Sincrotiempo (Parte IV)

De Victoria Rítmica.

Respiró, trato de convencerse y decirse: tranquila todo va a estar bien, no hay de qué preocuparse, es tu imaginación.

Muchos pensamientos por ella pasaban, incluso con más velocidad de lo que tardaba en evaporarse una burbuja. Mientras tomaba la toalla para finalmente salir de la ducha, (le hubiese gustado quedarse más tiempo a disfrutar, digamos, ya que tanto esfuerzo les había generado, valía la pena quedarse), pero el ambiente era tan tenso, que, a la hora de priorizar, no hubo en su mente mucho más debate.

Su compañero de viaje seguía como si nada, asombrado entre el vapor a muchos grados, le pregunta: -ey! ¿Qué pasa?  ya te vas!?

– Sí, respondió ella. Y no dijo más, nada más hacía falta decir.

Se envolvió en esa toalla naranja desteñida, con olor a leño.

Fue hacia la entrada del pasillo, donde tenía algo de ropa para cambiarse, se secó rápido, acelerada y nerviosa, lo cual le dificultaba más a la hora de vestirse, le costaba subirse las prendas, sobre todo las medias y el pantalón, ya que sus piernas todavía permanecían con humedad en la piel, pero era lo de menos, no importaba era necesario salir de ahí; En pocos minutos el ambiente había mutado tan rápido, que hasta pensar le haría perder tiempo, mutó de manera no brusca, pero si contundente, como una palanca de cambio de un auto, las sensaciones de su cuerpo pasaron de  estar de un leve reposo o “punto muerto” a tercera sin escala, su “salir” sería la cuarta.

Salió vistiéndose mientras el sol le despertaba las pupilas, fue entonces a preparar ramas para y preparar el mate. Eligió hacer lo que siempre hacía en esos casos, una vez pasada esa exaltación de extrema ansiedad, solía sentarse a pensar, a leer, y a meditar. Irse con su mente, a la realidad donde se sentía más segura, al menos en ese momento, era como la guarida donde habitaban la fuerza de su corazón, y su convicción rigurosa y hasta caprichosa, de que todo estaría bien; no tenía ni idea como, pero en eso confiaba, confió siempre.

El salió limpiándose el pelo con la toalla y secándolo, frenó por unos segundos sus pasos y la miro con recelo.

Ya no eran los mismos, a medida que transcurría el tiempo todo era distinto, y cada día había un motivo incómodo con el cual convivir, por lo tanto, los climas con ese “toque” o esa pincelada molesta, ya eran comunes, bastantes cotidianos, distintos entonces a lo que quizá ella acostumbraba en un no muy lejano pasado, pero bueno, todos somos distintos (pensaba).

Ese tema lo hablaban bastante seguido, profundizaban mucho, entre charlas de mate, caminatas al borde del río o haciendo tareas cotidianas que formaban parte de su realidad. Charlaban sobre sus personalidades, sobre sus virtudes y defectos , sobre las experiencias, sobre las demás personas, las historias de familia, de conocidos, conocidas, quizá de algún libro en referencia o alguna película; En fin, eran muchos los temas a tocar, y eso iba formando “la paleta” de su relación, la gama, todos los colores que allí estaban eran importantes, y hasta necesarios incluso, siempre se acudía a alguno de ellos cuando la ocasión lo determinase, como en toda paleta, había entre claros y oscuros, todos eran parte y jugaban un rol fundamental. Algunos tonos y colores, tenían más protagonismos que otros, dependiese el día, los humores y el tema a abordar.

No siempre la sensación en el aire era de temor, ella a veces, se sentía vislumbrada por su magnética inteligencia, realmente él la impresionaba; Su agudeza, su sed de rebelión, su anhelo de aventura y de camino, su transgredir, su transformar y su simpatía. Todos esos eran condimentos muy oportunos y de alta seducción por esos instantes, y él eso lo sabía muy bien, había encontrado en ella un lugar donde poder alardear sobre su personalidad sin límites y además un refugio donde podía contar y confiar.

Sus palabras eran convincentes y muy dulces a veces, lo cual para ella era difícil mantener el enojo, la distancia o el enfado; ya que a veces lloraba y pedía perdón tras una discusión, se lamentaba con la vida, con su existencia y con ella por haberle gritado, maltratado o ninguneado. Justificaba sus acciones, sin autocrítica o juicio de valor, solo repentinamente pedía nuevamente perdón y contención, prometiendo no volverlo a hacer, sintiéndose mal y perdido en el sosiego de su desamparo y soledad.  A ella le dolía esa situación, lloraba también, le tocaba sus hebras más profundas, no podía soportarlo, entonces dejaba pasar, lo aceptaba, lo abrazaba y contenía.

A esa altura todos los sentimientos estaban muy a flor de piel, y más en ese ámbito natural, muy abundante de marcada intensidad, sitio exótico y hermoso, pero emocionalmente fuerte, emocionalmente pujante y cambiante; Estaban solos, lejos de la ciudad, del confort, lejos de sus familias y allegados, lejos de todo, y lo más importante lejos de la vida que habrían dejado atrás, antes de decidir viajar.

No fue nada fácil, para ninguno tomar la decisión, cada cual cargaba con su mochila en la mente y en el alma, (más que en la espalda) y ese era todo un tema a la hora de convivir y de hablar, pues cada cual lo vivía y sentía como necesitaba , pero no siempre había  empatía, igualdad y cordialidad; Ella creía que entendiendo las experiencias que él le contaba, (sus culpas con lo que había alejado, sus vínculos,  sus miedos y su pasado), recibiría lo mismo de su parte… esperaba casi ingenuamente, el acompañamiento y las palabras de ánimo, no siempre, pero sí a la hora del temor o la inseguridad, el entendimiento y la comprensión eran importantes, al menos ese “pacto” tenían… de saberse, de respetarse y tenerse paciencia; Ya que ningún movimiento ni cambio es fácil, y menos de esa índole.

Ella lo tenía bien claro y lo había aceptado… lo que no tenía claro, la confundía o estaba muy negada en aceptar, que esa regla sólo regiría para él y no para ella.

Al pensar en esto entonces, miraba a su alrededor, y en ese presente además de sí misma, solo veía a su compañero de viaje… su rostro y sus promesas, el paisaje y la oscura soledad.