Semillas de la vida y su sentido trascendente

Por Gastón Aldana, militante Social XXI, La Tendencia.

En memoria de Mirta Susana Disábato

A comienzos del siglo XX existió un científico ruso. Guiado por su afán de erradicar el hambre de su Patria y de otras Patrias del mundo, cuál brújula filosófica, viajó identificando los primeros lugares sobre La Tierra que dieran semillas, recogiendo muestras de cada una para resguardarlas. En resumidas cuentas, llevó con él un cuarto de millón de variedades. El Instituto de la Industria de Plantas, en la ciudad que en ese entonces se llamaba Leningrado, contaba ahora con la colección más grande de información genética en La Tierra. Una guarida que almacenaba unidades muy pequeñitas de Pachamama. Ésta era la herencia genética del mundo, las semillas de las plantas que nos mantuvieron con vida desde la invención de la agricultura. 

Irrumpe esa calma la máxima expresión del materialismo, la guerra. Búsqueda insaciable de capturar territorio y almas, sentido imperialista antagónico al Pachakuti. Hitler rompe su pacto de no agresión con Stalin y envía millones de tropas alemanas y miles de tanques a invadir Rusia. El Sitio de Leningrado fue, bajo cualquier óptica, el más espantoso de todos. En toda la historia ningún equipo de científicos pasó una prueba tan cruel, estaban presionados más allá del punto de quiebre. Prueba de amor por su pueblo, causa sagrada por la cual tiene sentido la vida, como la muerte. Si la abandonaban, ese acervo biológico se perdería junto con la esperanza de miles de familias de recuperarse de la guerra. Cientos, o incluso millones, no volverían a llevar jamás el pan a la mesa. 

Si el imperialismo materialista permanece como conducta de los países centrales, es porque construye su espíritu con el mismo afán que con sus armas. Por eso los explotados deben crear su propio espíritu, tener su filosofía, su explicación, descubrimiento o creación del sentido trascendente de la vida y el mundo más allá de la que le imponen sus opresores. No alcanza con sacarse los grilletes y enderezar la espalda de esclavo mirando a los ojos a quien sea. No basta solo con eso. Es necesario llegar más a fondo, hay que realizar una filosofía-sentido que sacie el hambre de espíritu, la sed del alma, la angustia. Si no, ni siquiera las necesidades materiales se mantendrían. Pueblo, Patria y Naturaleza son causas sagradas por las que uno pone su vida a disposición. Sin dudarlo el argentino y los habitantes de la Patria Grande toman esas causas y las hacen carne. Sienten el deber, pero también el honor, de protegerlas y cuidarlas, cómo lo haría un hijo cuando sus padres envejecen. Tratando de poder devolver, aunque sea, un poquito de todo lo que fueron recibiendo.

Los protectores del tesoro habían comenzado a sucumbir, pero en medio de la plenitud de cómo concebían el sentido de la vida y su trascendencia hizo que no lo consumieran. Sin esa energía del compromiso con lo sagrado, sin respirar el aire fuerte y puro de los grandes momentos, ni las metas más chicas serían posibles. Los botánicos fallecieron de hambre, pero no faltaba ni una semilla de la colección. Pero ¿Por qué no comieron ni un solo grano de arroz dejándose morir en manada? ¿Estaban locos? Si tan sólo nuestro futuro fuera tan real y valioso como lo fue para ellos podríamos comprender la magnitud de cada acción. Lo trascendente, colectivo, espiritual, el amor a su patria y su pueblo fue tan grande como la de proteger ese pequeño pedacito de Pachamama, ese regalo tan preciado y benéfico a una sociedad de posguerra que tan bien le haría. Esas vidas y muertes son parte de una eternidad compartida, que comenzó mucho antes de ellos y que seguirá muchos años después, formando filas en la lucha contra el daño de las garras materialistas para que una buena vez llegue ese día en que Patria y Pueblo vivan bien.

Nuestro universo comenzó hace 14 mil millones de años cuando la materia, la energía, el tiempo y espacio brotaron. La oscuridad era fría, y la luz candente. La unión de estos extremos le dio forma a la materia, y se hizo la estructura. Hubo estrellas de cientos de veces el tamaño de nuestro Sol. Éstas explotaron, enviando oxígeno y carbono a los mundos futuros adornándolos con oro y plata. En la muerte, las estrellas se convirtieron en oscuridad y ese peso abrumó a la luz. Nuevas estrellas nacieron de sus mortajas y comenzaron a danzar entre ellas. Ahora se hicieron galaxias. Las galaxias hacen estrellas, las estrellas hacen mundos y un mundo hace la vida. Y llegó un momento en que el calor desprendido de su interior calentó sus aguas y la materia que había caído de las estrellas tuvo vida. Ese polvo de estrellas cobró conocimiento y esa vida fue esculpida por La Tierra y por sus luchas con otros seres vivos. Nació un gran árbol, uno con muchas ramas. Muchas veces casi se vino abajo, pero creció y lo sigue haciendo. Y nosotros, una rama pequeña que no puede vivir sin su árbol, vivimos de él. Nos da vida, alimentos, vestidos, techo, sacamos lo que necesitamos y le devolvemos lo que necesita para reproducirse. Nuestra lucha debe ir más allá de la justicia, busca el equilibrio.

Debemos recuperar el imperativo Kantiano del siglo XVIII, sub specie aeternitatis, proveedora de verdades tan majestuosas como también lo son Pachamama y Pachakuti. Equilibrio representado en el buen vivir y no en un vivir mejor, transformándolo en mucho más que justicia. Buscando ese cambio para volver a vivir en armonía, no sólo entre humanos, si no con toda la naturaleza. Cada animal, flor, piedra, árbol, ser humano es y compone un solo cuerpo. Los Incas pensaban, vivían y sentían su cuerpo y alma unido a la naturaleza. Producían y acumulaban alimentos durante catorce meses. Cumplido ese tiempo se detenían, porque seguir significaba dañar la naturaleza sin sentido alguno. Comprendían que debían buscar el equilibrio entre sus necesidades y las de la Pachamama, asegurando de esta manera el común sustento. Ya sea Tiamat para los sumerios, Áditi para los hindú, Gea o Gaia de los griegos o simplemente Pachamama en estas latitudes, esa idea filosófica pero también espiritual de un ser vivo planetario, frente a los embates materialistas del capitalismo, logró romper las barreras del tiempo y el espacio.