Seguidora de huellas

Por Liliana Etlis.

Esta mañana me levanté con una extraña sensación en mis oídos. Recordaba lo que mi madre decía: ser complicadora de los pensasentires y no facilitadora de las interpretaciones.

Ella, seguidora de los vientos del norte donde el color del jacarandá siempre es fiesta y la caña de azúcar un delirio gratificante para la sabiduría de los paladares, acordaba con mi padre conservar las pupilas abiertas y atentas al mundo.

Ambos formaron un entretejido que habitaba lo no visto, lo pensado con el corazón y no con el cerebro. Una lógica más nutriente que germina en cualquier suelo, en cualquier espacio y tiempo. Habitar acompañando fibras con otras experiencias era una costumbre del pueblo donde nací.

La compartencia, una palabra ligada a la vivencia sumada al afecto, común en otros lugares y tiempos, son rizomas que fueron tomando potencia en huecos donde las emociones estaban retraídas por oblicuas ideas que nada tenían que ver con las prácticas y los metabolismos.

Esas raíces fueron aumentando en volumen y con modos de expresión, que circulaban entre las personas a través de la piel y la mirada, fueron creciendo en estatura hasta disponer de su verdadero significado.

La transparencia de la envoltura no era mensurable ni tampoco su color. La que estaba surcada por caminos de la vida era llamada sabia, y así unx sentía los rizos al sol, el brillo de aquellas generaciones anteriores que dieron gemas dilatadas en una policromía de luz, iluminando experiencias. La mirada, en cambio, estaba encapsulada y dependía de sonidos específicos, con ritmos naturales para las ceremonias del encuentro.

La vida, como pasaje entre la armonía y la sublevación, levantaba mis comisuras para hacer presentes a familiares, amigxs, parejas fortuitas y el arco en vínculos que abrigan calor.

Hoy urgente, la paz encarcelada y oscura necesita de la claridad de los jacarandás despertando.