Relatos de Sincrotiempo (final)

Por Victoria Rítmica.

En este número están los ocho capítulos juntos de Relatos de Sincrotiempo.

Relatos contados en tercera persona por quien escribe.

Sincrotiempo es sanación, y es pulsar.

Más allá de algunos detalles que pueden coincidir o no, en un contexto de narrativo, Sincrotiempo está basada en una historia real, testimonial y verídica.

Sincrotiempo son vivencias, experimentadas por quien escribe.

En este enlace encuentran todo lo escrito hasta ahora, la primera parte.

Que estos relatos ayuden y despierten.

Que estos relatos sirvan para fortalecer con luz, mentes y almas.

Esa es la intención.

Mi nombre es Victoria y esta es parte de mi historia.

 

¿Sabes lo que te pasa a vos???! lees demasiadas cosas, esto te hace mal!!!

Y le revoleó el libro por la cabeza.

Asomaba un día de mucho frío, los árboles brillaban más que de costumbre, las gotas en sus hojas eran como galaxias aparte, ya que luego de unas semanas de intensa lluvia había salido el sol, haciendo luz a su paso e iluminando todos los recovecos, secando días y días de intensa humedad.

Podía verse el vapor saliendo entre las fibras del pulóver, desintegrarse en la soga, hacía tiempo que estaba allí, que, a pesar de los intentos de secarse por otros medios, era imposible quitarle del todo el aroma a humedad. Ese olor a moho tan característico, que, si uno imaginase su color, sería el de verde musgo.

Recogió el libro, lo secó un poco del barro y también del verde que le quedó impregnado gracias al tinte del pasto, pero eso realmente no importaba.

Lo dejó arriba de la mesa y fue a buscar algo de leña para poner a secar.

Era importante recoger maderas y troncos, ya que para todo era necesario el calor del fuego, había cesado la lluvia, asique la prioridad entonces era llenar a la caldera y poder bañarse. Hacía diez días que ninguno de los dos lo hacía, justamente por el clima.

La caldera era gigante, se encontraba a un kilómetro y medio de donde estaban, debía llenarse lo suficiente para que generara el fuego necesariamente alto y que este llegase a calentar todas las cañerías viejas del lugar.

El ciudadano que cuidaba allí prometía un buen baño, caliente como debía ser, y como cada uno, en lo más profundo de su ser, deseaba.

La necesidad del aseo era urgente, solo que había que proveérselo.

Esto consistía en juntar maderas de gran tamaño, ramas y ramitas;

Obviamente la prioridad eran los troncos grandes, bien grandes, trozos de árboles caídos o antiguamente cortados por lugareños. Troncos que pesaban entre cincuenta y sesenta kilos con suerte, estaban muy a lo lejos, había que traerlos arriba de los hombros o como sea, para luego llevarlos al lugar y dejarlos secar al sol.

Mientras tanto, separaban algunas ramas cortas o “pirinchos” y de esa forma hacer un pequeño fuego, poner la parrilla-alambre y tomar unos mates, era un buen plan.

Separaban las chiquitas y todo lo que su ardor, prometía ser efímero, las demás en cambio, eran destinadas a la inmensa caldera, kilos y kilos de madera.

Había que asegurarse que los troncos estén secos, o procesarlos del mismo modo que a las ramitas; siendo estos de espeso tamaño, su secado podía llevar horas, incluso días… pero como el clima ayudaba, seguramente para la tarde estarían en buenas condiciones. Una tarde de ardiente y pleno sol, ya era suficiente.

De esa forma solo era separarlos y reservarlos bajo una lona así podían quemarse con seguridad, sino el resultado serían árboles humeantes, que más que arder, solo generarían humedad y ceniza al paisaje.

Mientras tanto las miradas y el silencio entre ellos, era de lo más incómodo.

Ya bajaba el sol, podía verse una leve pero espesa niebla sobre el río, y dentro de ella asomándose dos paisanos que cruzaban en canoa.

 

Atardecía, de esos atardeceres donde se esfuma el naranja incandescente del ocaso, con el inicio del azul de la noche, por allá a lo lejos tímidamente asomaba el primer lucero.

Llegaron los paisanos, “estacionando” su canoa en la ladera del río, estos bajaron con unas bolsas de arpillera, que parecía ser mercadería y frutos que traían del otro lado, se los veía cansados, pero satisfechos.

Miraron como al pasar, saludando por respeto y por camaradería, digna del lugar.

Exclamó uno de ellos, simpáticamente.:

– buenas tardes, noches!!!!

Al no recibir respuesta inmediata y con un cierto aire de desconfianza, su compañero preguntó:

– todo bien señorita?  necesita algo?

Por unos largos segundos, solo de escuchaba el sonido del silencio.

– no, no está bien…. muchas gracias son muy amables…   respondió con la boca (con la mirada parecía decirles otra cosa).

– muy bien, buenas noches que estén bien.

 

Y se marcharon siguiendo su curso…

 

Pareciera que algo hubieran percibido, como en el aire… con esa intuición que les da el estar inmersos en el lugar, con esa sutileza característica que, entre la flora y fauna, acentúa lo más etéreo de las personas, generando así un desarrollado sexto sentido, como si sus sensaciones y su tacto, pasen de ser casi ordinarios hasta un pulsar de lo más fino.

Los hombres se alejaron, dejando solo sombras a su paso, perdiéndose en la oscuridad.

En el cielo asomaba la luna que estaba menguando, los sonidos de la selva nocturna ya comenzaban, es impresionante los matices que existen cuando logra percibirse la sonoridad de un cierto lugar, donde casi no existen voces humanas, donde el follaje, el andar del viento y lo silvestre, son los protagonistas.

Mientras tanto, la caldera estaba muy cerca de llegar a lo óptimo de su estado para ser encendida, llena de leña, hasta arriba, de todos los tamaños, la mayoría seca obviamente, pero había que esperar… si… había que esperar, una luna más, lo que parecía a esa altura una eternidad, pero no quedaba otra, era necesario, de esa forma todo el esfuerzo de una pesada jornada no habría sido en vano.

Hacía bastante frío, la amplitud térmica sí que se hacía notar…  de día unos treinta grados, de noche bajaba a quince y a veces hasta diez, mientras tanto el calor del fuego que alimentaba el agua en la pava, que por cierto casi negra del hollín, iluminaba los rostros de ellos.

Los mates siempre acompañando, como puente amable que acorta pesares y malos entendidos, el crepitar de las ramas encendidas eran hipnóticas, mezclándose con los sonidos del lugar y también, con el cantar de los miles de insectos y especímenes que allí habitaban.

Con una nocturnidad tan amplia, envolvente de profundo azul, y tan azul que era negra.

En ese escenario cruzaban miradas, pero aún no había palabras. ella lo mira, lo observa y va notando como cierto recelo que en él se acercaba.

Era preferible callar a veces, y disfrutar de ese pequeño remanso que regala la vida.

Volvía sus ojos al fuego, mirando como las cenizas iban en aumento, por un momento hasta sintió paz, pero la incomodidad era permanente, su alma tímida y salvaje le susurraba paciencia, estaba confundida, no sabía si ese malestar que sentía, era de su exagerada imaginación o si realmente ocurría algo que le estaría costando aceptar.

Mientras meditaba en su silencio, se quedó pensando en la pregunta del paisano, él sentado en frente observándola también y siendo muy perceptivo notó su reflexión, cebándole un mate con tono casi sobervio le pregunta:

– medio mago ese paisano, ¿no?!!

– mago?!! porque ¿? exclamó ella entre risas asombrada e incómoda.

– por lo que te pregunto!! no viste??

 

Él se para e imitándolo casi burlamente, repite la escena:

– todo bien señorita????

– de donde salió??? que se mete?!  ¿qué corno le importa!???

Y elevando cada vez más la voz, la mira fijo y le dice:

– vos les habrás dado a entender algo cuando bajó de la canoa… si yo no hubiera estado, capaz te encaraba…

La tensión se hizo presente, irrumpiendo ese instante de silencio y paz que hasta hacía minutos, ella disfrutaba.

– pero ves que estás diciendo taradeces ?!!! no empieces querés…

Le contesta, trataba de calmarlo, gambeteando su conjetura y tomando la posta en el mate, para cambiar rápido de conversación.

Él insistente continúo:

– que no se haga el gil ese marmota, que voy hasta el pueblo y lo surco de una piña! ¿vos viste como te miro? ¿no se puede estar tranquilo ni acá, ni en ningún lado loco!  nos fuimos de la ciudad y acá es lo mismo, es igual!!!!!

 

Además del calor del fuego, había algo en la temperatura que comenzaba a mutar, ya no hacía tanto frío.

Inmediatamente ella se levanta del tronco que usaban como asiento, caminó medio metro a recoger el pullover de la soga que ya estaba enfriándose por el rocío, pero a su vez seco, ni se preocupó en volver a calentarlo, se lo puso así, como estaba, cualquier movimiento improvisado era bueno en ese momento, los mates que había tomado ya le causaban nuevamente, una insoportable acidez.

No pudo quedarse callada, y responde:

– ves cómo sos? ese hombre preguntó de buena onda nomás, relajate querés??! estamos estresados, fue un día largo, me duele todo el cuerpo, me quiero bañar. es cansador mover tanta madera y vos con ganas de pelear?! y encima a esta hora???! cortala dale?! leé si querés!! o andá a caminar! aprovechá que paró de llover… yo me quedo acá en un costadito, voy a descansar un poco y en un rato me voy a dormir, me duele la cabeza, estoy cansada de verdad…

Tomó su libro de arriba de la mesa, aquel que había revoleado él esa misma mañana y se fue a leerlo como buscando un consejo, un consuelo; llevaba una linterna con ella, ya que la luna menguada y el fuego a lo lejos, no llegaban a iluminar lo suficiente su lectura.

Trato de serenarse, respiró profundo, y más que contar hasta diez contó hasta cien.

Recordaba a su madre, su familia, recordaba momentos felices, y las letras de ese libro eran todo el universo para ella, le daban paz…leerlas le brindaba armonía, ayudaban a generar seguridad, a subir su autoestima, a tener claridad, atributos que le estarían faltando, o que había olvidado, al menos en esos momentos, al menos, en esa instancia y en ese correr de su vida.

Alrededor, se escuchaban insectos y grillitos, al compás del nocturno silencio.

En realidad, se escuchaba todo, pero estos eran más significativos en ese instante,

que lindos son…  pensó para sí misma.

Volvió a leer, el libro le generaba tanta tranquilidad, tanta paz …  que allí se sumergía, y hasta se veía iluminada por cada línea y por cada letra.

Ya la linterna pasó de ser algo sumamente necesario, a casi un complemento, todo era como un abrazo contenedor, como un apoyo intangible, muy cercano. Como un faro, su faro, un bálsamo para su ser.

Quería llorar, pero no podía, o mejor dicho no se animaba a hacerlo frente  o cerca de  él,  reprimía sus sentimientos , todo para no causar ni malestar, ni sermones hasta largas horas de la noche, ni nada por el asunto … aunque eso era algo que ocurría bastante seguido ( las charlas)  y a lo sumo muchas veces  eran hasta enriquecedoras, como quien diría para “ crecer” solo que  en esos momentos, y mientras iba decantando todo eso en su mente “ el incómodo aceptar” ,  las conversaciones  no eran tan amables ni fructíferas , ya que no existía  el tacto ni el cuidado , aunque sea para ciertas cuestiones.. para ciertos temas delicados por llamarlos de alguna manera … (al menos eso esperaba de manera inconsciente), por más que en su interior y por sus pasadas experiencias, no estaba acostumbrada a que eso ocurriese (el no sentirse comprendida y que, al increpar la situación, la respuesta fuese agresiva o violenta), se acomodaba a la idea de “conformarse” esa errónea idea, que cualquier persona dentro de su mundanidad y su inexperiencia, haría o espera…  no está mal (se autoconvencía y consolaba por dentro).

A lo largo del tiempo ella habría aprendido y tomaría esa enseñanza, para darse cuenta que lo mejor sería no esperar nada, empezaba a planteárselo como “tarea para el hogar” …  para el “hogar interno” donde sumaría, además, una larga listas de tareas. pero eso es otro asunto.

Prefirió respirar y tragar sus emociones, esa angustia le provoco sed, se paró y fue a buscar agua a la pileta, una pileta cerca de la caldera con una canilla que tenía el pico teñido de sarro y tierra. goteaba, no mucho, no siempre, pero si goteaba. Así que tomo un vaso y se sirvió agua.

Tragó, respiró, el agua era rica, bien dulce… será su cercanía al río que la hacía deliciosa?  todavía pensaba, como hay gente que cree que el agua no tiene sabor?

Este hermoso brazo de agua estaba sereno, había una claridad en el aire, un vientito lindo.

Volvió al tronco a seguir leyendo, un poco mermó su angustia, así que decidió leer un poco más y finalmente, culminar su día yéndose a dormir, ese era todo un tema, ya que compartían el habitáculo, que en este caso, era una carpa.

Una carpa que habían conseguido poco antes de viajar, era para tres personas, solo entraba ellos dos, sus pertenencias, sus bolsos y materiales de viaje.

Como para consolarse, pensaba para sí misma, al menos no llueve…

En su mente sus diálogos eran eternos, se hablaba, se consolaba y se conversaba, su mundo era una revolución total, una revolución que fue a buscar, pero no esperaba que fuese tan fuerte.

Pensaba: ¡bueno, paró de llover al fin!  remarcando ese acontecer como lo mejor de su última semana, alzó la vista al cielo y podía ver todas las estrellas que eran infinitas, muchísimas, imposibles de contar; realmente era muy hermoso lo que veía, y de eso también se alimentaba…

Nutría su espíritu y su fortaleza, de esa fuente inagotable que es la naturaleza…

esta jamás la abandono.

 

Finalmente decidió por entrar a la carpa, ya estaba frío afuera.  él ya estaba allí, acomodando su ropa, se miraron, él trató de acercarse, como si nada hubiese pasado, ella no quiso saber nada, lo saludó, cerró los ojos y se esforzó en dormir, su cuerpo extremadamente cansado, su mente jamás había estado en ese estado de exaltación, un estado de exaltación que se habría desprendido allí y que continuaría por largo tiempo.

A la mañana siguiente el haz de luz que ingresaba por el cierre roto de la carpa, anunciaba un nuevo día, aunque la tranquilidad y la serenidad no era lo que más abundaba, cabe destacar que las mañanas con su paisaje, eran dignas de admirar.

El mate siempre, lo primero, lo primordial. y luego todo lo demás, era algo así como “para despertar al cuerpo” y lo más esperado, lo que acontecería luego, la alegría de poder bañarse después de once días, imposible imaginarlo, jamás habría estado tanto tiempo sin asearse.

Eso era lo más importante, la ducha caliente prometida por el cuidador del lugar y la cantidad de leña en la caldera, eran los condimentos perfectos para un instante de felicidad.

El paso a encender la caldera, era muy fácil, el trabajo pesado ya estaba hecho, solo había que arrancar el fuego… las ramas y leños harían lo suyo, ya estaba todo listo y era cuestión de esperar solo media hora. Y así lo fue.

Las llamas crecieron como lenguas al cielo, enormes e incandescentes, cerraron la gran puerta de hierro que las contenía; el cuidador que se acercó a supervisar mientras miraba feliz y asombrado decía: ¡hace cuanto no se enciende!  impresionante!!!  afirmaba sonriente y seguro. disfruten!!! y partió nuevamente a la casita donde cuidaba, era el sereno de ese lugar, el “cuidador” un hombre con piel color de tierra, ojos rasgados y nariz prominente, sus manos estaban curtidas de grietas y líneas con mucha historia y trabajo.

Lo vieron alejarse, agarraron una toalla cada uno y entraron a bañarse.

El baño tenía un techo muy alto y se notaba la falta de gente de hacía meses, realmente era un lugar recóndito en el medio de la nada.

Tenía eco, y hasta era divertido escucharse, había veinte duchas, todas separadas por muros, diez en cada lado, enfrentadas y sin cortina, en ese momento los roces mermaron, no había pleitos ni miradas incómodas, parecían dos niños descubriendo una plaza con juegos, hamacas y toboganes nuevos.

Encendieron la palanca de agua caliente, y finalmente el vapor decoró el lugar… dios santo! ¡el agua estaba a mil grados, había que sí o sí agregarle agua fría (que abundaba) para aclimatar lo suficiente, si no realmente quemaba!!  jamás olvidaría esa ducha, fue una de las más deseadas y mejores de su vida.

Entre risas y emoción por lo que estaba sucediendo, cada uno se tomó su buen tiempo en disfrutar de esa limpieza, no solo del cuerpo, sino también de la mente, las ideas y el alma.

El agua hace milagros.

 

Fueron minutos de intenso fervor, mientras tanto “jugaban” con el eco de sus voces, muro por medio, perdiéndose así entre el vapor, eran niños, y disfrutaban de esos instantes, hasta que, en un momento de silencio, el pronuncia entre risas:

– y ¿? cómo te sentís? espectacular, ¿no?

– si!!!!!!!!! estoy muy contenta. le contesto, mientras se enjabonaba alegremente, perdiéndose entre las burbujas.

– sabes que me hace acordar?

– no, respondió curiosa.

– estos muros parecen donde estarían los desaparecidos, ¿no?? viste …  en la época militar ….

Al mismo tiempo que pronunció esas palabras y entre el vapor caliente, ella notó como su mente se enfriaba, sentía un temblor en su cuerpo difícil de explicar, un estado de alerta, notó como su aliento se cortaba, su esporádica alegría estaba frenada y el silencio tajante alzó la voz.

Se quedó muda, no pudo pronunciar respuesta alguna, solo se oía el correr del agua y los cantos bajo la ducha de él, que mientras todo lo disfrutaba, siguió como si nada.

Ella sintió que algo no estaba bien, no quería sentirse víctima, pero le era inevitable sentirse mal, pensó en su libro que no lo tenía allí, recordaba frases, palabras, algo que la ayudase, porque el pánico invisible se hizo presente y la tomó del brazo intimándola.

Sintió miedo, incertidumbre y el terror afloró otra vez.

Estaba en la ducha, así y todo, jamás sintió su cuerpo tan descubierto y tan desnuda la vulnerabilidad de su ser…

 

Entonces respiró, trato de convencerse y decirse: tranquila todo va a estar bien, no hay de qué preocuparse, es tu imaginación.

Muchos pensamientos por ella pasaban, incluso con más velocidad de lo que tardaba en evaporarse una burbuja. Mientras tomaba la toalla para finalmente salir de la ducha, (le hubiese gustado quedarse más tiempo a disfrutar, digamos, ya que tanto esfuerzo les había generado, valía la pena quedarse), pero el ambiente era tan tenso, que, a la hora de priorizar, no hubo en su mente mucho más para debatir.

 

Al salir ella, su compañero de viaje seguía como si nada, asombrado entre el vapor a muchos grados, le pregunta: -ey! ¿Qué pasa?  ya te vas!?

– Sí, respondió. Y no dijo más, nada más hacía falta decir.

 

Se envolvió en esa toalla naranja desteñida, con olor a leño.

Fue hacia la entrada del pasillo, donde tenía algo de ropa para cambiarse, se secó rápido, acelerada y nerviosa, lo cual le dificultaba más a la hora de vestirse, le costaba subirse las prendas, sobre todo las medias y el pantalón, ya que sus piernas todavía permanecían con humedad en la piel, pero era lo de menos, no importaba era necesario salir de ahí; En pocos minutos el ambiente había mutado tan rápido, que hasta pensar le haría perder tiempo, mutó de manera no brusca, pero si contundente, como una palanca de cambio de un auto, las sensaciones de su cuerpo pasaron de  estar de un leve reposo o “punto muerto” a tercera sin escala, su “salir” sería la cuarta.

Vistiéndose salió, mientras el sol le despertaba las pupilas, fue entonces a preparar ramas para preparar el mate.

Eligió hacer lo que siempre hacía en esos casos, una vez pasada esa exaltación de extrema ansiedad, solía sentarse a pensar, a leer y a meditar.

Irse con su mente, a la realidad donde se sentía más segura, al menos en ese momento, era como la guarida donde habitaban la fuerza de su corazón, y su convicción rigurosa y hasta caprichosa, de que todo estaría bien; no tenía ni idea como, pero en eso confiaba, confió siempre.

El salió limpiándose el pelo con la toalla y secándolo, frenó por unos segundos sus pasos y la miro con recelo…ya no eran los mismos, a medida que transcurría el tiempo todo era distinto, y cada día había un motivo incómodo con el cual convivir, por lo tanto, los climas con ese “toque” o esa pincelada molesta, ya eran comunes, bastantes cotidianos, distintos entonces a lo que quizá ella acostumbraba en un no muy lejano pasado, pero bueno, todos somos distintos (pensaba).

Ese tema lo hablaban bastante seguido, profundizaban mucho, entre charlas de mate, caminatas al borde del río o haciendo tareas cotidianas que formaban parte de su realidad.

Charlaban sobre sus personalidades, sobre sus virtudes y defectos , sobre las experiencias, sobre las demás personas, las historias de familia, de conocidos, conocidas, quizá de algún libro en referencia o alguna película; En fin, eran muchos los temas a tocar, y eso iba formando “la paleta” de su relación, la gama, de los cuales todos los colores que allí estaban eran importantes, y hasta necesarios incluso, siempre se acudía a alguno de ellos cuando la ocasión lo determinase, como en toda paleta, había entre claros y oscuros, todos eran parte y jugaban un rol fundamental. Algunos tonos y colores, tenían más protagonismos que otros, dependiendo del día, los humores y el tema a abordar.

No siempre la sensación en el aire era de temor, ella a veces, se sentía vislumbrada por su magnética inteligencia, realmente él la impresionaba; Su agudeza, su sed de rebelión, su anhelo de aventura y de camino, su transgredir, su transformar y su simpatía. Todos esos eran condimentos muy oportunos y de alta seducción por esos instantes, y él eso ,lo sabía muy bien, había encontrado en ella un lugar donde poder alardear sobre su personalidad sin límites y además un refugio donde podía contar y confiar. Sus palabras eran convincentes y muy dulces a veces, lo cual para ella era difícil mantener el enojo, la distancia o el enfado; ya que a veces lloraba y pedía perdón tras una discusión, se lamentaba con la vida, con su existencia y con ella por haberle gritado, maltratado o ninguneado. Justificaba sus acciones, sin autocrítica o juicio de valor, solo repentinamente pedía nuevamente perdón y contención, prometiendo no volverlo a hacer, sintiéndose mal y perdido en el sosiego de su desamparo y soledad.

A ella le dolía esa situación, lloraba también, le tocaba sus hebras más profundas, no podía soportarlo, entonces dejaba pasar, lo aceptaba, lo abrazaba y contenía.

A esa altura todos los sentimientos estaban muy a flor de piel, y más en ese ámbito natural, muy abundante de marcada intensidad, sitio exótico y hermoso, pero emocionalmente fuerte, emocionalmente pujante y cambiante; Estaban solos, lejos de la ciudad, del confort, lejos de sus familias y allegados, lejos de todo, y lo más importante lejos de la vida que habrían dejado atrás, antes de decidir viajar.

No fue nada fácil, para ninguno tomar la decisión, cada cual cargaba con su mochila en la mente y en el alma, (más que en la espalda) y ese era todo un tema a la hora de convivir y de hablar, pues cada cual lo vivía y sentía como necesitaba, pero no siempre había empatía, igualdad y cordialidad.

Ella creía que entendiendo las experiencias que él le contaba, (sus culpas con lo que había alejado, sus vínculos, sus miedos y su pasado), recibiría lo mismo de su parte… esperaba casi ingenuamente, el acompañamiento y las palabras de ánimo, no siempre, pero sí a la hora del temor o la inseguridad, el entendimiento y la comprensión eran importantes, al menos ese “pacto” tenían… de saberse, de respetarse y tenerse paciencia; Ya que ningún movimiento ni cambio es fácil, y menos de esa índole.

Ella lo tenía bien claro y lo había aceptado… lo que no tenía claro, la confundía o estaba muy negada en aceptar, que esa regla sólo regiría para él y no para ella.

Al pensar en esto entonces, miraba a su alrededor, y en ese presente además de sí misma, solo veía a su compañero de viaje… su rostro, sus promesas, el paisaje y la oscura soledad…

Al otro día, otro momento más en su historia de viaje, de encuentros y desencuentros.

El clima ayudaba bastante, ya habían cesado las lluvias, y el calor húmedo se hacía presente con un radiante sol. Decidieron entonces “mudarse” de lugar, viajar a otro sitio, en ese caso ella estaba contenta, ya que no estarían más solos, lo cual le daba esperanza de sentirse más acompañada, pero por dentro extrañaría a ese cuidador, a ese señor de piel mestiza y manos curtidas, que desde su silencio siempre entendió y observo todo, al igual que los perros que allí estaban, y una familia de gallinas. Eran como su compañía, como sus “guardianes” de penas y desencantos… Siempre le han recordado a través de su ternura, lo maravilloso y más noble de la vida, esos valores que, en ella, estaban marcados a fuego, el compañerismo, la familia y la lealtad, valores que siempre permanecen intactos en los animales, y que ayudan a re- aprender y a re-cordar.

Emprendieron viaje con todas sus pertenencias, no eran muchas, pero sí muy pesadas, caminaron hacia la salida al puente, seis kilómetros era el trayecto, era difícil hacer dedo o esperar que alguien con transporte se detuviese, ya que casi nadie pasaba por allí, salvo muy alternadas veces.

La idea era salir hasta la ruta, para tomar desde allí algún micro o bus, hacia otro lugar.  Había que frenar de vez en cuando, para respirar acomodar la espalda y seguir caminando. El paisaje era realmente hermoso, aunque parecía infinito, una ruta húmeda en medio de la selva, solo se veía a lo lejos el mismo camino con subidas y bajadas, era a veces desesperante, pero no quedaba otra que seguir caminando para llegar a donde querían hacerlo.

Luego de varias horas con intervalos, parando, tomando agua y siguiendo, llegaron exhaustos, agotados y con muchísimo calor, pero llegaron. Se acercaron hasta una estación de servicio, cada cual compró cosas para el camino (aún tenían algo de dinero) y lo indispensable, una botella de agua, también llamaron a sus familias, para comunicar que estaban bien.

Era otro escenario aquel, ya habían dejado atrás mucho de esas vivencias en la plena soledad, este paisaje urbano, sí que era diferente y llamaba poderosamente la atención ver tanta gente alrededor, como otra vez en “la civilización”  aunque muy lejos de serlo, (comparándola a una gran ciudad), había movimientos de autos, colectivos, carros y gente; comercios y almacenes,  vecinos y vecinas que por allí circulaban y formaban parte de la escena; y eso tan común en ese contexto, era todo un acontecimiento.

Una vez que ya estaban preparados para seguir viaje, tomaron un bus, a un pueblo cerca de aquel lugar, un pueblo que estaba a doscientos treinta kilómetros, sabían que llegarían de noche, pero ya estarían radicados en otro sitio. Ese viaje fue bueno, ya que durmieron la mayor parte del tiempo, descansando de todo lo que había sido el agotamiento de días pasados y la caminata anterior, era muy necesario dormir, y los asientos eran bastantes cómodos, un micro viejo, con esos asientos “de antes” cortitos, pero acolchonados.

Transcurrió poco más de una hora, y se despertaron, mejor dicho, ella se despertó, él ya estaba con los ojos abiertos, da vuelta la cabeza y la mira; mientras ella estira como desperezándose, le pregunta cuánto falta para llegar, él le responde: un rato más (de modo seco y cortante) Mientras le contestaba, ella percibe que él tenía en sus manos, su celular mirándolo y con los auriculares puestos. El celular era de ella, era todo lo que tenía para comunicarse con su familia, generalmente no había señal en ningún lado, por lo tanto casi nunca podía usarlo, al menos no “monte adentro”, si en las “ciudades” o en algunos pueblos donde había antena cerca y ahí podría comunicarse, solo tenía señal para hablar, mandar mensaje y usar la radio, que el auricular funcionaba como antena de la misma, solo eso, suficiente, pero nada más, no había internet ni aplicaciones modernas como las que conocemos ahora.

La radio estaba muy buena, era de gran compañía a veces, ya que según donde estuviesen, tomaba el aire de las difusoras del lugar, algunas con más o menos cercanía, no siempre eran en español, muchas veces en portugués, en guaraní, locales, según…  Fue entonces cuando ella pensó, que él con su teléfono estaría escuchando radio (y la verdad que no) primero porque es muy difícil conectar una radio en la ruta, y segundo por la expresión de su cara, era de temer. En realidad, estaba escuchando una nota de voz que ella había grabado un tiempo atrás y que jamás había borrado de aquel teléfono; relataba pensamientos que del alma le afloraban, tenía que ver con todo lo que estaba viviendo, y sobre todo con recuerdos que aún le dolían, reflexiones que entre las cuales se abrazaban nostalgias y penas, relatos de acontecimientos pasados, entre tantos, por ejemplo, tener que devolver una guitarra obligada… eso la marcó y aún le dolía.

Fue, cuando en un pasado atrás, la antigua pareja de ella, le había regalado una guitarra pintada por él, con toda su dedicación y amor. Ella la cuido y amó por mucho tiempo, incluso estando separados, hasta que su compañero de viaje que ya había ingresado a su vida, con tantos celos la obligó a devolvérsela, ella en ese momento estaba ciega y creía estar haciendo lo correcto, ya que el miedo era el “mandamás” de esa relación. Llego a tal grado de toxicidad, y entregó su poder de tal forma, que ya no tomaba sus propias decisiones. Solo obedecía.

Recordó como se la devolvió, llorando fuerte y pidiéndole que no haya ni abrazos de despedida ni acercamientos, porque sabía que, como se lo había advertido su nueva pareja, estaría observándolo todo a una cuadra, detrás de un árbol.  Ella lloraba y le pedía perdón, sabía que le estaba rompiendo injustamente el corazón a quien fue su gran amor, y además de serlo fue antes su amigo, no se lo merecía, pero tenía tanto miedo a que sus amenazas se hagan realidad, que finalmente lo hizo; como hizo un montón de cosas más, lejos de su propia voluntad.  De esa forma le mostraría a su actual pareja “seguridad” y además no se enojaría, que era lo principal… Prefería eso, antes que las amenazas que él una y otra vez le hacía, ¿cuáles eran?: matarlo. Hacelo, o lo busco y lo mato.

Lo mismo pasaba con escuchar canciones de “los Beatles” o las que eran “romanticonas”, estaba terminantemente prohibido, todo lo que sea un recuerdo de amor o le sacara una sonrisa, o que sea de un pasado para ella, él no lo toleraba, por lo tanto, durante mucho tiempo, también se alejó de la música.

En esas notas de voz, recordaba todo eso y había en ellas otras reflexiones más, sobre todo preguntándose cómo había llegado a tal situación, como había sido posible que no se haya dado cuenta antes, y que ahora se encontraba ahí sola, con él, en esa situación, sin saber que hacer o en que confiar, y sobre todo que emoción seguir. Era tanta la confusión y se había alejado tanto de sí misma, que intentaba “retomarse” con la escritura y las palabras para ir procesando todo lo que iba sintiendo, además de leer su amado libro entre otros que tenía; Herramientas, “cables a tierra” que eran un bálsamo y un desahogo para su ser, en su “intimidad” (que cuidaba de conservar) de sentimientos y pensamientos. Mientras acontecía esa situación en el micro, la cara de su compañero de viaje, se seguía transformando para peor, ella lo observa y otra vez aparece el temor, se incorpora en el asiento y como haciéndose la tonta, pero con voz determinante le dice: – que haces?! ¡Dame mi teléfono!

-si claro, le responde. Y se lo revolea de mala manera sobre su falda. Él continúa diciendo: -ya escuché todo lo que tenía que escuchar…  Ella tragó saliva y otra vez la tensión se hizo presente, con la incomodidad esta vez, de estar rodeados de gente, no había más de quince personas allí, algunos viajantes, otros lugareños con sus bolsos, sus bultos sus jaulas y gallinas; y tierra que entraba por el piso del micro y se dificultaba a veces respirar.

Faltaba poco para llegar a arribo, la situación era insoportable, y ni siquiera podían cambiarse de asientos. Lo que más quería ella era llegar, sin saber lo que pasaría, ni cuál sería el desenlace, pero si sabiendo, que le esperaría un enorme y denso sermón una vez estando solos.

Cuando llegaron, tomaron sus cosas, bajaron del micro, y se fueron hasta el camping más cercano, era todo silencio y los pasos del caminar, eran toscos y de mala gana, al menos los de él, los de ella eran de extrema precaución y con la sensación de estar en falta, eran lentos, espaciosos y aletargados, sintiéndose culpable y mal por lo que había pasado.

Se mencionaron en la recepción, y ya tenían a disposición una parcela para su carpa, pensaban quedarse algunos días. El paisaje ya estaba oscurecido, había faroles e iluminación a lo lejos entre los árboles, muy distinto al otro sitio donde habían estado, podía sentirse la humedad del aire, la niebla oscura por la nocturnidad, y una luna menguando casi a nueva que opacaba aún más el cielo, sin embargo, desnudaba así a millones de estrellas que allí estaban, adornando el espectro.

En ese lugar también había una mesa de material bastante cómoda, troncos para sentarse y el baño medianamente cerca, con una bacha para lavar del lado izquierdo.  Armaron la carpa bruscamente, rápido y de mala manera, con la escasa, pero suficiente luz que había, pudieron relativamente acomodar sus cosas, el ambiente era de profunda densidad, y terminada la cansadora tarea, de otra vez “proveerse del habitáculo” llegaría el momento, que ella tanto temía: el sermón. Y así fue.

Más que una conversación incomoda, el motivo de lo que escuchó en el micro paso a ser lo peor; Era tarde, pero el cansancio y la superficial alegría de estar en otro lugar, no eran suficientes para calmar los ánimos… él caminaba en círculos con un enojo efervescente elevando cada vez más la voz, ella lo miraba y discutía sentada desde la mesa donde “relojeaba” a lo lejos, si había alguna de las personas de la recepción medianamente cerca.

Tenía vergüenza y miedo de lo que pasaría, y le costaba pedir ayuda, tampoco sabía cómo hacerlo, todo empezaba a subirse más de tono y era cada vez más turbio. Los discursos y la agresión psicológica eran lo peor, lo cual desencadenaba en fuertes e intensas discusiones, él se le acercaba humillándola y reduciéndola a lo más mínimo que se pudiese reducir a cualquier persona, con palabras hirientes y punzantes, tocando fibras y hebras sagradas para ella, por ejemplo, su familia.

Entre el llanto y la ira, ella se levanta de la mesa y se le va encima, como empujándolo diciéndole que pare, o iba a pedir ayuda; el respondiendo entre furia y risas, le dice:

– a dónde vas a ir?  ¡Vos te quedas acá!  y la empuja, haciendo que ella se caiga. ¡Ella se levanta y sale caminando hacia el baño que aun desconocía, solo para caminar, para irse, para lavarse la cara, algo!…  cualquier cosa para salir de esa situación, él la persigue y la acecha contra el paredón del lugar, apretándole los brazos muy fuertes, zamarreándola e insultándola, diciéndole que baje la voz, le tapaba la boca para que no gritara, ella trataba de zafarse, pero era difícil, las fuerzas físicas no eran semejantes, (y las mentales en ese entonces, tampoco) la mantuvo quieta sobre la pared, reduciéndola a cero, le repetía que se calmara, que parecía una desquiciada, y era lógico ella lo estaba, se había enfurecido tanto con esa situación que era difícil calmarla, entonces ella abrió la boca y empezó a hablarle con un enojo que envenenaba sus labios seguido por sus ojos, y ese mismo veneno cada vez se hacía más evidente; Era ego contra ego, furia contra furia, si esas fuerzas estarían pintadas o dibujadas, los colores que prevalecían eran de los más oscuros de aquella paleta imaginaria.

La realidad ahogaba, y ya no podía soportar, todo un problema iniciado por celos, que cada vez se acrecentaba más; a ella todo le parecía injusto, se sentía impotente y desesperada.

En medio de ese forcejeo , ella le dijo cosas hirientes, pensando así que podía ofenderlo y de esa forma aprovechar y liberarse, además era tanta su bronca que no iba a quedarse atrás, y cada vez le gritaba más fuerte, acompañando la fuerza de sus palabras a la fuerza que hacía mientras,  para desprenderse de las manos de él que seguían apretándola, y cada vez era más fuerte, ella ya podía ir sintiendo el ardor físico en su piel;  él no aflojaba en soltarla, entonces ella en un dejo de mucha bronca y decepción, lo comparó con su amor pasado, diciéndole:

– vos que tanto criticas!  al final, tanto amor, tanto “confía en mi” y tanta libertad… no le llegas ni a los pies!, esto lo enfureció más, y fue donde reaccionó. Sin dejar de sujetarla, y haciéndolo aún con más fuerza, tomo impulso hacia atrás y con la misma furia, la desmayó de un cabezazo en la nariz. Ella cae inmediatamente, se desploma al instante y queda inconsciente en el piso.

De pronto todo negro, de pronto abre los ojos, estaba acostada, tapada hasta el cuello y con una almohadita hecha de ropa debajo de su cabeza, no tenía medias, se despertó con mucho dolor en su frente, toda su área nasal, por arriba de los ojos sentía un zumbido que le retumbaba, como una resonancia insoportable y una jaqueca muy muy fuerte. Le dolía toda la cabeza, y sobre todo su nariz.

Mientras trataba de ponerse en órbita nuevamente, “cayendo” de lo que había acontecido, se escucha el cierre de la carpa que baja, y una luz que le enfoca la cara, entra su compañero y colocando la linterna hacia arriba para iluminar el lugar, le dice:

¡Te despertaste!!!  Amor, ¿estás bien?  me asusté mucho, me fui a buscarte algo a la farmacia, por suerte hay una en la ruta acá cerca (a unas siete cuadras) fui corriendo lo más rápido que pude, me tiraron la data que es 24 horas, joya viste? ¡Mira!  Te compre esto (un analgésico) te va a ayudar a que no te duela nada, te traje agua también, si queres me fijo de buscar hielo.

-No, no hace falta hielo, Estoy bien, respondió ella, mientras se tocaba la nariz para saber si le sangraba.

-No te sangra, quedate tranquila. Es el golpe nomás, con esto vas a estar bien, ahora trata de descansar si? querés mate? ¿Te preparo algo para comer? Te traigo el celular, ¿así escuchas radio? Decime lo que sea por favor, mi amor quiero que estés bien…

-Pasame una botella con agua así tengo un poco más que este vasito, y solo necesito silencio, dormir, me duele mucho todo, me duele la cabeza y además …

-por eso! (interrumpe) tomate esto, te va a aliviar y vas a poder dormir tranquila, buenísimo que tenemos una farmacia cerca!  Ya sé que ahora es tarde si queres después hablamos, pero ya sabes cómo me pongo amor, perdóname, ya sé que parece que te miento, pero te juro que no… te prometo de verdad no lo voy a volver a hacer si? Entendeme por favor, ponete en mi lugar. Estoy mal, nervioso, ya sabes…  extraño mucho, me siento mal y estas cosas que me decís me sacan, no soporto porque siempre volves a repetir lo mismo, a hacer lo mismo, y conste que sabes que me hace mal que me compares, y que nombres al innombrable, estás conmigo ahora, entonces me da bronca y reacciono, pero te prometo que no lo vuelvo a hacer sí? Te lo juro, confía en mí, no estás sola.

Quiero estar sola ahora, le contesta.

-¿No queres que me quede y te hago compañía?

Ella no responde.

– Ay amor, ¡¿ves?!!  por favor te estoy pidiendo perdón, mirame, no te enojes, no me dejes por favor, me muero sin vos, no me dejes, ya te pedí perdón, necesito saber que me perdonas. Por favor, decímelo dale.

 

Por dentro ella solo quería quebrar en llanto, pero lo evitaba para que no continúe esa secuencia, de la que ambos formaban parte, era bastante insoportable, y además ya estaba cansada de pelear, le ardían y dolían los ojos de llorar.

-No hables más, ya está bien, está todo bien, responde. Y continúa: si querés quedate, pero en silencio. Quiero dormir.

Se levantó despacito, tomo el analgésico y se volvió a acostar, tapándose más, y poniéndose medias

-¿Porque me sacaste las medias? Ella le pregunta

-Porque cuando te traje acá para acostarte, te empecé a tocar los pies a ver si reaccionabas, también te hacia golpecitos despacito en la cara y te dije que me esperes que no te vayas que ya volvía, te hablé, te mojé la frente, estabas pálida, pero respirabas y tenías pulso, así que te tapé y me fui rápido a la farmacia.  ¡¿No te acordás de eso?! ¡Me fui rapidísimo, rogando por dentro que estuvieras bien, y mi pedido fue escuchado porque volví y acá estas!!! (sonreía y mientras la acariciaba) ves amor?  Yo si te cuido, dormí tranquila, mañana va a ser otro día.

Ella lo miró, no le dijo nada, se puso de costado, dándole la espalda y cerró los ojos.

 

A la mañana siguiente lo primero que hizo al levantarse, es ir al baño, se puso un abrigo porque respiraba y salía vapor de su boca del frío que hacía, amanecía lento, era muy temprano, pero sus ganas de ir a orinar la despertaron, cuando salió del habitáculo miró el suelo, le conmovió ver el rocío casi helado del pasto, el pasto brilla (pensó).  Entra al baño, orina, y mientras se tocaba el cuerpo, como despertándose, los brazos le dolían, tenía mucha ropa encima y era trabajoso sacársela y con el frío, prefirió no hacerlo, al menos no en ese momento. Luego va hacia el espejo, un espejo que el marco superior derecho estaba marrón de lo viejo y como si fuese “picado” de la humedad que delataba los años allí colgado y puesto; Incluso las marcas en la pared, del marco y su margen.

Se mira y observa, se toca la cara, se frota los ojos, lo mismo con la frente y la nariz, como aún le molestaba, la mueve despacio para un lado y para otro, le dolía la punta porque además estaba fría, aún le retumbaba la cabeza, no por el golpe, pero si por el cansancio mental que físicamente ya empezaba a percibirlo con más intensidad en su cuerpo, se mira de perfil, se toca nuevamente y se da cuenta que su nariz estaba más grande, el golpe le ensancho el tabique y así iba a quedar.

Su nariz creció, no por haber mentido, recordando aquella fábula de Pinocho (aunque en su espíritu de autocrítica, sabía que todo ocultamiento de la verdad, ya estaría empezando a pagarlo) nunca imaginó que sería de esa forma, su nariz creció, ya que el golpe fuerte le ensanchó el hueso. Respiraba bien, así que eso era lo que más importaba, mientras respirase bien, ya está. Por lo demás tenía que acostumbrarse al “nuevo retoque” de su cara.

Salió, en ese nuevo espacio había una parrillita y ahí hacer un fuego, era pan comido.

Juntó algunas ramas que estaban debajo de la losa, prendió el fuego, se quedó observando el avanzar del mismo, su crepitar característico y esa chispa seguida por el sonido hipnótico que invita a meditar, una vez ardiendo puso la pava y preparó el mate, para desayunar.

Aprovechó que él dormía, para estar tranquila y pensar un poco, ya hacía meses que estaban viajando, con mucha intensidad cada día, con momentos vividos, que estuvieron buenos, momentos compartidos, sobre todo al principio, pero cada vez se volvía más pesado, y el estar solos la mayoría del tiempo, con muy poca gente que ocasionalmente se sincronizaba en el camino, le estaba cansando. Los momentos de encuentros con las gentes, eran buenos en su mayoría, pero básicamente andaban solos; Ella quería volver, al menos a ver a su familia y sus amigas.

En el fondo sabía que era un planteo que no le agradaría a su compañero, pero lo necesitaba y lo pensó entonces para decírselo una vez que él se levante, no quería ir ella a despertarlo, ni siquiera dirigirse hacia la carpa, a tomar algunos de sus libros, o el cuaderno, o el celular con radio…no quería hacer ningún ruido de más, ya que los momentos de total silencio, consigo misma, era lo que más necesitaba, pocas veces estaba sola.

Mientras mateaba miraba como amanecía el lugar, ya que la situación de la noche anterior y lo que había pasado, la había enceguecido tanto, que no se detuvo a contemplar su alrededor (como quien da la bienvenida a un nuevo día respirando y agradeciendo la vida…  el oxígeno) ensimismada en su egoísmo emocional y humano, lo único que había visto fue el pasto brillar,  no había levantado la vista para mirar el cielo, y los amaneceres de cualquier lugar donde abunda la naturaleza (y más si son nuevos o desconocidos),  regalan espectáculos dignos de admirar, generalmente son hermosos, los árboles, el balanceo de sus hojas,  la protuberancia vegetal, la niebla corriéndose lentamente, los rayos de sol penetrando el rocío, los pájaros amanecidos, su cantar, los aromas de la tierra, en fin, por un instante todo era bello…todo calmo, todo en paz.

Pasó un buen rato con su catarata de pensamientos, su silencio de fondo y los sonidos del lugar, en eso se percibe el cierre de la carpa que baja, sale su compañero, le dice:

– buen día!!! ¿Che porque no me despertaste y amanecíamos juntos?

– Es que me levanté temprano, y no quise despertarte, igual hace un ratito que estoy acá. Es muy lindo este lugar, está fresca la mañana, pero es hermoso el paisaje, ¿queres un mate?

– Vos sos linda, le dice. Y continúa: ¿voy al baño antes, ahora vengo y mateamos dale?  queres que vaya a comprar galletas o algo? Bueno… esperame, pensalo, voy al baño y cuando salgo decime sí? Y salió caminando sonriendo y tirándole besos a la distancia.

Ella notaba su excesiva cordialidad. Evidentemente se sentía mal por lo que había pasado.

Sale con la cara lavada, desperezándose y sonriendo.

– Tenés razón! ¡Qué hermoso lugar!! Igual te digo algo: es más lindo con vos acá.  Y se sienta a su lado, le toca el pelo y le pregunta: – como estas? ¿Te duele algo? ¿Te sentís bien?

– Me duele un poco la nariz…mirá, creo que la tengo como más ancha, más grande. Y le muestra señalándosela.

– ¡No se te nota!!!! ¡Lo importante que no te duela, tenés un montón de pastillas para tomar, no seas tan exagerada, casi que no se te nota, de verdad te digo, además quedate tranquila, acordate sos hermosa, a lo sumo ahora estás más hermosa! Le respondió riendo.

– si está bien…  le respondió ella casi resignada.

– ¿Seguro no queres que vaya a buscar galletas? ¡Quizá ya abrieron los almacenes!! Voy de una escapada.

– No no está bien, andá si queres, pero no por mí. Con mate estoy bien. Además, me gustaría bañarme, aprovechando el sol, después si queres para el mediodía compramos.

– Bueno como quieras…  ahora sí te acepto un mate, le dice frotándose las manos y calentándoselas con el vapor de la boca.

Compartieron un rato hablando sobre el lugar, el paisaje y la inevitable comparación sobre cada sitio, sobre la gente, las calles asfaltadas y de tierra, las casas y como las habitaban, de cómo estaban construidas, el estilo, los rasgos de las personas, sus costumbres y sobre cómo vivían; En fin, hablaban de todo lo que iban observando y así pasaron varias horas.

Ella se levanta y se dirige hacia la carpa a buscar toallas y ropa para bañarse, en este nuevo lugar no hacía falta llenar ninguna caldera, había agua caliente de una, con la simple y cómoda acción de abrir una canilla. Era más que evidente que estaban cerca de una ciudad o punto turístico; ¡Farmacia 24 horas, canilla y agua caliente, electricidad, almacenes completos o “poli rubro”, colectivos y buses interurbanos, hasta remises locales!  también algo que no sucedía muy a menudo y venía muy bien, señal en el celular.

Tomando sus cosas ella le dice:

– Me voy a bañar, te dejo el mate, ahí hay madera para que hagas más fuego si queres, debe estar helada ese agua ya.

– Dale gracias, que disfrutes la ducha, después contame que tal te fue. Te espero… y si queres cuando salgas vamos juntos a la proveeduría para buscar para almorzar, en más, podemos comprar en algún bazar un calentador, para cuando no tengamos leña. ¿No?

– Si dale.

Ella entra al baño y se va sacando la ropa, mientras abre la ducha, el agua tardó un poquito en calentarse, pero no más que tres minutos, cuando se desnuda el torso, se mira la piel, y puede ver el porqué de su molestia, tenía ambos brazos marcados, moretoneados, no llegaban a estar purpura como cualquier marca fuerte, pero si rosados, pellizcados y con hematomas rojizas, formando los dibujos del agarre.

Se observó la piel, también observó que tenía una musculatura como nunca antes había tenido en su cuerpo, y además observo que estaba muy flaca, ese ritmo de vida la había llevado a perder peso, no se pesaba en balanza hacía bastante tiempo, pero podía percibirse más delgada, aunque paralelamente, había ganado masa muscular de tanto cargar peso y caminar.

Mientras se bañaba, regulaba el agua porque tan caliente le hacía arder los brazos, era como si estuviesen quemados, pero no, difícil de explicar la sensación, sentía que el agua le dolía, le molestaba si estaba muy caliente, se pasaba el jabón y le dolían los músculos.

Terminó de enjuagarse, se secó, se cambió, y salió nuevamente hacia donde estaban. Él la esperaba afuera.

– ¿Y cómo estuvo? Le pregunta

– Muy bien, lo necesitaba. Estoy más flaca, le dice al pasar, ¿viste?

– Estas linda, no seas obsesiva! ¡Estás tremenda con eso eh!  que la nariz, que el cuerpo…  Sos lindísima. Dale dejate de joder, vamos a la proveeduría y de paso caminamos un poco, dale. Despejá.

Ella deja sus cosas, la toalla colgando sobre un tronco, y salen juntos a la ruta.

En la caminata, le plantea que extrañaba un poco su ciudad, y le gustaría volver pronto, él la toma de la mano y le sugiere que se relaje, que habían llegado la noche anterior, y ya quería moverse de nuevo….

La mira y le dice:

–disfruta bonita, mira qué lindo paisaje hay acá…

Llegan a la urbanidad, había ruidos y autos, negocios que ya abrían, pasan por la panadería, compran galletas, pasan por la verdulería, y compran para almorzar. En eso ella visualiza una cruz verde titilando, era la farmacia que la noche anterior él había ido a busca los analgésicos.

– e bancas? Le dice, Ahí vengo.

– Dónde vas? Si tenemos analgésicos.

– No voy a buscar analgésicos, quiero preguntar algo.

Él se queda afuera y se prende un cigarro.

Ella entra a la farmacia, y pregunta si tienen balanza, que quería pesarse.  Las mujeres que atendían, muy amables, le responden:

– ¡si claro! Ahí tenés una, mirá!

Y le señalan la balanza que estaba casi en la entrada (a su vista) pero que ella ni había visto…como tantas cosas que a su vista estaban y tampoco veía.

Ella nunca fue obsesiva con su cuerpo, al contrario, pero le llamaba la atención, además era una forma como de “chequearse”, el último tiempo su autoestima estaba tan de baja, que no le importaba como estuviera, y refiriéndose al peso de su cuerpo, quería sacarse la duda, ya que una de las últimas veces que recordaba se había pesado en balanza de farmacia, había sido el año anterior, pesaba 65 kilos.

Les agradece a las mujeres, y se dirige hacia la balanza dejando su bolso en el piso, sube, se pesa, y la aguja le marca 47 kilos…

Se baja , agradeciendo a las mujeres y retirándose mirando la cifra que le indicaba la aguja: 47… 4 y 7, da once (bueno, al menos es un número sagrado) pensó.

Mientras su compañero terminaba el cigarro, la toma del brazo y emprenden la vuelta al camping, la mira y le agarra fuerte la mano, como dándole a entender que intuía alguna vaga idea que asomaba por su mente. Volvieron caminando juntos, y en completo silencio.

Ella confirmó lo que sospechaba, le había “adelgazado” algo más que el cuerpo, lo cual la llevaba a tener más coherencia en sus actos, incluso hasta de manera inconsciente, por más que al principio no parecía ya que dudaba de sí misma, en esa marea de confusión, sentía que al llevar lo más responsablemente sus decisiones, la entrenaría y ayudaría a lo que tuviese que afrontar cada día y segundo a segundo.

Tanto esa tarde, como las noches y amaneceres, y también por el resto de las semanas, la convivencia fue yendo y viniendo, pasando por todas las áreas de tonalidades y de color; Al igual que los meses anteriores, hubo momentos lindos y de distracción, de compartir con otras gentes, de explorar, y sobre todo de sentir;

A cada paso en ese viaje, ella se desmembraba, pero al mismo tiempo se recargaba de la energía natural que proporciona la fuente inmensa que es la vida…

Así como su cuerpo físico mutaba, lo mismo lo hacía su cuerpo sutil, recordándole la existencia y el milagro diario, recordándole el punto con más densidad seguido por el más pránico, y sobre todo que no estaba en su superflua y convincente soledad, si no que siempre estuvo acompañada (los elementales de la naturaleza siempre estuvieron ahí para guiarla)

Fue entonces que, pasado un tiempo, decidió volver a Buenos Aires, ya no tenían papel dinero, ni tampoco se podía pedir a nadie prestado, pero confiaba en que el universo siempre se encargaría de ayudar a las soluciones en el momento justo. Ellos solventaron ese viaje, vendiendo libros y artesanías, las últimas semanas la policía se había puesto rígida en el lugar, y no se podía vender en la calle, por lo tanto, guardaban el poco efectivo que disponían para los gastos diarios de estadía en donde parasen, y sobre la energía y el alimento, por las noches compartían con los demás y durante el día tomaban los abundantes recursos de la naturaleza.

De los árboles, paltas (estaba lleno) y se podían tomar de las mismas veredas o en la entrada de la casa de cualquier vecino,  había en abundancia, también los pomelos rosados, con un perfume inexplicable y un tamaño realmente asombroso,  era un tema cosecharlos ya que crecían bien alto y el árbol promedio, medía alrededor de tres metros y medio , así que alzaban con un palo largo que en su punta tenía atado con alambre, un cuchillo por encima de un balde vacío de 10 litros de pintura, sujetándolo desde abajo y girando el palo con fuerza sobre  su eje,  el filo cortaba el tallo, y el fruto caía perfectamente dentro del tacho,  cosechaban cada mañana de tres a cinco pomelos, tomaban mate dentro de él, jugos, o lo consumían de a gajos;  Al cortarlo al medio, de inmediato ya podía percibirse su exquisito aroma, su fragancia  extasiaba, era como un mandala natural, un  fractal perfecto de color rosado bien intenso, que invitaba a su pronta degustación.

También tomaban jugos de acá (la fruta amazónica preferida del tucán) lograban el jugo “machacando” en un mortero de madera y piedra, que un “maluco” (como se llama a los viajeros) y además experto en el lugar había improvisado, el jugo era de un color profundo y violeta, con una dulzura que generaba en la boca una explosión de sabor sin conservante alguno.

Otro gran aliado en la alimentación diaria y natural, era el almidón, presente en la yuca o más conocida como mandioca, tenían que entrar cerca del corazón de la selva para buscarla, les habían indicado como era la planta, cuando y como tomarla, de esa forma y con fuerza (ya que la yuca es una raíz) la cosechaban, la limpiaban y la comían hervida.

Por las noches, las panaderías regalaban pan y facturas lo que venga sumaba y estaba bien, y si algo sobraba (a veces ocurría) se compartía para la mañana siguiente.

Así sobrevivieron por largo tiempo, donde paraban con su carpa no estaban solos, por lo tanto, se armaban “galeras” o comidas populares, que cada uno compartía lo que tenía

Nadie se quedaba sin comer.

Si no tenían para pagar la estadía, limpiaban o hacían trabajos en el camping para “pagar el día”.

Muchos seres convivían allí, fue por largo tiempo; Y en ese contexto, las discusiones y peleas entre ellos, menguaron; Ocurrían de vez en vez, siempre en la intimidad, o en alguna escena con poca gente presente, algunas personas intuían la situación y se acercaban cuando podían a ella, con timidez y respeto, como invitando al diálogo, a una conversación, se acercaban para recomendarle libros, o le leían frases altruistas, con un intervenir sutil, pero muy firme , sin saber esas personas que para ella , eran mucho más que simples voceros o juglares de la palabra, prácticamente eran faros , que la invitaban a seguir, cuando la percibían apagada. Ella siempre agradeció esos gestos, de hombres y mujeres, que cercanos estaban.

Cada una de estas personas dibujaba sus propias experiencias, pero particularmente sobre ellos y su historial de viaje, volver a la ciudad era un punto pronto a resolver

No sabían que hacer por la situación monetaria, hasta que un viajero se acercó, les tiro una data y les dijo: sáquense un permiso de discapacidad, con esto van a poder viajar por donde sea, sin pagar un peso, van a poder viajar los dos, conozco alguien que los hace, a mí me hizo el que tengo y viajo sin problemas… si me dan sus datos para la semana que viene se los tengo…Al oírlo ambos se miraron, su compañero la miró como diciendo… “bueno podemos tener una solución por ahí, y nos sirve para seguir viajando” (igualmente  en el fondo dudaba);  A ella le sedujo la idea, solo por un instante, pero la responsabilidad de sus actos estaba presente, muy ferviente y a la orden del día, por lo que inmediatamente pensó que no sería la mejor opción ya que estaría tomando algo que no le correspondía, además de no tener discapacidad, no sería honesta esa actitud.  Sin juzgar a quien se los ofreció, decidió no seguir su propuesta.

Fue entonces cuando una tarde caminando por la rivera, un lugareño se acercó a hablar con ellos, entablaron un dialogo y entre charla y charla, llegaron al mismo punto; Este señor, les aconsejo dirigirse a la oficina de la CNRT (comisión nacional de regulación de transporte) donde podían darle una pronta solución, y así fue.

El hombre encargado que atendía muy amablemente y tenía ojos color miel, les explico los pasos a seguir, invitó entonces a una reunión al otro día que tuvo con ella (a quien más le urgía el regreso) y le explico que solo podía brindarles un pasaje a cada uno hasta el domicilio que figurase en el documento de identidad.

Por lo tanto, a la semana siguiente, tomaron sus cosas, dejaron otras varias a las personas que fueron parte de su vida en ese lugar y regresaron cada cual, con su boleto, sin pagar un solo peso.

La despedida fue fuerte, al igual que la emoción de la vuelta.

Llegaron a Buenos Aires, específicamente a la Estación de Retiro, luego tomaron otro transporte hacia la ciudad en donde esperaban sus seres queridos. Una vez llegados al pueblo, cada cual se fue caminando hacia sus casas, ella lo primero que hizo es ir a donde habitaba su madre, quien luego de largos meses de no verla, la esperaba con su paquete preferido de galletitas, unas de avena y pasas de uva. Tomaron mate juntas y hablaron por largas horas.

Ni esa tarde ni en el transcurso de los siguientes días, ella pudo contar a nadie, ni siquiera a su madre, todo lo acontecido; Aunque hubo detalles que no pudo disimular, como su nariz o el cambio notable en su cuerpo, ella estaba distinta, con una frecuencia propia de un estado de exaltación que todavía le duraba, un estado excitante y de alerta permanente, disfrazado de seguridad y con una coraza similar al hierro, maquillada de autoestima elevada. Aunque no podía justificar ni explicar sus inminentes desmayos, que le empezaban a ocurrir seguido y de un momento a otro, era como si la “desconectaran” algo que le pasaba muy a menudo, en la calle, en el supermercado o en la casa de alguna amiga, algo que vino con ella del viaje, y que le duró por un largo tiempo más.

En las charlas con sus seres queridos, sobre su viaje solo contaba detalles pasajeros y superfluos, sin entrar en recovecos porosos, ya que no quería preocupar ni alarmar a nadie, y además tenía un profundo miedo… Aunque su madre siempre intuyó que algo no andaba bien, percibía algo en el aire y además nunca pudo cruzar mirada con el actual compañero de su hija, jamás pudo hacerlo.

Ya estando en terreno conocido, él también se reencontró con su familia, incluso con sus hijos, que los tenía, y que pocas veces veía. Era una de las tantas causas, de su actitud agresiva para con ella, justificando su maltrato físico-psicológico y sus golpes por “no poder verlos” o por extrañarlos, mas todo lo demás relacionado con celos de pareja.

Pasaron unos meses y ambos estaban en la misma ciudad viéndose regularmente poco, pero sin desapegarse, la toxicidad estaba aún en su auge y no se había ido, por lo pronto peleaban a menudo, se odiaban, se querían y se volvían a odiar.

Aunque no vivían bajo el mismo techo, el hecho que ambos estuvieran cerca de sus antiguas vidas y sobre todo muy cerca de la ex pareja de ella, era el foco siempre de discusión, cuando se veían experimentaban situaciones muy densas, nada parecía transformar la situación, a lo sumo de a ratos, pero lo cierto es que había en demasía, oscuridad entre ellos, y se acrecentaba más al estar juntos.

Una tarde, él le comenta que había conseguido una casa pre-fabricada, pero con amplio terreno en otro lugar, era cerca del lugar donde vivían a unos 35 minutos en colectivo, y la invita a que convivan.

Ella al principio no acepta, lo cual significaba un enorme problema para con él quien la señala de cobarde y de falta de amor. Al principio no pudo seguirlo ya que solo quería enfocarse en trabajar.

Él decide finalmente mudarse solo, acusándola de traición, y haciendo hasta lo imposible para recordárselo a diario y hacérselo notar.

La realidad, es que ella primeramente ansiaba estructurar lo mejor posible su vida, le era necesario, principalmente para su salud mental, fue entonces cuando una amiga la ayuda a conseguir trabajo, un trabajo muy bueno de pocas horas con un alto sueldo, atención al cliente era su principal tarea. Necesitaba vestirse con uniformes, y estar socialmente prolija, elegante y aceptada; Usaba el talle 1, necesitando hacer en varias ocasiones, pinzas en sus camisas y sobre todo en sus polleras ya que algunas le quedaban grandes, seguía muy flaca y había aumentado solamente un kilo y medio en ese tiempo.

Eso la ayudo de alguna forma, a asentarse y sobre todo a oxigenar su vida.

A su pareja, el nuevo rumbo que había tomado la vida de ella le causaba infinidad de celos, sobre todo por sus compañeros de trabajo, que muchas veces incluso cuando la acercaban a la casa donde él estaba, tenían que dejarla en la esquina, ella se lo pedía para evitarse problemas, también era un foco de discusión la forma de vestirse y maquillarse (su uniforme) ella se sentía culpable por empezar a sentirse bien y lo visitaba a menudo para apaciguar los climas.

A veces convivían por días y esta causa laboral, más que beneficios, se sumaba a la lista de problemas y discusiones, en un libro imaginario de “debe y haber”.

Estar bien, era un problema, brillar era otro problema.

Toda discusión se balanceaba al otro día con una buena reunión social improvisada por él con sus conocidos o algún festejo de cumpleaños… (en apariencia social y hacia afuera estaba todo siempre bien) él se encargó permanentemente de mantener ese personaje en la sociedad incluso con sus amigos, cuando ambos estaban con personas, ella raramente hablaba, él se encargaba de ser su propia voz y también la de ella.

Durante los primeros meses de trabajar, ella vivió en parte con su madre, y en ese interludio de confusión, de adaptación y movimientos, sumado también a sus horarios raros del trabajo, dormía en ambas ciudades; Descansaba y gozaba poco, seguía de esa forma el tejido de su vida de manera caótica y difusa, que paradójicamente la llevaba a seguir retroalimentándola; Cada punto de ese tejido era realizado con el mismo convencimiento caprichoso y hasta egoísta, aunque ambiguamente intuitivo.

Algo dentro de ella, la llevaba a realizarlos, una sinergia disonante pero clara, como le ocurrió en el viaje, pero esta vez en otro lugar.

Sentía dentro de sí misma, una chispa de confianza interna, sin negar que el 90 por ciento de su eje, estuviera fuera de lugar.

De esa forma, solo bastaba una semana de paz y sin ninguna pelea, para que él la convenciera y la llevase a obedecer.

Ella, con cada experiencia que sumaba, se revelaba con él cada vez más, por esto tenían serios problemas, la sumisión ya le incomodaba, y ante su nuevo círculo social, se había vuelto experta en ocultar su verdadera realidad, maquillándose de mas, no solo la cara si no el corazón, usando sacos en los días de calor, simulando frío para no mostrar las marcas en sus brazos, consecuencias de alguna discusión pasajera (que ocurría casi normalmente) y finalizaban de esa forma.

Así y todo, por más que ella con su nuevo trabajo, su nueva oportunidad y habiendo ampliado su círculo social, no había llegado a recuperar enteramente ni su soberanía ni su poder personal, convencerla era muy fácil, lo cual la llevó a tomar la decisión de mudarse de forma definitiva con él, a esa nueva casa y esa nueva ciudad.

En ese nuevo movimiento todo parecía una nueva etapa, una etapa en la que tanto ella como el, se adaptarían, una etapa donde todo lo nuevo por conocer y por acontecer sucedería.

Ya llevando en su haber experiencias recogidas, situaciones buenas y también las otras (las de mayor densidad) de esa manera, ambas partes formarían el camino a la tan ansiada meta de la «estabilidad» al balance y al remanso.

Ella seguía en su nuevo trabajo, tomando más horas, ya que era prácticamente el sostén de la casa en ese momento, el hacía alguna que otra changa y estaba la mayor parte del día allí, ocupándose de las cosas y también de sus hijos cuando los llevaba, esto podía ser algunos días a la semana, o también semanas enteras.

En los momentos donde los niños estaban presentes, disminuía bastante el foco de pelea, al menos no ocurría con ellos presentes…quizá sí, cuando dormían siesta, cuando jugaban o veían alguna película, y en esos lapsos pequeños de intimidad, a veces ocurría, pero no siempre, en ese sentido ambos fueron muy cuidadosos.

Si algo debería hablarse profundamente, sería cuando los niños fuesen a dormir por la noche, y esas conversaciones podían durar largas horas.

Tanto el como ella, trataban de discutir en voz baja y les era muy difícil, ya que con todos los cuidados que tenían, les costaba disimular su malestar, además que naturalmente todos los niños en general, son despiertos e intuitivos, de esa manera ellos percibían muy bien la tensión del lugar, lo cual era incómodo y terrible.

Más allá de eso, y aun en medio de una gran crisis, si de repente aparecía cualquiera de los niños, ellos automáticamente desconectaban todo dejo de agresión o violencia.

Pasaron algunos meses en ese sitio, con momentos buenos, reuniones sociales, con idas y vueltas como en el anterior viaje, y como describiendo en la paleta, aún permanecían las tonalidades íntimas de extrema oscuridad, y los colores parecidos al desamparo.

Una paleta digna de ese tipo de vinculaciones, quizá necesarias, quizá no. Pero como dice el dicho «cada cual elige su propio maestro, en el momento que tiene que ser” cada cual lo hace de manera inconsciente y esto se lleva a cabo en el plano terrenal.

Ella eso lo tenía presente todo el tiempo, y elegía ver a su compañero como un ser, un alma, un maestro que había llegado a su vida para enseñarle algo, un espejo donde el cual reflejarse y aprender.

La relación pasaba entonces por esas situaciones que eran cuasi cotidianas, miradas cruzadas en cualquier cena que se iniciaban con distorsión y finalizaban en objetos que volaban, tirones de pelos, brazos apretados y mesas revueltas, todos condimentos comunes y partes de la rutina violenta.

También, por las noches, el sonido del silencio se transformaba en un concierto de gritos y de gargantas afónicas, a lo que continuaba los aullidos y ladridos de los perros del barrio que quizá en su idioma y con la percepción que los caracterizan, por ser almas descontaminadas y nobles, llevaban un reporte de la vibración del lugar, muy densa y oscura.

Así a veces culminaban las noches, ambos sin voz, con dolor punzante en la cabeza y en la garganta, con ojos hinchados de llorar y agotamiento en todos los sentidos.

La situación realmente era insostenible, sin embargo, no podían desapegarse, los unía una fuerza casi de otro mundo, que los mantenía magnéticamente imantados.

Pasaron algunos meses, en esa situación, con esa forma de convivir y de comunicarse.

Él sin trabajo, estaba realmente insoportable, incómodo y molesto, lo sabía y le costaba mucho aguantar la presión que principalmente, como padre de sus hijos tenía y las peleas en la pareja eran permanentes y continuas.

Fue entonces que una tarde, él la llama al trabajo para decirle que cuando regresara a la casa tenía que hablar con ella. Y así fue.

Esa madrugada ella vuelve del trabajo y él con unos mates y fumando su cigarro de siempre, le comunica que iba a viajar a la Patagonia, con todo lo que estaba pasando un familiar suyo que vivía allí, le ofrece que viaje, diciéndole que le daba asilo hasta que encuentre donde vivir, y mientras tanto se buscara un trabajo allá, la oferta parecía ser en un taller de carpintería, pero nada era seguro.

Lo que, si era definitivo, era que él viajaría, le dice que en una semana se iba, radicándose a unos cuantos miles de kilómetros de donde vivían en ese momento, su principal preocupación por viajar era encontrar finalmente estabilidad económica y una nueva vida, fuera de la presión de la ciudad, llevando a la práctica el mismo denominador común que tuvo en el viaje anterior, y en todos los que también había hecho por su cuenta.

Ella no supo cómo tomarlo al principio, le creía y no le creía, no sabía realmente su intención, pero aceptaba, como aceptó siempre sus decisiones; Por lo tanto, lo apoyó en su deseo de irse.

En esa semana antes de partir, él manifestaba enormes movimientos vendiendo cosas, moviendo otras, buscando plata y despidiéndose una vez mas de sus hijos.

Ella lo acompañó en ese proceso y en esos días no hubo peleas ni desencuentros. Aunque la relación entre ellos era bastante tensa, a su vez existía esa complicidad de «enemigos íntimos”, una complicidad, bastante rara si se quiere, pero que ambos formaban parte y se habían encargado de enraizar y de alimentar…de esa forma, él toma el micro y se va.

Ella no fue a despedirlo, se despidieron antes, claro que no de la manera como se ve en cualquier película romántica, si no con cierto recelo, con abrazos cargados de rencor y distancia, con abrazos incendiados de apego, un apego que más que físico era mental, emocional y sobre todo vincular.

Esa doble vara, esa dicotomía propia de la ambigüedad, propia de las grietas y también, propias de los abismos.

— Ya salió el micro, te amo amor hasta prontito.

Le escribió en un mensaje.

Apenas se enteró de su partida, ella sentía una cierta liberación, en parte y en todo el mar de fondo que su mente tenía.

Trataba de imaginarse la vida sin su presencia, sin sus recelos, sus aprietes y sus persecuciones. Y también claro, sin su compañía.

Todo eso pasaba mientras acontecían los días, lo extrañaba y no lo extrañaba, lo pensaba y no lo pensaba, se sentía liberada pero no libre.

Sentía en su interior como una tela araña, que la unía a su compañero, de la cual no podía despegarse, la sensación era pegajosa y atractiva, ya que a pesar de los miles de kilómetros que empezaban a mantener a la distancia, ella permanecía atada a su red.

No importaba los sitios donde se encontraban, el apego era tal que mantenía su mente pendiente a él, a su estado, a como se sentiría, a lo que estaría haciendo y sobre todo, con quien y quienes.

Porque a pesar que le costara reconocerlo, ella se había dado cuenta que tenía un grado muy parecido a la toxicidad de la que se quejaba, tenía desconfianza, persecuta e inseguridad emocional, haciendo o experimentando lo mismo que su compañero: el control, los celos, los miedos a la infidelidad etc.

Sentimientos y emociones que ella antes no había experimentado de esa forma y a ese nivel y menos con esa temperatura en los colores, (realmente oscuros y muy críticos).

Mientras tanto ella no tenía paz ni en su mente ni en su espíritu. No estaba bien, ni se sentía cómoda donde estaba, ni como estaba.

Él ya instalado en la Patagonia, había conseguido una casa y estaba trabajando en el taller, le mandaba mensajes a ella describiéndole el lugar; El paisaje era muy distinto a lo que habían vivido anteriormente, con una belleza inmensa y hermosa de admirar, en uno de los lugares más magníficos que tiene nuestro país, el sur argentino.

Por teléfono la llamaba cada dos días al celular, desde el suyo, solo se mantenían conectados de esa forma y con mensajes, no podía mandarle fotos para mostrarle donde estaba, pero sí le describía todo lo que iba viviendo; seguían como en una relación a distancia, muy atípica, pero con esos códigos de entendimiento, raros y tóxicos.

Ella lo escuchaba a través de su voz, con calma y serenidad, así lo notaba.

Algo en su mente le decía que había bajado la guardia, que se había calmado, que quizá se había dado cuenta y recapacitaba de como la había maltratado y la distancia entre ellos había ayudado a mejorar los ánimos, sin embargo, él no parecía temer por el riesgo a perderla, todo lo contrario;

Se notaba en él una gran seguridad, tanta que, a través de mensajes, le recordaba cuanto la amaba, cuanto la extrañaba, le decía que toda la belleza de ese lugar sería aún más grande con su presencia, la invitaba a ir donde él estaba, diciéndole que lo sureños eran muy amables, y que todo era lindo, hermoso, armonioso y de gran esplendor.

Esas palabras resonaban a diario en su mente, en sus quehaceres y en la mayor parte del tiempo… por más que había regresado hacía relativamente poco del viaje anterior, y ya había conseguido su tan ansiada «estabilidad», no le era suficiente, su sed no había cesado.

La armonía económica se la daba el trabajo, su salud mental estaba más o menos equilibrada, aceptable digamos, (al menos ante los ojos de los demás) pero internamente le faltaba algo, algo que le era necesario vivir en esa etapa de su vida, algo que no había finalizado, no entendía por qué si todo en su superficie parecía lo contrario… pero no, las » soluciones» era todo en apariencia…

Se cuestionaba una y mil veces, por qué?? se preguntaba y se respondía, observaba finalmente lo que había logrado y quería. tenía una casa, estaba en un trabajo donde cobraba mucho dinero, sin necesidad de mantener a nadie más que ella misma, vivía sola, en su zona de confort, nada le faltaba, sin embargo ella sentía que le faltaba todo y que nada había terminado.

Pensaba que quizá serían la palabras de su compañero, esas palabras de amor y de convencimiento a la distancia, también podía ser el apego tóxico, del cual era parte y no dejo nunca de hacerse cargo, o finalmente era un susurro de la vida que la invitaba a vivir un nuevo capítulo en su destino, realmente no sabía, nada sabía, estaba perdida y desorientada, solo tenía la certeza de que quería desterrar esa superficialidad y apariencia que la dominaban, vencer miedos, liberarse y no sabía cómo ni de qué manera iba a lograrlo.

Eso le atormentaba la cabeza a diario, incluso en su trabajo, estaba muy distraída, tenía a su cuerpo elegantemente uniformado, en sus reuniones sociales, en el colectivo y en el barrio, pero su mente estaba en la montaña y sobre todo en su compañero. Eso le ocurría siempre, y en ese sentido, jamás logró relajarse.

Una de las tantas noches  que ella volvía de trabajar, bajó del colectivo, se quitó los zapatos y se los cambió por unas alpargatas que llevaba en su cartera ( donde vivía la calle era de tierra y los tacos siempre se le clavaban en el barro, cuidaba mucho de su uniforme en ese entonces, ya que su presencia debía ser más que impecable), Se dirigió a su casa y fue entonces cuando abrió el portón , se dio cuenta que alguien había entrado al lugar, habían tomado algunas pertenencias de un galpón que había en el terreno, se llevaron algunas cosas, entre ellas una garrafa con la cual trataron de abrir la puerta principal de la casa, por más que no pudieron entrar a ese sector, con el forcejeo el picaporte quedó roto.

Era de noche, así que al entrar revisó la casa, no había nadie, el miedo la había paralizado, ni siquiera pudo en ese momento llamar a la policía ni a algún familiar, pero ese miedo no la detuvo a (casi inconscientemente) a cambiarse de ropa y salir con un cuchillo debajo de su axila a revisar el parque y todo el fondo, que era bien amplio en el terreno, había bastantes arbustos y árboles.

Eran las doce y media de la noche, temía que alguien de pronto apareciera en la oscuridad, aunque paralelamente, sentía que todo estaba en orden.

Volvió a la casa y como habían roto la puerta puso una silla que la trabara del lado de adentro, fue lo único que pudo improvisar, de igual manera, esa noche durmió muy inquieta e intranquila.

Al otro día tenía que irse nuevamente al trabajo, vivía sola y todo le generaba miedo, esa situación realmente la asustó mucho; Era un barrio tranquilo, pero su casa quedaba frente a una autopista y por las noches no había nadie.

El miedo se le sumó al que ya de por sí tenía, agrandándose de manera potencial, ese miedo que todavía permanecía dentro de ella, para con su compañero que, a pesar de los kilómetros de distancia, no había mermado, al contrario…

Sintió que ese fué su detonante, esto la llevó a tomar de manera radical una decisión que ya en su ser, se estaría gestando… o volvía a la ciudad a vivir con su madre y parte de su familia, o escucharía las palabras de su compañero y se iría a vivir a la Patagonia.

Fue entonces que, literalmente de un día para otro, decidió mudarse a la montaña.

Al otro día de tomar la decisión, lo comunicó a parte de su familia y sus amigos, nadie comprendía lo cual era lógico, incluso en el trabajo, cuando se lo comunicó a su jefe presentándole su renuncia.

Ella le dijo que estaba muy contenta y agradecida, pero tenía que viajar por algo muy importante y necesitaba hacerlo, fue desconcertante ya que, en el trabajo, estaban contentos con ella y hasta le ofrecieron una carta de recomendación para trabajar en la sede que tenía la empresa en Bariloche, ella agradeció muchísimo ese gesto y se fue de la oficina.

Se despidió de sus compañeros y de la empresa, hizo a último momento trueque de cosas, cambió sillones por ropa de abrigo y camperas, cobró toda la plata de la liquidación, sacó un pasaje y viajó al sur.

En una semana de estar en un lugar rodeada de extranjeros, pasó a estar nuevamente en la ruta, en una butaca de micro, mirando el paisaje correr como un film desde su ventana.