Primero de Mayo en Berlín

Por Carlos Alberto Elbert. Profesor de la Universidad de Buenos Aires.

En Berlín, el domingo 1º de Mayo de 2011, luminoso y radiante, renuncié al paseo para participar en los acontecimientos sindicales y políticos de la ciudad, reclamando por los derechos de los trabajadores. Lo hice obsesionado por el recuerdo de las masas obreras y socialistas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, aquí, donde alcanzaron la mayor importancia política de Europa hasta la primera guerra mundial. Por eso, quise imaginar el día de un pobre obrero de aquél entonces, levantándose en la pieza oscura de uno de los conventillos locales (llamados aquí “cuarteles”), tomando un vaso de leche y comiendo un trozo de pan, guardándose otro en el bolsillo para engañar luego el estómago, y partiendo, con sus zapatones destartalados, a cumplir con la solidaridad de los obreros frente a la revolución industrial y el capitalismo que la generaba en beneficio propio. Las leyes contra el socialismo (que en aquél entonces era aún un partido marxista) no lograban detener la marea, ni siquiera expulsando dirigentes fuera del país, algunos de esos que fueron a dar en la lejana Buenos Aires del Centenario, donde continuaron luchando por su comunidad, que marchaba hombro a hombro con españoles e italianos, al encuentro de Falcón y su caballada.

Desde temprano me constituí ante el local de la DGB (CGT) alemana, frente a la embajada argentina, en la Wittenberg Platz. Nuestra bandera flameaba allá arriba, mientras abajo se reunían coloridos grupos con disfraces, sustancialmente de clase media, en plan de pasatiempo carnavalesco. La marcha se inició, orientada por vehículos policiales, y al frente iban, irónicamente, ¡miembros del sindicato de la policía y de los bomberos!

Tras larga marcha arribamos a un escenario montado ante la Puerta de Brandenburgo, testigo de los acontecimientos trascendentes de doscientos años de historia alemana. Allí escuchamos los discursos de los dirigentes sindicales más importantes. Por cierto, ya no había relación alguna con aquellas arengas de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Los oradores reclamaban, apenas, una propuesta mínima de “Salario justo, buen trabajo y seguridad social”. Se dijo también que allí había reunidas más de 10.000 personas. Miré hacia atrás y en efecto, la multitud parecía llegar hasta la lejana Siegessäule (Columna de la victoria). Pero tenía mis dudas. Me alejé del escenario y recorrí la calle del 17 de junio. No encontré una concentración obrera, sino una pantagruélica exhibición gastronómica y cervecera, bajo toldos que irradiaban deliciosos aromas a salchichas asadas. Si allí había diez mil, ocho mil estaban ocupados sólo con la ingesta. Asocié la escena con la interpretación argentina tilinga del choripán y la coca, como presunta fuerza motivante de los obreros argentinos.

Por la tarde, asistí a la concentración de la extrema izquierda en la “Kotti” (Kottbuser Platz). El panorama era muy distinto: la edad promedio de los dos mil asistentes era de veinticinco años, y había más modestia en vestimentas y organización. Los rodeaba una concentración espectacular de gigantescos policías, que no dejaron de recordarme a las fuerzas de las SA. En la estación vecina, no menos de diez mil personas de aspecto humilde, participaban de una orgía de rock, salchichas y cerveza a raudales.

En este extremo político, el escenario fue un camión. ¡Desde allí se proponía “enterrar al capitalismo, ya!”. Y todos los discursos fueron expresión recalcitrante de ese objetivo, aunque sin dar respuestas al “cómo”.

Regresé a casa bastante frustrado, pensando en el vacío ideológico que los trabajadores y las fuerzas políticas de Alemania sufren ante la realidad, oscilando entre reclamos por el bienestar recortado de las clases medias, y los extremos perentorios de una izquierda infanto juvenil, atomizada e insegura ante el futuro y los procesos de cambio globales.

Me reconfortó pensar que la clase trabajadora argentina reconstruye sus discursos y su capacidad de movilización, con mucho mayor claridad sobre lo que el neoliberalismo significa y las vías para detenerlo.

Me sentí chauvinista, privilegiando nuestro subdesarrollo y nuestras contradicciones. Siento que estamos más cerca de la realidad que las masas consumistas de Europa, que plantean reclamos que no se articulan con el presente de la humanidad.

Comprendí, entristecido, que aquellos obreros de la revolución industrial están VERDADERAMENTE muertos, con sus banderas, discursos y heroísmo épico. Y me pareció paradójico de ellos desciendan estas clases medias alemanas, inmersas en su enajenación desideologizada o radicalizada en el vacío.

Amargas conclusiones de un fin de semana lleno de expectativas y búsqueda de unas   identidades que en Europa son ya inexistentes. ¡Qué suerte tenemos en medio de nuestro subdesarrollo, en el que podemos intentar interpretar la realidad con mayor relación directa con ella!