Riqueza, desigualdad y dignidad comunitaria

Por Maximiliano Rusconi.

Este aporte, aclaro, adolece de una debilidad estructural: yo no me he especializado, en mi formación universitaria o doctoral, en el tema central al que me voy a referir.

Podría decir que como el tema que voy a plantear concluye en una “propuesta” tributaria, y que, a la larga, ella tiene una regulación normativa, no está mal que un abogado opine en ese sentido. Pero ello implicaría engañar al lector: salvo aportes tangenciales en ciertos temas de derecho penal tributario expresados en artículos en revistas de la especialidad, algunos cursos de especialización sobre ese extremo (dados en la UBA y en la Universidad de Palermo, entre otras) y por haber dirigido hace más de 20 años la llamada, en ese momento, Unidad Fiscal de Investigación de Delitos Tributarios y el Contrabando –UFITCO– en el Ministerio Público, yo no me he concentrado tampoco desde el ámbito jurídico y/o académico en el complejo y serio tema del Derecho Tributario.

Por eso mi opinión, para pánico de mi amigo Claudio Posse, alma matter de “identidad colectiva”, no tiene más valor que la legitimidad que me da alguna información, hablar desde el corazón y mi ferviente e inclaudicable deseo que mi país tome en cuenta mucho más a los desposeídos (económicos).

Ahora que recuerdo, en el marco de un paneo sobre mis verdaderas intenciones, debo decir que también me mueve la sensación de reparar algunas décadas en las cuales pude haber hecho mucho más de lo que hice.

Si todavía, luego de tantos paraguas abiertos, el lector le interesa lo que voy a decir, lo invito a repasar algunas ideas. Veamos.

Así como la pandemia nos ha enseñado a aumentar la distancia que mantenemos con nuestros conciudadanos en la vida cotidiana, también nos hace pensar, al contrario, en achicar algunas distancias que hoy son insostenibles, inexplicables, dolorosas y éticamente cuestionables como la que existe en el llamado mundo capitalista, también en nuestro país, entre unos pocos ricos y la inmensa mayoría de pobres.

Son sólo números, pero si les sumamos los datos de mayor sensibilidad la cuestión no mejora, sino que agrava el panorama, las pobrezas son cada vez más duras y las riquezas cada vez más ridículas.

Recientemente, David Hermoza (Banco Mundial), nos recordó que Menos de 100 personas acumulan la riqueza de 3.500 millones.

Se trata, como vemos de una desigualdad espantosa, imposible de imaginar en sus detalles, pero que está lastimosamente ahí, al alcance de cualquier corazón permeable.

La fuente de estos datos tan dramáticamente elocuentes ha sido, entre otros, el informe de fines del año 2018, The Changing Wealth of Nations, (La riqueza cambiante de las naciones). En ese interesante estudio se realizó una evaluación de la riqueza de 141 países (1995-2014), analizando capital natural (por ejemplo, bosques y minerales), humano (lo que reciben las personas a lo largo de su vida) y capital producido (edificios, infraestructura, etc.) y activos extranjeros netos.

Ahora bien, lo más llamativo ha sido la conclusión a la que llegó el informe, en el sentido de que de la riqueza mundial creció un 66 por ciento.

Sin embargo, ello no evitó que los niveles de desigualdad fueran subiendo, dado que en los países de ingreso alto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) la riqueza per cápita fue 52 veces mayor que la de los países de ingreso bajo.

Resumiendo: la riqueza crece, pero la desigualdad se instala con mayor fortaleza aún.

Es por eso que el argumento mentiroso del derrame, con el cual adormecieron al planeta los ejecutores de este modelo de desigualdad mientras se iba muriendo, por ejemplo, todo un continente (África), ya no puede ser sostenido.

No sorprende que el informe The Changing Wealth .haya concluido que se ha visualizado una disminución en la riqueza por individuo de un conjunto de  países grandes de ingreso bajo, un grupo de países de Oriente Medio ricos en carbón y otros países de ingreso por individuo alto en el marco de la OCDE (sobre todo dañados por el crash financiero de 2009).

Esa disminución de la riqueza, sin dudas, puede afectar al futuro.

Hay términos como “globalización” a los que a veces les adjudicamos un sesgo positivo o neutral, sin embargo, hoy es claro que la brecha entre ricos y pobres, llamada también “desigualdad económica”, creció con la divulgación planetaria de esta globalización y de sus efectos. Se trata de una desigualdad que crece sin límites ante los ojos desesperados de los más desposeídos.

Según el informe anual “Time to care” del Comité Oxford contra el Hambre (difundido en ocasión de la famosa reunión de Davos del Foro Económico Mundial) los 2.153 multimillonarios más ricos del mundo poseen una riqueza equivalente a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60 por ciento de la población mundial (se trató de la conclusión de los datos que brinda el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el Credit Suisse Research Institute y la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

Para que lo entiendan: algunos sectores de nuestro país, ese diagnóstico está lejos de ser visto con ojos neutrales en los organismos internacionales: la desigualdad ha alcanzado un nivel escandaloso, ha sido la conclusión.

En nuestra región, por ejemplo, el selecto Club de Multimillonarios siempre acepta algún socio nuevo, por ejemplo, en América Latina y el Caribe, el 20 por ciento de la población representa el 83 por ciento de la riqueza. ¿El número de multimillonarios en la región?: ha pasado de 27 a 104 desde el año 2000. De las movilidades más deprimentes que uno pueda imaginar.

Pero hay un número que lastima, duele en el alma, en 2019, 66 millones de personas (el 10,7 por ciento de la población), según el Cepal, vivía en extrema pobreza. Todavía me retumban las voces de los pseudo-economistas televisivos que fueron convocados en filas que no respetaron el distanciamiento social obligatorio para decir que lo que iba a causar muchos muertos eran las medidas de cuarentena tomadas por el gobierno.

Entrevistada por Página 12 (21/01/2010), recientemente, Elisa Bacciotti, Directora de las Campañas de Oxfam Italia, afirmó que: “A nivel global, la desigualdad aumenta porque estamos viviendo…un modelo evolutivo que no pone en el centro de sus preocupaciones las necesidades de las personas y es cada vez más dependiente de una sola cosa: la maximización de las ganancias en breve tiempo”.

Pero para esta drástica cara de la desigualdad no hay que ir muy lejos de donde uno vive: hoy está claro que en ocasiones la diferencia de esperanza de vida entre barrios de una misma ciudad llega hasta los 11 años (datos del informe para España).

En la Argentina se comienza a debatir, la necesidad de que los ricos colaboren tributariamente más de lo que hoy hacen. ¿qué datos hay con respecto a ello en el mundo? Pues bien, el informe Oxfam nos cuenta que el 10% más rico de la población tributa a un tipo impositivo menor que el 10% más pobre»

Aunque los multimillonarios han tenido un éxito envidiable a la hora de multiplicar sus ganancias, también lo han tenido en sus planificaciones tributarias. Es posible decir que hoy gozan de los niveles tributarios más reducidos de las últimas décadas. En el desglose de los ingresos fiscales que presenta el informe tan solo el 4% proviene de impuestos sobre la riqueza.

Como vemos, los grandes porcentajes elusión fiscal (bailar el tango con las leyes tributarias) agravan este problema, ya que el informe ha estimado que los más ricos ocultan al menos 7,6 billones de dólares, con lo que evitan pagar aproximadamente 200.000 millones de dólares en impuestos. 

Si le faltaran condimentos reñidos con la ética a esta desigualdad, hay que decir para peor de males que estos modelos tampoco se llevan bien con las políticas de igualdad de género.  Según surge en estas investigaciones: “las personas más ricas del mundo son sobre todo hombres y ellos poseen un 50% más de riqueza que las mujeres. En el planeta las mujeres ganan un 23% menos que los hombres.

El cuadro en nuestro país no es mejor, obviamente.

El INDEC mostró una realidad que duele: crece la desigualdad en la República Argentina, donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. El 10% de las familias más ricas de la Argentina posee el 31,9% de la riqueza total del país mientras que en el otro extremo el 10% más pobre apenas accede al 1,6% de la riqueza.

En pocas palabras, la brecha que separa a ricos de pobres es cada vez mayor.

Los años 2018 y 2019 han sido letales en este sentido.

En estos días Felipe González lo ha definido de modo muy ilustrativo: “el capitalismo triunfante está destruyéndose así mismo” (El País, 9/09/2019).

Supongo que nadie en su sano juicio, o desde una visión honesta se animará a atribuir estos resultados al juego de la igualdad de oportunidades, esfuerzo y meritocracia. Más bien parece que hemos construido un mundo al cual no le sorprenden estos espantosos números, sino que reflejan el éxito de un modelo de consolidación de unos pocos y de exterminio de unos muchos. Tampoco creo que nadie se animaría a atribuirme un exceso de visión conspirativa.

Hoy hay una emergencia y mientras sale la vacuna contra la desigualdad, cuidemos de ciertos protocolos, tratemos de que no se viralice la desigualdad y seamos solidarios. ¿Ser solidarios en esta dimensión implica que, en este mismo instante, un porcentaje ínfimo de nuestra población más rica, 1000 personas, 5.000?, tienen que ser alcanzados por un impuesto solidario, que afecte en porcentajes pequeños su riqueza y que le de recursos al Estado para orientarlos a combatir la pobreza, estimular la participación ciudadana integral en la economía y potenciar el nacimiento de una nueva economía de la cual podamos sentirnos orgullosos.

La palabra la tienen los que saben… pero ya no hagan silencio.