Periodistas: Descartables o esenciales, esa es la cuestión

Por Silvina Caputo.

Este 1 de mayo los trabajadores de prensa todavía no hemos sanado. Los 4.500 trabajadores del rubro que perdieron sus empleos durante la gestión de Mauricio Macri, en su mayoría no los han recuperado. No sólo porque hacer el daño es más fácil que repararlo sino porque en el medio, la maldita pandemia vino a paralizar todo.

El cierre de medios privados se combinó con la destrucción organizada en el contexto público donde solamente en la Agencia Télam -medio donde trabaja quien escribe- se despidieron a 356 personas. Para entender el mal, en la historia de la agencia sólo podemos retrotraernos a la Revolución “Fusiladora” del 55, donde a lo máximo que se habían animado los uniformados, había sido a no pagar los salarios durante cuatro meses.

El mismo vaciamiento -con desmantelamiento de edificios y todo- se produjo en la radio pública donde el ajuste se disfrazó de retiros voluntarios, con el consiguiente silenciamiento de los panoramas informativos, entre otras cuestiones.

Tampoco Canal 7 se salvó. Retiros voluntarios, recorte de salarios y levantamiento de noticieros que llegaron a ocultar todo lo que sucedía los fines de semana fueron hechos naturalizados.

La información pasó a ser operación, y el desarrollo profesional, un privilegio.

A cinco meses de la llegada de Alberto Fernández y a casi dos meses de la llegada de la pandemia en el país, es cierto que algunas cosas han cambiado.

Los trabajadores volvieron a estar en el centro, los medios públicos volvieron a tener un rol protagónico, y hasta llegamos a ser declarados como servicio esencial, algo que una vez terminado el azote del coronavirus, debería ser reconocido al menos, con mejoras salariales.

Otra de las cosas que sucedieron fue que la noticia volvió a ser imparcial, al menos en lo que respecta a la gestión pública.

Se recuperó una imparcialidad que -aunque pregonada hasta el hartazgo por Cambiemos- nunca había existido durante la gestión de Hernán Lombardi.

Ahora sí. Ahora estamos todos asépticos (en algunos lugares, claro).

Pero lamentablemente los periodistas tenemos otro problema -además de la consabida imparcialidad que no existe- y es que, a la hora de reconocernos como trabajadores, no todos pueden hacerlo. Hay algo en la cercanía con el poder que los confunde, que no los deja ver bien, que los marea; y por eso muchos sólo se pueden reconocer como laburantes en el momento exacto en el que son despedidos o reclaman un aumento salarial.

Son los que olvidan que la estabilidad laboral y el trabajo diario de seis horas, existen gracias al Estatuto de Periodista, y solo así se explica que, desde medios como La Nación o Clarín, muchas notas vayan en contra de estos derechos adquiridos.

Pareciera que recordar incluso el origen de esas normas -sancionadas durante el gobierno peronista- les picara en la piel, hasta que necesitan rascarse.

Por eso, si bien no hemos sanado y siguen sangrando los compañeros despedidos del macrismo, al menos tenemos la certeza de que los derechos como tal, no serán tocados, por la gestión actual.

No es menor, viendo de dónde venimos. Aunque queda mucho por hacer, mucho por reconocer, mucho por no olvidar, y mucho por analizar en los discursos de aquellos que no se vieron desempleados antes y que hoy, curiosamente, gozan de un trabajo que incluso a veces les da el Estado, en nombre del pluralismo y las buenas costumbres, mientras otros, que habían sido tildados de militantes y nunca fueron cómplices del saqueo al país, siguen en el ostracismo.

Va también el reconocimiento a esos laburantes, muchas veces anónimos, que no salen en la televisión ni necesitan pauta para tener convicciones. Su trabajo es el que vale, a fin de cuentas, cuando se celebra el Día del Trabajador.