Relatos del Sincrotiempo. Capítulo 8

Por Victoria Rítmica.

Todo parecía una nueva etapa, una etapa en la que tanto ella como el, se adaptarían, una etapa donde todo lo nuevo por conocer y por acontecer sucedería; Ya llevando en su haber experiencias recogidas, situaciones buenas y también las otras, las de mayor densidad. De esa manera, ambas partes formarían el camino a la tan ansiada meta de la «estabilidad» al balance y al remanso.

Ella seguía en su nuevo trabajo, tomando más horas, ya que era prácticamente el sostén de la casa en ese momento, el hacía alguna que otra changa y estaba la mayor parte del día allí, ocupándose de las cosas y también de sus hijos cuando los llevaba, esto podía ser algunos días a la semana, o también semanas enteras.

En los momentos donde los niños estaban presentes, menguaba bastante el foco de pelea, al menos no ocurría con ellos presentes. Quizá sí, cuando dormían siesta, cuando jugaban o veían alguna película, y en esos lapsos pequeños de intimidad, a veces ocurría, pero no siempre, en ese sentido ambos fueron muy cuidadosos; Si algo debería hablarse profundamente, sería cuando los niños fuesen a dormir por la noche, y esas conversaciones podían durar largas horas.  Tanto el como ella, trataban de discutir en voz baja y les era muy difícil, ya que con todos los cuidados que tenían, les costaba disimular su malestar, además que naturalmente todos los niños en general, son despiertos e intuitivos, de esa manera ellos percibían muy bien la tensión del lugar, lo cual era incómodo y terrible.

Más allá de eso, y aun en medio de una gran crisis, si de repente aparecía cualquiera de los niños, ellos automáticamente desconectaban todo dejo de agresión o violencia.

Pasaron algunos meses en ese sitio, con momentos buenos, reuniones sociales, con idas y vueltas como en el anterior viaje. Y como describiendo en la paleta, aún permanecían las tonalidades íntimas de extrema oscuridad, y los colores parecidos al desamparo.

Paleta digna de ese tipo de vinculaciones, quizá necesarias, quizá no. Pero como dice el dicho «cada cual elige su propio maestro, en el momento que tiene que ser” cada cual lo hace de manera inconsciente y esto se lleva a cabo en el plano terrenal.

Ella eso lo tenía presente todo el tiempo, y elegía ver a su compañero como un ser, un alma, un maestro que había llegado a su vida para enseñarle algo, un espejo donde el cual reflejarse y aprender.

La relación pasaba entonces por esas situaciones que eran cuasi cotidianas, miradas cruzadas en cualquier cena que se iniciaban con distorsión y finalizaban en objetos que volaban, tirones de pelos, brazos apretados y mesas revueltas, todos condimentos comunes y partes de la rutina violenta.

También, por las noches, el sonido del silencio se transformaba en un concierto de gritos y de gargantas afónicas, a lo que continuaba los aullidos y ladridos de los perros del barrio que quizá en su idioma y con la percepción que los caracterizan, por ser almas descontaminadas y nobles, llevaban un reporte de la vibración del lugar, muy densa y oscura.

Así a veces culminaban las noches, ambos sin voz, con dolor punzante en la cabeza y en la garganta, con ojos hinchados de llorar y agotamiento en todos los sentidos.

La situación realmente era insostenible, sin embargo, no podían desapegarse, los unía una fuerza casi de otro mundo, que los mantenía magnéticamente imantados.

Pasaron algunos meses, en esa situación, con esa forma de convivir y de comunicarse.

Él sin trabajo, estaba realmente insoportable, incómodo y molesto, lo sabía y le costaba mucho aguantar la presión que principalmente, como padre de sus hijos tenía y las peleas en la pareja eran permanentes y continuas.

Fue entonces que una tarde, él la llama al trabajo para decirle que cuando regresara a la casa tenía que hablar con ella;

Así fue, esa madrugada ella vuelve del trabajo y él con unos mates y fumando su cigarro de siempre, le comunica que iba a viajar a la Patagonia, con toda la situación que estaba pasando un familiar suyo que vivía allí, le ofrece que viaje, diciéndole que le daba asilo hasta que encuentre donde vivir, y mientras tanto se buscara un trabajo allá, la oferta parecía ser en un taller de carpintería, pero nada era seguro. Lo que, si era definitivo, era que él viajaría.

Le comunica que en una semana se iba a ir, a radicarse a otro lugar, a unos cuantos miles de kilómetros de donde vivían en ese momento, su principal preocupación por viajar era encontrar finalmente estabilidad económica y una nueva vida, fuera de la presión de la ciudad, llevando a la práctica el mismo denominador común que tuvo en el viaje anterior, y en todos los que también había hecho por su cuenta.

Ella no supo cómo tomarlo al principio, le creía y no le creía, no sabía realmente su intención, pero aceptaba, como aceptó siempre sus decisiones; Por lo tanto, lo apoyó en su deseo de irse.

En esa semana antes de partir, él manifestaba enormes movimientos vendiendo cosas, moviendo otras, buscando plata y despidiéndose una vez mas de sus hijos.

Ella lo acompañó en ese proceso y en esos días no hubo peleas ni desencuentros. Aunque la relación entre ellos era bastante tensa, a su vez existía esa complicidad de «enemigos íntimos”, una complicidad, bastante rara si se quiere, pero que ambos formaban parte y se habían encargado de enraizar y de alimentar.

De esa forma, él toma el micro y se va; Ella no fue a despedirlo, se despidieron antes, claro que no de la manera como se ve en cualquier película romántica, si no con cierto recelo, con abrazos cargados de rencor y distancia, con abrazos incendiados de apego, un apego que más que físico era mental, emocional y sobre todo vincular. Esa doble vara, esa dicotomía propia de la ambigüedad, propia de las grietas y también, propias de los abismos.

— Ya salió el micro, te amo amor hasta prontito.

Le escribió en un mensaje.

Apenas se enteró de su partida, ella sentía una cierta liberación, en parte y en todo el mar de fondo que su mente tenía. Trataba de imaginarse la vida sin su presencia, sin sus recelos, sus aprietes y sus persecuciones. Y también claro, sin su compañía.

Todo eso pasaba mientras acontecían los días, lo extrañaba y no lo extrañaba, lo pensaba y no lo pensaba, se sentía liberada pero no libre. Sentía en su interior como una tela araña, que la unía a su compañero, de la cual no podía despegarse, la sensación era pegajosa y atractiva, ya que a pesar de los miles de kilómetros que empezaban a mantener a la distancia, ella permanecía atada a su red.

No importaba los sitios donde se encontraban, el  apego era tal que mantenía su mente pendiente a él, a su estado, a como se sentiría, a lo que estaría haciendo y sobre todo, con quien y quienes; Porque  a pesar que le costara reconocerlo, ella se había dado cuenta que tenía un grado muy parecido a la toxicidad de la que se quejaba, tenía desconfianza y persecuta e inseguridad emocional, haciendo o experimentando lo mismo que su compañero : el control, los celos, los miedos a la infidelidad etc.

Sentimientos y emociones que ella antes no había experimentado de esa forma y menos, a ese nivel y con esa temperatura en los colores, realmente oscuros y muy críticos.

No tenía paz ni en su mente ni en su espíritu, no estaba bien, ni se sentía cómoda donde estaba, ni como estaba.

Él ya instalado en la Patagonia, había conseguido una casa y estaba trabajando en el taller, le mandaba mensajes a ella describiéndole el lugar;

El paisaje era muy distinto a lo que habían vivido anteriormente, con una belleza inmensa y digna de admirar, en uno de los lugares más hermosos que tiene nuestro país, el sur argentino.

La llamaba cada dos días al celular, desde el suyo, solo se mantenían conectados de esa forma y con mensajes, no podía mandarle fotos para mostrarle donde estaba, pero sí le describía todo lo que iba viviendo; seguían como en una relación a distancia, muy atípica, pero con esos códigos de entendimiento y códigos tóxicos.

Ella lo escuchaba a través de su voz, con calma y serenidad, así lo notaba. Algo en su mente le decía que había bajado la guardia, que se había calmado, que quizá se había dado cuenta y recapacitaba de como la había maltratado y la distancia entre ellos había ayudado a mejorar los ánimos, sin embargo, él no parecía temer por el riesgo a perderla, todo lo contrario;

Se notaba en él una gran seguridad, tanta que, a través de mensajes, le recordaba cuanto la amaba, cuanto la extrañaba, le decía que toda la belleza de ese lugar sería aún más grande con su presencia, la invitaba a ir donde él estaba, diciéndole que lo sureños eran muy amables, y que todo era lindo, hermoso, armonioso y de gran esplendor.

Esas palabras resonaban a diario en su mente, en sus quehaceres y en la mayor parte del tiempo. Por más que había regresado hacía relativamente poco del viaje anterior, y ya había conseguido su tan ansiada «estabilidad», no le era suficiente, su sed no había cesado.

La armonía económica se la daba el trabajo, su salud mental estaba más o menos equilibrada, aceptable digamos, al menos ante los ojos de los demás; Internamente le faltaba algo, algo que le era necesario vivir en esa etapa de su vida, algo que no había finalizado, no entendía por qué si todo en su superficie parecía lo contrario… pero no, era todo en apariencia.

¿Y se cuestionaba una y mil veces, por qué?  se preguntaba, si finalmente ya había logrado lo que quería, tenía una casa, estaba en un trabajo donde cobraba mucho dinero, sin necesidad de mantener a nadie más que ella misma, vivía sola, en su zona de confort, nada le faltaba, sin embargo ella sentía que le faltaba todo y que nada había terminado.

Pensaba que quizá serían la palabras de su compañero, esas palabras de amor y de convencimiento a la distancia, también podía ser el apego tóxico, del cual era parte y no dejo nunca de hacerse cargo, o finalmente era un susurro de la vida que la invitaba a vivir un nuevo capítulo en su destino, realmente no sabía, nada sabía, estaba perdida y desorientada, solo tenía la certeza de que quería desterrar esa superficialidad y apariencia que la dominaban, vencer miedos, liberarse y no sabía cómo ni de qué manera iba a lograrlo.

Eso le atormentaba la cabeza a diario, incluso en su trabajo, estaba muy distraída, tenía a su cuerpo elegantemente uniformado, en sus reuniones sociales, en el colectivo y en el barrio, pero su mente estaba en la montaña y sobre todo en su compañero. Eso le ocurría a diario, y en ese sentido, jamás logró relajarse.

Una de las tantas noches  que ella volvía de trabajar, bajó del colectivo, se quitó los zapatos y se los cambió por unas alpargatas que llevaba en su cartera ( donde vivía la calle era de tierra y los tacos siempre se le clavaban en el barro) cuidaba mucho de su uniforme en ese entonces, ya que su presencia debía ser más que impecable;  Se dirigió a su casa y fue entonces cuando abrió el portón , se dio cuenta que alguien había entrado al lugar, habían tomado algunas pertenencias de un galpón que había en el terreno, se llevaron algunas cosas, entre ellas una garrafa con la cual trataron de abrir la puerta principal de la casa, por más que no pudieron entrar a ese sector, con el forcejeo el picaporte quedó roto.

Era de noche, así que al entrar revisó la casa, no había nadie, el miedo la había paralizado, ni siquiera pudo en ese momento llamar a la policía ni a algún familiar, pero ese miedo no la detuvo a cambiarse de ropa y salir con un cuchillo debajo de su axila a revisar el parque y todo el fondo, que era bien amplio en el terreno, había bastantes arbustos y árboles.

Eran las doce y media de la noche, temía que alguien de pronto apareciera en la oscuridad, aunque paralelamente, sentía que todo estaba en orden.

Volvió a la casa y como habían roto la puerta puso una silla que la trabara del lado se adentro, fue lo único que pudo improvisar, de igual manera, esa noche durmió muy inquieta e intranquila.

Al otro día tenía que irse nuevamente al trabajo, vivía sola y todo le generaba miedo, esa situación realmente la asustó mucho; Era un barrio tranquilo, pero su casa quedaba frente a una autopista y por las noches no había nadie.

El miedo se le sumó al que ya de por sí tenía, agrandándose de manera potencial, ese miedo que todavía permanecía dentro de ella, para con su compañero que, a pesar de los kilómetros de distancia, no había mermado, al contrario.

Ese fue su detonante que la llevó a tomar de manera radical una decisión que ya en su ser, se estaría gestando… o volvía a la ciudad a vivir con su madre y parte de su familia, o escucharía las palabras de su compañero y se iría a vivir a la Patagonia.

Fue entonces que, literalmente de un día para otro, decidió mudarse a la montaña.

Al otro día de tomar la decisión, lo comunicó a parte de su familia y sus amigos, nadie comprendía lo cual era lógico, incluso en el trabajo, cuando se lo comunicó a su jefe presentándole su renuncia. Ella le dijo que estaba muy contenta y agradecida, pero tenía que viajar por algo muy importante y necesitaba hacerlo, en el trabajo estaban contentos con ella y hasta le ofrecieron una carta de recomendación para trabajar en la sede que tenía la empresa en Bariloche, ella agradeció muchísimo ese gesto y se fue.

Se despidió de sus compañeros y de la empresa, hizo a último momento trueque de cosas, cambió sillones por ropa de abrigo y camperas, cobró toda la plata de la liquidación, sacó un pasaje y viajó al sur.

En una semana de estar en un lugar rodeada de extranjeros, pasó a estar nuevamente en la ruta, en una butaca de micro, mirando el paisaje correr como un film desde su ventana.