Relatos del Sincrotiempo 7

Por Victoria Rítmica.

Baja de la balanza, agradeciendo a las mujeres y retirándose mirando la cifra que le indicaba la aguja: 47… 4 y 7, da once (bueno, al menos es un número sagrado) pensó.

Mientras su compañero terminaba el cigarro, la toma del brazo y emprenden la vuelta al camping, la mira y le agarra fuerte la mano, como dándole a entender que intuía alguna vaga idea que asomaba por su mente. Volvieron caminando juntos, y en completo silencio.

Ella confirmó lo que sospechaba, le había “adelgazado” algo más que el cuerpo, lo cual la llevaba a tener más coherencia en sus actos, incluso hasta de manera inconsciente, por más que al principio no parecía ya que dudaba de sí misma, en esa marea de confusión, sentía que al llevar lo más responsablemente sus decisiones, la entrenaría y ayudaría a lo que tuviese que afrontar cada día y segundo a segundo.

Tanto esa tarde, como las noches y amaneceres, y también por el resto de las semanas, la convivencia fue yendo y viniendo, pasando por todas las áreas de tonalidades y de color;  Al  igual que los meses anteriores, hubo momentos lindos y de distracción, de compartir con otras gentes, de explorar, y sobre todo de sentir; A cada paso en ese viaje, ella se desmembraba, pero al mismo tiempo se recargaba de la energía natural que proporciona la fuente inmensa que es la vida; Así como su cuerpo físico mutaba, lo mismo lo hacía su cuerpo sutil, recordándole la existencia y el milagro diario, recordándole el punto con más densidad seguido por el más fránico, y sobre todo que no estaba en su superflua y convincente soledad, si no que siempre estuvo acompañada ( los elementales de la naturaleza siempre estuvieron ahí para guiarla)

Fue entonces que, pasado un tiempo, decidió volver a Buenos Aires, ya no tenían papel dinero, ni tampoco se podía pedir a nadie prestado, pero confiaba en que el universo siempre se encargaría de ayudar a las soluciones en el momento justo. Ellos solventaron ese viaje, vendiendo libros y artesanías, las últimas semanas la policía se había puesto rígida en el lugar, y no se podía vender en la calle, por lo tanto, guardaban el poco efectivo que disponían para los gastos diarios de estadía en donde parasen, y sobre la energía y el alimento, por las noches compartían con los demás y durante el día tomaban los abundantes recursos de la naturaleza.

De los árboles, paltas (estaba lleno) y se podían tomar de las mismas veredas o en la entrada de la casa de cualquier vecino,  había en abundancia, también los pomelos rosados, con un perfume inexplicable y un tamaño realmente asombroso,  era un tema cosecharlos ya que crecían bien alto y el árbol promedio, medía alrededor de tres metros y medio , así que alzaban con un palo largo que en su punta tenía atado con alambre, un cuchillo por encima de un balde vacío de 10 litros de pintura, sujetándolo desde abajo y girando el palo con fuerza sobre  su eje,  el filo cortaba el tallo, y el pomelo caía perfectamente dentro del tacho,  cosechaban cada mañana de tres a cinco pomelos, tomaban mate dentro de él, jugos, o lo consumían de a gajos;  Al cortarlo al medio, de inmediato ya podía percibirse su exquisito aroma, su fragancia  extasiaba, era como un mandala natural, un  fractal perfecto de color rosado bien intenso, que invitaba a su pronta degustación.

También tomaban jugos de acá (la fruta amazónica preferida del tucán) lograban el jugo “machacando” en un mortero de madera y piedra, que un “maluco” (como se llama a los viajeros) y además experto en el lugar había improvisado, el jugo era de un color profundo y violeta, con una dulzura que generaba en la boca una explosión de sabor sin conservante alguno. Otro gran aliado en la alimentación diaria y natural, era el almidón, presente en la yuca o más conocida como mandioca, tenían que entrar cerca del corazón de la selva para buscarla, les habían indicado como era la planta, cuando y como tomarla, de esa forma y con fuerza (ya que la yuca es una raíz) la cosechaban, la limpiaban y la comían hervida. Por las noches, las panaderías regalaban pan y facturas lo que venga sumaba y estaba bien, y si algo sobraba (a veces ocurría) se compartía para la mañana siguiente.

Así sobrevivieron por largo tiempo, donde paraban con su carpa no estaban solos, por lo tanto, se armaban “galeras” o comidas populares, que cada uno compartía lo que tenía. Nadie se quedaba sin comer.  Si no tenían para pagar la estadía, limpiaban o hacían trabajos en el camping para “pagar el día”. Muchos seres convivían allí, fue por largo tiempo; Y en ese contexto, las discusiones y peleas entre ellos, menguaron; Ocurrían de vez en vez, siempre en la intimidad, o en alguna escena con poca gente presente, algunas personas intuían la situación y se acercaban cuando podían a ella, con timidez y respeto, como invitando al diálogo, a una conversación, se acercaban para recomendarle libros, o le leían frases altruistas, con un intervenir sutil, pero muy firme , sin saber esas personas que para ella , eran mucho más que simples voceros o juglares de la palabra, prácticamente eran faros , que la invitaban a seguir, cuando la percibían apagada. Ella siempre agradeció esos gestos, de hombres y mujeres, que cercanos estaban.

Cada una de estas personas dibujaba sus propias experiencias, pero particularmente sobre ellos y su historial de viaje, volver a la ciudad era un punto pronto a resolver

No sabían que hacer por la situación monetaria, hasta que un viajero se acercó, les tiro una data y les dijo: sáquense un permiso de discapacidad, con esto van a poder viajar por donde sea, sin pagar un peso, van a poder viajar los dos, conozco alguien que los hace, a mí me hizo el que tengo y viajo sin problemas. Si me dan sus datos para la semana que viene se los tengo…Al oírlo ambos se miraron, su compañero la miró como diciendo… “bueno podemos tener una solución por ahí, y nos sirve para seguir viajando” (igualmente  en el fondo dudaba);  A ella le sedujo la idea, solo por un instante, pero la responsabilidad de sus actos estaba presente, muy ferviente y a la orden del día, por lo que inmediatamente pensó que no sería la mejor opción ya que estaría tomando algo que no le correspondía, además de no tener discapacidad, no sería honesta esa actitud.  Sin juzgar a quien se los ofreció, decidió no seguir su propuesta.

Fue una tarde cuando caminando por la rivera, un lugareño se acercó a hablar con ellos, entablaron un dialogo y entre charla y charla, llegaron al mismo punto; Este señor, les aconsejo dirigirse a la oficina de la CNRT (comisión nacional de regulación de transporte) donde podían darle una pronta solución, y así fue.

El hombre encargado que atendía muy amablemente, les explico los pasos a seguir, invito entonces a una reunión al otro día que tuvo con ella (a quien más le urgía el regreso) y le explico que solo podía brindarles un pasaje a cada uno hasta el domicilio que figurase en el documento de identidad. Por lo tanto, a la semana siguiente, tomaron sus cosas, dejaron otras varias a las personas que fueron parte de su vida en ese lugar y regresaron cada cual, con su boleto, sin pagar un solo peso.

La despedida fue fuerte, al igual que la emoción de la vuelta. Llegaron a Buenos Aires, específicamente a la Estación de Retiro, luego tomaron otro transporte hacia la ciudad en donde esperaban sus seres queridos. Una vez llegados al pueblo, cada cual se fue caminando hacia sus casas, ella lo primero que hizo es ir a donde habitaba su madre. Quien luego de largos meses de no verla, la esperaba con su paquete preferido de galletitas, unas de avena y pasas de uva. Tomaron mate juntas y hablaron por largas horas.

Ni esa tarde ni en el transcurso de los siguientes días, ella pudo contar a nadie, ni siquiera a su madre, todo lo acontecido; Aunque hubo detalles que no pudo disimular, como su nariz o el cambio notable en su cuerpo, ella estaba distinta, con una frecuencia propia de un estado de exaltación que todavía le duraba, un estado de excitación, de alerta permanente, disfrazada de seguridad y con una coraza similar al hierro, maquillada de autoestima elevada. Aunque no podía justificar ni explicar sus inminentes desmayos, que le empezaban a ocurrir seguido y de un momento a otro, era como si la “desconectaran” algo que le pasaba muy a menudo, en la calle, en el supermercado o en la casa de alguna amiga, algo que vino con ella del viaje, y que le duro por un largo tiempo más. En las charlas con sus seres queridos, sobre su viaje solo contaba detalles pasajeros y superfluos, sin entrar en recovecos porosos, ya que no quería preocupar ni alarmar a nadie, y además tenía un profundo miedo; Aunque su madre siempre intuyó que algo no andaba bien, percibía algo en el aire y además nunca pudo cruzar mirada con el actual compañero de su hija, jamás pudo hacerlo.

Ya estando en terreno conocido, él también se reencontró con su familia, incluso con sus hijos, que los tenía, y que pocas veces veía. Era una de las tantas causas, de su actitud agresiva para con ella, justificando su maltrato físico-psicológico y sus golpes por “no poder verlos” o por extrañarlos, mas todo lo demás relacionado con celos de pareja.

Pasaron unos meses y ambos estaban en la misma ciudad viéndose regularmente poco, pero sin desapegarse, la toxicidad estaba aún en su auge y no se había ido, por lo pronto peleaban a menudo, se odiaban, se querían y se volvían a odiar. Aunque no vivían bajo el mismo techo, el hecho que ambos estuvieran cerca de sus antiguas vidas y sobre todo muy cerca de la ex pareja de ella, era el foco siempre de discusión. Cuando se veían experimentaban situaciones muy densas, nada parecía transformar la situación, a lo sumo de a ratos, pero lo cierto es que había en demasía, oscuridad entre ellos, y se acrecentaba más al estar juntos.

Él le comenta que había conseguido una casa, pre-fabricada, pero con amplio terreno en otro lugar, era cerca del lugar donde vivían a unos 35 minutos en colectivo, y la invita a que convivan. Ella al principio no acepta, lo cual significaba un enorme problema para con él quien la señala de cobarde y de falta de amor, al principio no pudo seguirlo ya que solo quería enfocarse en trabajar; Él decide finalmente mudarse solo, acusándola de traición, y haciendo hasta lo imposible para recordárselo a diario y hacérselo notar. La realidad, es que ella primeramente ansiaba estructurar lo mejor posible su vida, le era necesario, principalmente para su salud mental, fue entonces cuando una amiga la ayuda a conseguir trabajo, un trabajo muy bueno de pocas horas con un alto sueldo, atención al cliente era su principal tarea. Necesitaba vestirse con uniformes, y estar socialmente prolija, elegante y aceptada; Usaba el talle 1, necesitando hacer en varias ocasiones, pinzas en sus camisas y sobre todo en sus polleras ya que algunas le quedaban grandes, seguía muy flaca y había aumentado solamente un kilo y medio en ese tiempo. Eso la ayudo de alguna forma, a asentarse y sobre todo a oxigenar su vida.

A su pareja, el nuevo rumbo que había tomado la vida de ella le causaba infinidad de celos, sobre todo por sus compañeros de trabajo, que muchas veces incluso cuando la acercaban a la casa donde él estaba, tenían que dejarla en la esquina, ella se lo pedía para evitarse problemas, también era un foco de discusión la forma de vestirse y maquillarse (su uniforme) ella se sentía culpable por empezar a sentirse bien y lo visitaba a menudo para apaciguar los climas. A veces convivían por días y esta causa laboral, más que beneficios, se sumaba a la lista de problemas y discusiones, en un libro imaginario de “debe y haber”.  Estar bien, era un problema, brillar era otro problema. Toda discusión se balanceaba al otro día con una buena reunión social improvisada por él con sus conocidos o algún festejo de cumpleaños, en apariencia social y hacia afuera, estaba todo siempre bien, él se encargó permanentemente de mantener ese personaje en la sociedad incluso con sus amigos, cuando ambos estaban con personas, ella raramente hablaba, él se encargaba de ser su propia voz y también la de ella.

Durante los primeros meses de trabajar, ella vivió en parte con su madre, y en ese interludio de confusión, de adaptación y movimientos, sumado también a sus horarios raros del trabajo, dormía en ambas ciudades; Descansaba y gozaba poco, seguía de esa forma el tejido de su vida de manera caótica y difusa, que paradójicamente la llevaba a seguir retroalimentándola, cada punto de ese tejido era realizado con el mismo convencimiento caprichoso y hasta egoísta, aunque ambiguamente intuitivo. Algo dentro de ella, la llevaba a realizarlos, una sinergia disonante pero clara, como le ocurrió en el viaje, pero esta vez en otro lugar. Sentía dentro de sí misma, una chispa de confianza interna, sin negar que el 90 por ciento de su eje, estuviera fuera de lugar.

De esa forma, solo bastaba una semana de paz y sin ninguna pelea, para que él la convenciera y la llevase a obedecer. Ella, con cada experiencia que sumaba, se revelaba con él cada vez más, por esto tenían serios problemas, la sumisión ya le incomodaba, y ante su nuevo círculo social, se había vuelto experta en ocultar su verdadera realidad, maquillándose de mas, no solo la cara si no el corazón, usando sacos en los días de calor, simulando frío para no mostrar las marcas en sus brazos, consecuencias de alguna discusión pasajera (que ocurría casi normalmente) y finalizaban de esa forma. Así y todo, por más que ella con su nuevo trabajo, su nueva oportunidad y habiendo ampliado su círculo social, no había llegado a recuperar enteramente ni su soberanía ni su poder personal, convencerla era muy fácil, lo cual la llevó a tomar la decisión de mudarse de forma definitiva con él, a esa nueva casa y esa nueva ciudad.