplares ya estaban circulando. Al tiempo, ese material era publicado por todo el país.

Después de jubilarse, Gerry Gesell comentó: “si alguien escribe algo en mi lápida, me gustaría que dijera que fui el único juez de los 29 que tuvieron algo que ver con los papeles del Pentágono, que nunca ordenó detener las rotativas. El único. Siempre me he sentido un poco orgulloso de ello”.

El miércoles 30 de junio, el Tribunal Supremo decidió que el gobierno no había demostrado contundentemente que la publicación fuera un peligro para la seguridad nacional, y que en consecuencia el Post y el Times tenían razón y que podían seguir adelante con la publicación.

Ese juez, Gerhard Gerry Gesell, progresó en su vida funcionarial dentro de un sistema que privilegiaba ciertos valores. Si la política se parece en todos lados en algunos aspectos, no es indiferente cómo le va en cada lugar al que muestre desembozadamente esos aspectos según los cuales todos los políticos se parecen.

¿Qué hizo Gesell en aquel mes de 1971, y por qué pudo hacerlo? El juez Gesell tomó en serio la Constitución de su país y su propio juramento de preservar y proteger la supremacía de sus normas en sus decisiones. También, el precepto que prohíbe terminantemente al Congreso dictar leyes restrictivas de la libertad de expresión o de la libertad de prensa, contenido en la Primera Enmienda constitucional. También el periodismo se tomó muy en serio su código deontológico, haciendo que todo tuviera que ver con todo.

No es que no existiera por entonces un reverso canalla del periodismo: la manipulación como norma, la mezquindad, el todo vale con tal de vender el producto, sus alianzas con la conveniencia.

Orson Welles lo había mostrado en “Ciudadano Kane”, inspirándose en el magnate de la prensa William Randolph Hearst, haciendo un retrato un retrato con luces y sombras, y terrorífico, de alguien que encarnó poder absoluto, capaz de propiciar una guerra o destrozar la reputación de cualquiera, inocente o culpable, que no aceptara sus órdenes.

Luego, el juez Gesell se hizo cargo de que fuese tratada con la máxima celeridad una emergencia jurídica llevada ante sus estrados por el Poder Ejecutivo de los Estados Unidos, con un voltaje político pocas veces igualado. Vale la pena remarcar que el sistema jurídico que reglamenta el funcionamiento de la Suprema Corte y de los tribunales federales anteriores –en cuya primera instancia se desempeñaba Gesell- posee la flexibilidad indispensable para posibilitar que la decisión del juez, adversa a la pretensión del Poder Ejecutivo, fuese revisada en dos semanas por un tribunal de apelación y por la Suprema Corte. El máximo tribunal escuchó en audiencia pública a los abogados del gobierno y de las empresas periodísticas (se acumularon y trataron conjuntamente el caso del Washington Post y el del New York Times).

No menos importante fue la tesitura de Gesell según la cual, dando pleno sentido a la distribución constitucional de poderes, no prestó atención a lo que algunos intérpretes llaman las “zonas de reserva” de los poderes Legislativo y Ejecutivo, extendiéndolas a casos en que el ejercicio de las respectivas potestades lesiona o restringe indebidamente derechos individuales expresa o implícitamente garantizados por la Constitución.

Al rechazar el pedido gubernamental de detener forzadamente las rotativas del Post, Gesell no solamente dio firmeza al derecho constitucional explícito del diario a no ser objeto de censura previa, sino al derecho no enumerado de la población norteamericana a recibir información seria y fundada en evidencias sobre toda clase de asuntos públicos, derecho inseparable de la noción de democracia.

La decisión de la Suprema Corte, confirmatoria de la del juez Gesell, demuestra que dicho magistrado –siendo el asunto uno de los llamados “de primera impresión”, debido a que no existía ningún precedente jurisprudencial directamente aplicable- hizo justicia conforme a derecho, aplicando correctamente principios que determinan que cuando en nombre de la seguridad nacional o del interés público, el Poder Ejecutivo reclama del judicial una orden restrictiva de la libertad de prensa, se le impone la carga de justificar que la publicación cuestionada será, inevitable e inmediatamente, causante de un daño irreparable a la Nación o a su pueblo.

El ejercicio oportuno y enérgico de las atribuciones judiciales a la manera del juez Gesell, en situaciones en que otorgando el carácter de “secreto de estado” a documentación cuyo conocimiento no compromete la seguridad de la Nación ni del pueblo, los poderes políticos solamente procuran mantener desinformado al público respecto de actividades “non sanctas” de los gobernantes o legisladores, es uno de los mayores servicios que un togado puede prestar a las instituciones de la república y la democracia.

Gesell murió en 1993; por su desempeño, obtuvo su lugar en la Enciclopedia Británica. El constitucionalista norteamericano Lawrence Tribe explica en qué medida la selección de jueces moldea invisiblemente nuestras vidas, y cómo el proceso de selección de esos jueces conforma el pasado de las naciones, y a su vez es conformado por éste.

Katharine Graham murió en 2001. Benjamin Crowninshield «Ben» Bradlee en 2014. A ambos los inmortalizó Steven Spielberg en “Los archivos del Pentágono”, con Meryl Streep y Tom Hanks.

Gesell dijo que “el tribunal no dispone de información concreta que indique en qué aspectos va a perjudicar la publicación de esa información a la Nación”. Bradlee se preguntó: “Si nosotros no hacemos que rindan cuentas, ¿quién lo hará?”.

Abismo: De Gerry Gesell a Sergio Moro. De Bradlee al periodismo del caso de Santiago Maldonado, el que dijo que en Facebook se identificaba como “un feroz cacique mapuche” y que el cuerpo se había conservado gracias a las bajas temperaturas, como Walt Disney.

La tercera y última temporada de “Dark” estará disponible dentro de poco. Muchas cosas cambiarán. Pero no la capacidad evocadora de esa voz en off del capítulo 8 de la 2ª temporada: “El principio es el fin, y el fin es el principio. Todo está conectado. El futuro, el pasado y el presente”.