Sobre David Ricardo y la industrialización pendiente

Por Damián Regalini, empresario textil y dirigente gremial empresario.

Días atrás, participe de un debate sobre el precio de los alimentos y su impacto en la economía, a partir del antecedente histórico de Inglaterra y del rol del economista David Ricardo en relación a esta cuestión.

Más allá del intento de estigmatizar mi punto de vista en dicho intercambio, me interesa dejar en claro dos cosas: en primer lugar, soy un empresario PyMe y un dirigente gremial que defiende el desarrollo nacional como principal objetivo de las políticas económicas, y en segundo lugar y en línea con mi rol, valoro a los gobiernos que ayudan al desarrollo de la industria, como el de Néstor y Cristina Kirchner y como al actual de Alberto Fernández. Es indiscutible que éstos últimos fueron y son gobiernos que intentaron e intentan avanzar en el rumbo de la industrialización, así como también es indiscutible que para lograr ese gran objetivo hacen falta aún importantes transformaciones.

Tomar partido en favor de la industrialización no me convierte, ni más ni menos, que en lo que soy: un militante del desarrollo con inclusión social. Las etiquetas de “empresario K” están lejos de ofenderme. Lo que sí me preocupa es la estrechez mental de quienes usan esos argumentos para descalificar y no profundizar las ideas que a continuación intentaré desarrollar sintéticamente.

David Ricardo y su debate

David Ricardo (1772 – 1823) fue el pensador más destacado de la economía política clásica. Además, tenía conocimientos prácticos debido a que trabajó en la Bolsa de Londres, especializándose en negociación de valores públicos.

Escribió su trabajo más acabado en 1817, Principios de Economía Política y Tributación, en cuyo prólogo afirmó: “el principal problema de la economía política es determinar las leyes que regulan la distribución”. Uno de los conceptos que desarrolló fue el de la renta de la tierra, lo cual afecta al precio de los alimentos, y por lo tanto al salario.

La bandera del libre comercio esgrimida por Ricardo en su tiempo se limitó a la reducción de los aranceles que gravaban la importación de granos y encarecían el precio de la comida en su país. En tal caso, el precio del alimento producido en Inglaterra debería disminuir debido a que en el exterior era menor. Lo que importaba realmente al gran economista clásico era el fin de esa medida de política comercial y no la herramienta en sí misma: la medida tenía por objetivo mejorar el poder adquisitivo del salario real de los trabajadores para desarrollar industrialmente a su nación.

Lo central en la obra de Ricardo no es la disputa entre el liberalismo y el proteccionismo, sino el debate entre la necesidad de tomar medidas económicas para potenciar al sector más dinámico de la economía, o resignarse a las presiones sectoriales de grupos que querían mantener el status quo. Por supuesto, Ricardo se inclinó por la primera alternativa.

La vocación industrialista de David Ricardo incluso se apoya en una tradición de larga data en Inglaterra. Remontándonos más lejos en el tiempo, vemos que su economía pasó de basarse en la exportación de lana virgen a los Países Bajos, a ser la nación más importante del mundo en la manufactura textil. Durante ese proceso existió una política de promoción deliberada de la industria, donde hasta se llegó a prohibir la exportación de lana virgen. Nada más lejano al librecambio que algunos relacionan con ese país y con ese autor.

Un razonamiento ricardiano para la Argentina de 2021

Argentina nació como una nación agroexportadora, y 211 años después continúa con el mismo perfil económico, como si en el mundo no hubiera existido algo llamado Revolución Industrial. Nuestro gran objetivo postergado es la industrialización del país, y para lograrlo, fundamentalmente, hacen falta salarios con buen poder adquisitivo y con capacidad de consumo más allá de las necesidades básicas (alimentos y servicios).

Hace siglos, David Ricardo vislumbró la necesidad de potenciar a su país a partir del desarrollo industrial, y argumentó en favor de las políticas necesarias para lograr dicho objetivo. Por eso, no hay dudas de que si fuera argentino y contemporáneo Ricardo apoyaría una medida para bajar el precio de los alimentos, y eso en la Argentina de 2021 se llama retenciones o cupos para la exportación de alimentos. Sin emplear esa herramienta, en la mesa de los argentinos se reflejaría el precio internacional de los alimentos, lo cual resulta privativo para los salarios locales (que se cobran en pesos), y con consecuencias negativas para el desarrollo industrial que necesitamos consolidar de una vez por todas.

Con el objetivo ricardiano del desarrollo industrial, tendremos empleo y desarrollo en Argentina. Esto implica, en la práctica adecuar el nivel de derechos de exportación para que el precio de los alimentos esté alineado con las pautas salariales, y en debate de ideas implica tener en claro que la economía es siempre economía política y que hay que poner por delante los objetivos perseguidos antes que las herramientas a emplear.