Rafael Bielsa: Los que no escriben con tinta escriben con sangre

Tomado de una observación que Witold Gombrowicz hizo en su Diario (1953/1959) sobre Mario Santucho: “Se me ha ocurrido una idea, un poco vaga y no acabada de pensar, que sin embargo quisiera anotar aquí… Se podría formular más o menos como sigue: su cabeza está llena de quimeras, por tanto, es digna de compasión; pero su mano tiene el don de transformar las quimeras en realidad, es capaz de crear hechos. Irrealidad, pues, del lado de la cabeza, realidad del lado de la mano… y seriedad de uno de los extremos…”. Y más adelante: “No hay que olvidar que los que no escriben con tinta escriben con sangre” (pág. 553). Lo anotó en 1960.

Muchísimas veces pensé en esas líneas, en relación con nuestro país, con la formulación limitada que puede darle alguien que, como yo, ya vivió demasiado. ¿Es posible que entendamos, con la fuerza que precede a y posibilita un acuerdo, que lo que no seamos capaces de escribir con tinta como modelo de país, lo escribirán otros, en algún momento, en nuestro lugar y con sangre? ¿Cómo puede ser que no lo sepamos?

La cuarentena fomenta este tipo de reflexiones. La pandemia, la economía, los que están a la intemperie, el mundo.

La brillante socióloga y economista política Mónica Peralta Ramos ha caracterizado esta fase del capitalismo como oligopólica, globalizada, financiarizada y con monopolio de tecnología. Oligopólica, porque 26 personas poseen más dinero que los 3.800 millones de individuos más pobres. Globalizada, por la integración económica de los países como consecuencia de la liberalización y el aumento en el volumen y la variedad del comercio internacional de bienes y servicios, la penetración internacional de capital, el crecimiento de la fuerza de trabajo mundial disponible y la difusión de la tecnología, en particular las comunicaciones. Financiarizada, por la importancia del capital financiero dentro del funcionamiento económico, no sólo por la expansión vertiginosa, sino por la modificación de su composición en términos de mercados, productos y agentes protagonistas, lo que acarrea cambios que afectan a la lógica que rige el funcionamiento económico. Y con monopolio tecnológico, dado que muy pocas empresas son dueñas de información capaz de incidir políticamente en el mundo y en el propio país que las cobija, lo que ha llevado a decir a la senadora Elizabeth Warren, que habría que “trocearlas” por ley como la fórmula más eficaz para impedir las prácticas monopólicas, como en el pasado se hizo con las “siete hermanas del petróleo”, y así moderar los excesos en los que incurren.

Dicho lo que antecede, cada una de las dimensiones está jaqueada, por lo que la fase en su totalidad se resquebraja. En Estados Unidos, el excéntrico “Patriotic Millonaires”, que exige como requisito básico para ser miembro más de un millón de dólares anuales de ingresos o bienes por cinco millones, propone que se suban los impuestos a los más ricos para frenar la creciente desigualdad. El “capitalismo real”, o la lucha por prevalecer en la arena globalizada, afecta a todos los ámbitos de la vida social: la pobreza mundial, el comercio internacional, la emigración y la ecología, con resultados socialmente inaceptables, que tienen que ser corregidos por la intervención de la sociedad civil para instaurar un “Estado real”. La financiarización de la actividad económica ha acarreado problemas como el debilitamiento de la demanda, la ralentización del proceso de acumulación y una reconfiguración social que perjudica a los trabajadores y beneficia al capital financiero. En cuanto al monopolio de la tecnología, es notable cómo el complejo industrial militar norteamericano, fuertemente sostenido por el Estado, ha generado la industria de guerra y también las habilidades necesarias como para hacer “necesario” ir a la guerra, con el subproducto de que muchos de sus desarrollos filtran luego hacia la sociedad civil y anegan el consumo cotidiano.

Antes de la pandemia, el mundo financiero (o pocos de sus actores más avisados) había comenzado a discutir algunos planteos. Sea porque el recalentamiento del sistema logró que en Occidente algunos bancos tuvieran que pagar para prestar (préstamos a tasas negativas), sea porque los fondos de inversión percibieron que el pensamiento corto de pagar más a los accionistas en detrimento de los clientes no sería sostenible, lo cierto es que el pensamiento alternativo empezó a surgir del propio estómago de la ballena. Larry Fink, chairman del fondo BlackRok (acreedor del país por poseer bonos argentinos), acaba de declarar que el diseño de políticas de estímulo debe tener en cuenta las desigualdades entre países, y dentro de cada grupo social, a fin de evitar que «el daño económico derivado de esta crisis no caiga desproporcionadamente sobre los hombros de los individuos más vulnerables».

En el mundo financiero, el coronavirus tuvo menos impacto que en el económico. Hubo quienes creyeron que la recuperación posterior al comienzo de la pandemia sería en “V” (caída corta y rápido ascenso posterior). Sin embargo, el “sentimiento inversor” predominante hoy es que habrá de 5 a 6 meses de recesión (en 2008, hubo 18 meses). Casi todos piensan que las autoridades aprendieron de la crisis de hace doce años atrás. La mayor preocupación reside en saber que sucederá con la deuda de los consumidores y de las corporaciones -si la cuarentena se prolongara, podría descerrajar una cadena de defaults que se extendiera desde las corporaciones a los bancos y a las deudas públicas-. El “mundo dólar” busca una inyección de dinero para sobrevivir al «shock» y que el sector privado pueda cumplir con sus obligaciones financieras (evitando una crisis crediticia como en el 2008). Es decir, esperan del Estado: Bancos Centrales o el Sistema de la Reserva Federal; Casas de la Moneda u Oficina de Grabado e Impresión de billetes; endeudamiento público o emisión de monedas que sean reserva de valor (programas de flexibilización cuantitativa o “quantitative easing”). Estado y política: las dos bestias negras de las derechas aborígenes.

En un inolvidable artículo de 2002 (“Progresismo”), Sandra Russo escribió que “… la derecha no es quisquillosa. Palo y a la bolsa. Tiene estómago. Si hay que digerir sapos, se los traga y hasta terminan gustándole. Tan ambiciosa es, tan incorporados tiene los hábitos del poder, tan vigoroso es su instinto de supervivencia, que cuando hay que sumar, toma aire, se amontona y a otra cosa. Un ladrillo por aquí, otro ladrillo por allá, y alguito se va formando”. Traga sapos y pide una inyección de liquidez que los “salve”, “que les permita respirar”, “que los alivie para poder ‘seguir invirtiendo’”.

“El progresismo es otra cosa”, continúa. “La gente progresista es muy sensible. Es gente que hila tan fino que siempre termina peleada con otra gente que también hila fino, pero un poco distinto. El progresismo es ciclotímico y alérgico. Cualquier roce le eriza la piel. El progresismo es afecto a las capillas, a las subdivisiones, a los subgrupos, a las aclaraciones, a los enconos prorrogados y sin fecha de vencimiento, a los egos desplegados como banderas unipersonales que jamás son reconocidas como tales y que se escudan en otras banderas más progresistas que la fiera y sencilla vanidad”. Álvaro García Linera, un intelectual y político que admiro, dijo aludiendo a estos procesos, que para volver a una segunda oleada popular eran indispensables autocrítica, integración entre los movimientos sociales y los partidos políticos, y recuperación de una vigorosa sociedad civil. Para una adecuada autocrítica, nada mejor que un buen diagnóstico.

En este andarivel, hay algunas cosas que me parece importante remarcar. La primera, y es un análisis estrictamente personal, consiste en que –con Kristalina Georgieva diciendo que “estamos ante una crisis nunca vista en la Historia”, y con la interpenetración de la producción y las finanzas globales existente, con el riesgo de que acontecimientos en Argentina, Pakistán o Turquía impacten sobre el mundo entero-, hay una ventana de oportunidad para que las economías emergentes como la nuestra pueda negociar la deuda en excelentes términos de previsibilidad. La segunda, y a pesar del precedente Griesa, todo indica que los llamados “fondos buitre” o “activist funds” están por ahora más pendientes de sus portafolios y la posibilidad concreta de satisfacerlos que de comprar activos baratos, litigar, esperar y obtener en el largo plazo un jugoso retorno. Se agranda la ventana de oportunidad, hacia el lado de los acreedores privados. Y lo tercero es que no hay que olvidar a Gombrowicz: “los que no escriben con tinta escriben con sangre”. Por nuestra tierra, por nuestros hijos, por nuestro legado, mejor escribamos con tinta mientras podamos.