Salud: un acercamiento a la matriz colonial

Por Liliana Etlis.

Hace años, algunxs trabajadores de la salud mental, concurrentes del Hospital Interdisciplinario psicoasistencial  J.T.Borda en Capital Federal, Buenos Aires, interrogábamos sobre la formación académica en Psicología y Psiquiatría y sus consecuencias. 

Una de ellas era no cuestionar prácticas como el uso del DSM IV (actualmente V versión con la triplicación de trastornos), siglas del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de origen norteamericano y el CIE 10, Clasificación internacional de enfermedades, ambas tipificaciones con lógicas eurocéntricas (es decir dependientes básicamente de conceptos de cinco países EEUU, Francia, Inglaterra, Italia y Alemania), binarias, cartesianas, racistas, sexistas y otras, cuyo uso era para evaluar a una persona internada que padece y sufre.

¿Qué había detrás de la utilización de las clasificaciones europeas y norteamericanas para pronosticar, diagnosticar y tratar trastornos mentales? ¿por qué no utilizábamos la Guía Gladp de pensamiento latinoamericano, para el diagnóstico en nuestramérica.

 En la confección de la Guía participaron más de 100 profesionales, entre ellxs psicólogxs, antropólogxs, psiquiatras de casi todas las naciones latinoamericanas organizadas en 17 grupos de trabajo. Publicada en  México en el 2004, fomentaba narrativas locales, de integración y salud incluyendo aspectos positivos relacionados al bienestar. Desconozco su utilización en mi país. 

Las revisiones de las clasificaciones DSM y CIE nombradas, no descartaba la organización de resistencias, se avanzaba hacia la reflexión desde las Teoría de la complejidad, la T.de la Dependencia, el pensamiento crítico y la visibilización de las desigualdades sociales en el campo de la salud mental, su trama relacionada a la matriz colonial del poder y su relación con la corpopolítica y la geopolítica. Se fueron incorporando feminismos descoloniales  y luchas antirracistas con efectos en la salud mental, movimientos sociales y territorios de soberanía sanitaria, migraciones, acciones comunitarias a pesar de los obstáculos que el neoliberalismo implementaba a través de bajos presupuestos, dispositivos burocráticos violentos, M.M.H. La magnitud de los daños en la práctica psico-asistencial se suman los diferentes mecanismos que utilizan los medios de comunicación para canalizar dichos dispositivos, desde aspirinas hasta ibuprofeno, sales digestivas, hipnóticos, otros que son transmitidos por televisión con total impunidad.

En una jornada de antropología social, el intercambio de experiencias con otras disciplinas, visibilizaba la colonialidad del poder y del saber de un Modelo Médico Hegemónico. El mismo, fomentado por la industria farmacéutica, localiza hasta la actualidad, la fuente en el individuo, minimiza la naturaleza social, económica, cultural y creencias del comportamiento humano. Un modelo además biologista, que ataca la enfermedad solo a un órgano o aparato, olvidando a la persona como un ser integral, con relaciones sociales, fragmentando el conocimiento por especializaciones. Características como rasgos tecnocráticos, “neutro”, mostrando una aparente desideologización de sus prácticas, monopolizando un tipo de saber ligado a la mercantilización y a las corporaciones farmacéuticas profundiza el control del conocimiento y de la subjetividad formando las del “consumidor” en nuestros días. Se suma la concepción científica “universal”, desconociendo otros paradigmas, otras formas de prácticas reduciendo el conocimiento a los que saben: los médicos y los que desconocen sus propias reacciones, los pacientes, en total desigualdad del saber.  Otro rasgo que se agrega a este modelo es el iatrogénico, convirtiendo a la persona sometida a las concepciones de la disciplina y por último la particularidad de ser un modelo medicalizante, por facilitar la construcción social de que toda desviación o anormalidad, es una enfermedad.

 Cuestionar no solo los dispositivos que se utilizaban en salud mental, las luchas por la desmanicomialización y la aplicación de la ley de salud mental, sino las tensiones provocadas por la colonización subjetiva de profesionales respecto a creencias, saberes, racionalidades y prácticas dependiendo de un modelo que invisibilizaba diferentes experiencias sanadoras, permitía ahondar en cómo se construye el conocimiento de las clasificaciones dominantes y sus consecuencias.

Respecto a las consecuencias de la despolitización y epistemológicas hegemónicas, nos encontramos con un concepto de enfermedad basada en juicios que se definirían como anormales, por la posibilidad de quitar estabilidad a un orden social. A diferencia de la criminalidad, a éstos se los castiga, a los enfermos se los trata con consideraciones médico-científicas. De esta forma son comportamientos “anormales”, necesitados de asistencia farmacológica el alcoholismo, la violencia, los problemas de aprendizaje, las diferentes formas de pensar la política, la adicción de drogas, el suicidio, la obesidad, la delincuencia y otrxs.

Las limitaciones económicas debido a la desigualdad social, la lentitud y burocratización de las instituciones especializadas y la ausencia de asociar construcciones teóricas con la política, lleva a establecer un espacio de omisión ante saberes diferente a los eurocéntricos donde se siguen deteriorando las relaciones entre pacientes y personal de salud mental, se mercantiliza la misma, la medicalización y psiquiatrización de la vida y los estados de dueñitud sobre los cuerpos de las personas sufrientes.

En momentos de pandemia tendremos que definir y evaluar cual es la normalidad junto a otras prácticas y saberes culturales, plantear el problema y desde ese lugar considerar el dolor, el sufrimiento y el padecimiento considerando no solo las quejas hacia las dolencias sino el entrecruzamiento con las vivencias sociales, religiosas, ideológicas, culturales entre tantas, resignificando y encontrando categorías propias del continente.

La medicalización de la anormalidad en la actualidad moderna produce capas eruditas afectando las miradas de las capas populares en la representación del cuerpo, de sus tratamiento ante dolencias sosteniendo una matriz colonial de poder donde operan procesos de regulación en las formas de vida, imponiendo la indiferencia hacia otros niveles de la vida cotidiana.

El sometimiento hacia formas de dominación introduce una clasificación social en términos de naturalizar lo ideológico, permitiendo el surgimiento de modelos cognitivos eurocentrados, borrando otros tipos de expresiones  locales en el campo de la salud mental.

Habría que interrogarse sobre los nuevos alcances de la modernidad y cómo transformamos esta realidad que nos crea universos de colonialidad en las relaciones intersubjetivas de dominación y de institucionalización en términos de productos socio-sanitarios.

Las tensiones epistemológicas de las diferentes matrices y la crisis civilizatoria, convierten al “sistema mundo” como categoría fundamental para seguir analizando las narrativas dominantes.

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