¿Qué pasa con Bielorrusia?

Por Christian Lamesa.

El pasado domingo 23 de mayo, una amenaza de bomba provocó el aterrizaje de emergencia de un avión de pasajeros de la empresa irlandesa Ryanair, que cubría el trayecto Atenas-Vilna, debiendo modificar su trayectoria hacia el aeropuerto de Minsk, capital de Bielorrusia. Al registrarse la aeronave en busca del explosivo, se pudo comprobar que entre los pasajeros viajaba Román Protasévich, uno de los fundadores de los canales de Telegram Nexta y Nexta Live, los cuales jugaron un papel clave en la coordinación de las protestas que se prolongaron por varios meses, tras la reelección del presidente bielorruso Alexandr Lukashenko, en agosto de 2020.

Los blogs creados por Protasévich, son considerados por las autoridades bielorrusas, como parte del entramado que organizó los disturbios masivos que marcaron el inicio de la operación que debía concluir con un golpe de estado y el asesinato del presidente Lukashenko y sus hijos, complot cuya parte final logro ser abortada por el Comité para la Seguridad del Estado de Bielorrusia (KGB). Debido a esto, además de a otros hechos, es que Román Protasévich figura en una lista de individuos buscados por actos de desestabilización e incitación al odio social en el país.

Como había ocurrido antes, con el otro bloguero Alexéi Navalny, en el caso del joven Protasévich, la Unión Europea ya promete sanciones contra Minsk y ha manifestado su protesta por la “violación” al derecho internacional, al hacer aterrizar el avión que transportaba al periodista prófugo de la justicia bielorrusa. Alexandr Lukashenko ha anunciado la creación de una comisión investigadora para determinar el origen de la amenaza de bomba, que finalmente resultó falsa, pero posibilitó la captura de Protasévich. 

Con el correr de los días o semanas, seguramente podremos tener más detalles e información, acerca del origen de la financiación de los canales de Telegram de Protasévich, los cuales en numerosas ocasiones han difundido imágenes, videos y noticias falsas, con el claro objetivo de crear caos durante las manifestaciones antigubernamentales de agosto de 2020. Posiblemente, también se llegue a saber más acerca de la participación de Lituania, país en donde vive el bloguero, al igual que la autoproclamada líder opositora Svetlana Tijanóvskaya, en las operaciones de desestabilización en Bielorrusia, como así también el papel de Polonia, país desde donde transmiten Nexta y Nexta Live, debiendo recordar que estos dos países junto con Ucrania, representan la vanguardia de la ofensiva otaniana, a los intereses y a la seguridad de Rusia, y debido a esto, atacar a Bielorrusia, uno de sus principales aliados, es una forma de pegarle a Moscú.  

Más allá del caso en sí, esta es una buena ocasión para volver a analizar el doble rasero que siempre utilizan EEUU y Europa. 

Supongamos que el aterrizaje de emergencia del vuelo de Ryanair en Minsk, realmente haya sido una astuta operación del KGB bielorruso para detener a Román Protasévich y así poder llevarlo ante la justicia. Por este motivo la UE se horroriza y a coro junto a los opositores exiliados, piden una lluvia de sanciones contra “el régimen de Lukashenko”. Pero no logro recordar que haya habido una ola de indignación europea, cuando el 3 de julio de 2013, España, Italia, Francia y Portugal cerraron su espacio aéreo al avión presidencial de Bolivia, que llevaba de regreso a Evo Morales, desde Moscú hacía La Paz, debiendo realizar un aterrizaje de emergencia en Viena, todo esto debido a las sospechas que tenía Washington, de que el ex agente de la CIA y la NSA, Edward Snowden, se encontraba en la aeronave y tomándose las autoridades austriacas, la atribución de revisar la aeronave del mandatario sudamericano. 

También se podrían equiparar las acciones realizadas por el bloguero bielorruso, alentando los disturbios en Minsk a través de sus canales de Telegram, con los sucesos del 6 enero en Washington, claro que en el caso de los seguidores de Trump, protestaban por lo que consideraban un fraude, en unas elecciones muy parejas y con múltiples sospechas de irregularidades, aunque en este caso, sin intento de golpe de estado ni de magnicidio incluidos. Sin embargo, cientos de activistas norteamericanos que estuvieron relacionados a los acontecimientos del Capitolio siguen presos, acusados de terrorismo, pero en el caso de Bielorrusia, para EEUU y la Unión Europea, los que intentaron deponer al gobierno de Lukashenko, son manifestantes pacíficos que luchan por la libertad. 

Para seguir analizando el doble estándar occidental, ¿Uds. pueden imaginar lo que sucedería si desde Rusia, donde se encuentra refugiado Edward Snowden, el ex agente tuviera canales de Telegram, desde los cuales hubiera organizado y coordinado abiertamente las manifestaciones de Washington, tal como hizo Protasévich? En cambio, sin ninguna prueba y tan solo con acusaciones infundadas, EEUU ha llenado de sanciones a Rusia, por la supuesta injerencia del Kremlin en las elecciones norteamericanas de 2016 y 2020, pero al mismo tiempo pretenden que Lukashenko no reaccione antes las operaciones de desestabilización contra su país, apañadas y financiadas descaradamente por gobiernos extranjeros.

También la doble moral con la que miran desde el oeste a países soberanos como Rusia, China o Bielorrusia, en este caso, se refleja en la forma en que se caricaturiza a su presidente, al cual llaman “el último dictador de Europa”, entre otras adjetivaciones para descalificarlo, siendo que Alexandr Lukashenko ha llegado al poder en 1994, a través de elecciones libres y del mismo modo ha permanecido en el poder. 

Si la miopía occidental no fuera tan grande, sería muy ilustrativo estudiar los motivos de la popularidad del mandatario bielorruso, las aspiraciones de su pueblo y los números con los que lo respaldan constantemente. En su primera elección del año 1994, en la primera vuelta obtuvo el 45% de los votos, mientras que en la segunda arrasó con más del 80% de las preferencias. Acá es muy importante aclarar que Lukashenko, durante su campaña le prometió al electorado, hacer ni más ni menos de lo que hizo. Detener la destrucción neoliberal del país, la cual había comenzado tras la separación de la URSS, luchar contra la corrupción y contra el crimen organizado. Por aquel entonces Bielorrusia tenía altísimos índices de desempleo, la inflación en 1993 había sido del 1996,63% y el nivel de vida había caído de forma notable. El nuevo mandatario, inmediatamente recuperó para el Estado los sectores estratégicos de la economía, logrando evitar en gran medida, muchos de los efectos devastadores que durante la década del noventa, sufrieron casi todas las ex repúblicas soviéticas. En el año 2001, evidentemente el pueblo bielorruso estaba conforme y agradecido con el desempeño de su presidente y lo reeligió con el 77,4% de los votos en la primera vuelta. La siguiente campaña del año 2006, las preferencias treparon al 82,6%, pero en esta ocasión la oposición empezó a gritar a coro con la UE, que había habido fraude, en lugar de pensar que es posible que los bielorrusos gusten de contar con trabajo, salud, educación y un país soberano con industria y riquezas que son disfrutadas por ellos mismos. En 2010 se adelantaron las elecciones, obteniendo el 79,67% de los votos frente al 2,67% del segundo, Andréi Sánnikov. En esta ocasión la oposición y observadores de la OSCE, volvieron a acusar de fraude al gobierno, sin haber podido mostrar más pruebas del hecho, que las que Trump manifestó en los últimos comicios norteamericanos. En las elecciones de 2015, Lukashenko volvió a obtener el triunfo, por el  83,47% de los votos, superando los números de los comicios de 2010. En esta ocasión, curiosamente, la oposición no denunció fraude. 

En los últimos comicios del año pasado, los bielorrusos le otorgaron el 80,23% de los votos al presidente, para dirigir al país en un sexto mandato, mientras que el segundo lugar lo obtuvo la opositora Svetlana Tijanóvskaya, con el 9,9 %. Luego de esta contienda electoral fue que se desataron las protestas opositoras instigadas desde Polonia y Lituania, y conducidas por una minoría que pretende generar un cambio de rumbo en el país, que significaría seguir los pasos de Ucrania, rifando los bienes del Estado y desguazando sus industrias, además de llegar al límite de querer, también es este caso, reescribir la historia del país durante la Segunda Guerra Mundial, con el discurso antisoviético diseminado desde Varsovia, Vilna y Kiev, simbolizado esto, en el uso durante las manifestaciones opositoras, de la vieja bandera blanca y roja de la República Popular Bielorrusa de 1918, la cual fue usada por los grupos colaboracionistas de los nazis durante la guerra. Acá es necesario detenernos y recordar que durante la invasión y ocupación alemana de Bielorrusia, un 25% de toda la población fue asesinada por los nazis y prácticamente redujeron el país a escombros, borrando de la faz de la tierra a pueblos y aldeas enteras, y es la bandera con la que se identificaban los que colaboraron con los invasores, la que fue declarada bandera nacional luego de la disolución de la Unión Soviética y la que es llevada con orgullo por los manifestante opositores hoy. La actual y verdadera bandera bielorrusa roja y verde, fue adoptada formalmente el 7 de junio de 1995, como resultado de un referéndum, mediante el cual el pueblo, por una amplia mayoría, la eligió como enseña patria.

Otra muestra de la soberbia occidental es el pretender que todos los pueblos adopten sus parámetros y querer deslegitimar a Alexandr Lukashenko por sus múltiples mandatos, sin embargo en el caso de la líder alemana Angela Merkel, quien va por su cuarto periodo, no es tildada de dictadora que se perpetúa en el poder, sino que en su caso, seguramente debido a su nacionalidad, es venerada como una “gran estadista”, algo con lo cual me permito disentir.

Para finalizar, algunos datos sobre el país y su economía podrán echar luz acerca de ese extraño fenómeno por el cual, los ciudadanos bielorrusos votan una y otra vez a ese ogro malo, último dictador de Europa llamado Alexandr Lukashenko.

En veinte años se redujo la pobreza, de más del 41% al 5% en la actualidad, siendo ésta una de las tasas más bajas de toda Europa. La inflación se ha mantenido alrededor del 6% anual durante los últimos tres años, habiendo vivido periodos de hiperinflación a comienzos de la década del noventa. El desempleo es del 4%, lo cual se podría considerar una situación de pleno empleo. La educación y la sanidad son públicas, gratuitas y de calidad, siguiendo la tradición de la época soviética. El país posee un amplio sistema de subsidios y ayuda social que se extiende a todos los niveles de la economía. En los últimos años, el gasto público en jubilaciones ha superado el 9% del producto bruto interno (PBI), una cifra cercana al gasto medio en la Unión Europea, donde es el 11,3% del PBI. En 2017, el país estaba en el puesto 53 de 187 países, en el índice de desarrollo humano. Bielorrusia se encuentra en el puesto 17º del índice Gini de igualdad de ingresos, con un coeficiente de 0,277, siendo Islandia el país que ocupa el primer lugar con 0,246. Por último, la composición por sectores    económicos del producto bruto interno nacional son: agricultura 9,2%, industria 46,2% y comercio y servicios 44,6%, habiendo podido mantener un fuerte sector industrial heredado de la época soviética, a diferencia de lo ocurrido con otros estados que formaron parte de la URSS, como Ucrania por ejemplo, que habiendo caído en los cantos de sirena de occidente, tuvo una importante pérdida en ese rubro, generando esto, la consecuente pérdida de empleos y deterioro de la calidad de vida de sus habitantes.

Un indicador que no es económico, pero también es muy valioso para toda sociedad, es el relacionado con la seguridad. En este aspecto, Bielorrusia tuvo en 2018 una incidencia de 2,39 homicidios cada 100 mil habitantes. Para poder apreciar este número, lo podemos comparar con el de nuestro país, que en el mismo periodo tuvo 5,32 homicidios cada 100 mil habitantes.

Sería muy positivo para todos los países del mundo, que EEUU y Europa adquieran un poco de humildad y comiencen a considerar la autodeterminación de los pueblos y respeten sus decisiones, en lugar de hostigar y pretender imponer “gobiernos amigos”, en países, que en muchos casos terminan sumidos en la miseria, por éstos, o incluso destruidos completamente, con Libia como el mejor ejemplo de esto.