Somos los negros… somos los grasas.

Por Claudio Posse.

El sol pegaba fuerte.

Corría y mataba el tiempo escuchando alguna radio.

Me detengo un segundo para aclarar que esto fue hace más de un mes cuando el Covid – 19 aún no hacía de las suyas en nuestros pagos.

Prosigo.

En alguna FM se escuchaba a una conductora que contaba alguna desgracia cualquiera, casi como si fuera un paso de comedia, la otra conductora o partenaire acompaña el cierre del relato con un: «Paaaaabreeee». Lejos estaba mi mente de escuchar detenidamente la desgracia narrada, es por el único motivo que ustedes tampoco sabrán de que se trataba, pero el «pobre» con esa o y e prolongadas deformando el sonido de la palabra y deformando el sentido de la misma me impactó de alguna manera. Me frené… observé la aplicación que me guía para controlar la cantidad de Km corridos: 9Km decía… caminé para empezar a estirar y que mi “pobre” cuerpo no se vengara de mí en un par de horas. Pensé en mi amigo y actor Juan Palomino, dice él en un tramo de la película documental que hicimos allá por el 2009, Causas, una historia latinoamericana: «siempre que se quiere mencionar lo malo se pronuncia la palabra Negro».

Pobre, negro, grasa, cabecita negra y sigue la lista.

Usamos las palabras y le damos contenidos construidos histórica y culturalmente por el Stablishment, la clase dominante, la oligarquía o como se quiera llamar a los sectores minoritarios que tienen la potestad de la explotación de los cuerpos y las mentes de las mayorías.

No pretendo hacer un trabajo semiótico, sino que intentaré solamente exponernos a nosotros mismos y a nuestras contradicciones repletas de (Pre) Juicios construidos sistémica y premeditadamente de generación en generación. Exacerbados ya no solo por los sectores minoritarios sino también por el sentido común construido en el seno de las grandes mayorías, para ser más claro: entre nosotros.

El sol seguía pegando fuerte y la transpiración humedecía tanto a los auriculares que se me salían a cada rato. La puta madre. Listo. Ahí estoy reproduciendo las mismas palabras que nosotros mismos construimos como insultos. Hijo de puta gritan las tribunas para insultar a los contrarios de la otra tribuna. Seguramente, ahí en esa “popular” hay más de un hijo de mujer en situación de prostitución. Sin embargo, “puta” sigue siendo un insulto. ¿No quiere a su madre ese muchacho que se refiere a su contrario acérrimo con la descripción de una desgracia social con la que sufre su madre al tener que prostituirse por dinero porque el sistema la abandonó – obligó? No. Ama a su madre. Solo reproduce mecánicamente una expresión que fue heredada a través del tiempo, de generación en generación. Quizás también convive con el odio y el resentimiento por tener que soportar ver a su madre sometida día a día.

El sol seguía castigándome, se me pasó por un instante que el muy Puto tenía algo personal. Otra vez reproduciendo el sentido común. Y eso que yo me considero el más progresista de los que andan cerca mío.

Debo andar extrañando el fútbol que las anécdotas que invento están relacionadas al “balón pie”. Hace un tiempo el club de mis amores jugaba contra un pequeño equipo de Perú, Juan Aurich, que era la primera vez que jugaba la competencia internacional más preciada de América. Fui con Mauricio, mi pibe, y un amigo de él que es fanático de River (Mauricio aún no sabe si al fútbol se juega con pelota redonda o cuadrada, pero le gustaba la hamburguesa del entre tiempo). Lo cierto es que era tan precario el equipo peruano que su cancha tenía césped sintético que para cualquier argentino que se precie de futbolero es una especie de ofensa a la vida. Tendremos 40% de pobreza, pero acá se juega con pasto. El amigo de Mauricio estaba exultante, que felicidad tenía ese pibe. La verdad que ese momento, justo antes que salen los jugadores, es hermoso vibra el monumental de River. Por la posición donde estábamos teníamos muy cerca la salida del equipo peruano. Y ahí salta el pibe y grita: “peruano muerto de hambre, volvete a Perú”. Me asombró. Es verdad que vivimos escuchando esta clase de insultos (que no son insultos pero que funcionan como tal, ya que ni “peruano” ni “muerto de hambre” y menos “volvete a tu casa” serían algo para reprochar). Pero, tenían que ver ustedes como estaba el pibe, 12 años no más, descontrolado y violento. Pero con una característica más: de nacionalidad peruana. Entenderán, entonces, que mi asombro era más que justificado, el pibe de 12 años maldiciendo a sus compatriotas. Le pregunté, en el medio del bullicio lógico: discúlpame, ¿vos naciste en Perú no? Claro, me respondió mientras sus ojos estaban atentos al inicio del partido. Insistí: Pero, ¿naciste de casualidad porque tus padres estaban de pasada por ahí? No, Somos todos peruanos, mis padres, mis hermanos, mis abuelos. Todos. A mí me gusta mucho el fútbol y más aún verlo en la cancha, pero seguí indagando al “pobre” chico que tenía que escuchar mis preguntas. No entiendo, dije, ¿por qué los insultas así? Y agregué ¿No sentís que estas insultándote a vos mismo? Se dio vuelta, me miró, se sonrió y me hizo “hombritos (acción de levantar los hombros con significado de duda). El partido terminó 0 a 0. Pero yo sentí que estábamos perdiendo por goleada.

La idea no es hacer una descripción de cuanto nos odian los grupos dominantes, sino de mirarnos a nosotros mismos y replantearnos las formas. En cómo nos tratamos porque después las cosas se empiezan a complicar y terminamos adoptando no solo palabras del enemigo (entiéndase por aquel que nos explota) sino el conjunto de ideas que tiene el enemigo, pero, sépanlo, por más que intentemos parecernos a sus fiestas nunca seremos invitados.

A veces pienso que los grupos dominantes nos discriminan por asco sí, pero más por miedo. Por miedo a ser uno de nosotros. Entonces nos pone límites gramáticos: Villero, pobre, negro, puta, etc y etc y etc.

Ya sé lo que me vas a decir: “son modismos, no pasa nada, es un chiste”. Puede ser, pero la única oportunidad que tenemos los sectores populares y mayoritarios (por condición objetiva y subjetiva) es precisamente esa: somos mayoría.

Porque arrancaste con decirle, a todas y todos aquellos que tienen una desgracia, Paaaaabreeee y después terminas opinando que los trabajadores rurales tienen que laburar 18 horas por día (para aprovechar la cosecha) o que el impuesto a las grandes fortunas es malo porque: “parece que es pecado tener plata en este país”.

Porque el tema es muy finito. Si a las cosas lindas le decimos: “está re cheto esto”. Eu, los chetos vendrían a ser los malos de esta película.

Me parece que, probablemente, si nos reconociéramos un poco más, nos quisiéramos un poco más, nos tratáramos como lo que somos y no como nos ven ellos… quizás ahí nos sentiríamos un poco más fuertes. Había un cántico que repetía la JP en los ’80: “seremos negros, seremos grasas, pero gorilas no”. Por ahí pasa la historia, si te ganan las palabras te están ganando las ideas.