Obra y arte de la compañera Vicky

Por Pablo Pérez.

La pandemia sigue, y las calles de Buenos Aires muestran aún como el ritmo frenético característico de la capital del consumo y la meritocracia argentina ha dejado un poco de espacio para que el otoño incipiente pueda desplegar cosas que eran difíciles de ver hasta el otoño pasado.

Varios pájaros picoteando en el viejo empedrado sin preocuparse por un auto. Un gato disfrutando con fruición de su caza.

Un poco de pasto y verdín floreciendo en los baches de las veredas de baldosa vainilla, y los árboles han podido expresar desde el verde hasta los distintos marrones y rojizos tonos de la estación con más brillo del habitual, casi que con orgullo por el protagonismo que les ha tocado en esta época con menos humos de fábricas y escapes, con menos contaminaciones de cualquier índole.

Buenos Aires tiene sus veredas más limpias así como Venecia sus aguas transparentes.

Pero ahí están los fanáticos del smog y la putrefacción, los pobres meritocratas y sus dueños presionando para volver atrás sin repensar nuestra vida acá y en el mundo entero.

Sin repensar nuestras relaciones sociales, económicas, culturales, de trabajo…

Mientras todo esto se desarrolla acá, a un par de cuadras Jorge sigue durmiendo bajo la autopista, ahora más acurrucado por la fuga del verano.

Los gobiernos desesperan en medidas para ayudar a la gente y su propia esencia burocrática les obstaculiza llegar a la velocidad necesaria.

Pero de Jorge nadie quiere acordarse, ninguna medida está diseñada para él.

El gobierno de la ciudad abre algún que otro parador con la lentitud de aquel al que no le interesa.

Un funcionario de la ciudad dice en un desinformativo zocalero de la «pantalla chica» con cierto orgullo y algún rasgo petulante que cuando terminen tendrán 3500 camas para los invisibles vecinos de nuestras veredas, que hoy están solo sucias de la perversa roña de la injusticia social y las hojas del otoño, como si eso pudiera dar solución a las muchas más de 7250 personas que sabemos viven en la calle de los cuales más de 850 son niños.

Y el show debe continuar y una cantidad de charlatanes expertos en “Hablar sin saber”, y Jorge corre su frazada para que le tape la luz de la columna de alumbrado y sigue tratando de preservar sus sueños del frío creciente.

Y ahí, cuando me estoy acercando a darle una vianda, un frasquito de alcohol en gel, y alguna ropa que nos pidió hace un par de días me doy cuenta que él y todos los vecinos que viven esta situación son los que más nos podrían enseñar de aislamiento preventivo y distanciamiento social.

Desde su primera noche en una vereda de la presuntuosa Buenos Aires las palabras antedichas son parte estricta de su vida y de la de todos y cada uno de nuestros vecinos en situación de calle.

Hablo unos minutos con él guardando la distancia, con el barbijo puesto. Lo saludo.  Empieza a comer luego de un atento agradecimiento. Voy hacia el auto. Mi compañero lo pone en marcha y  seguimos visitando a los demás vecinos en una fresca noche otoñal de la «Reina del Plata», la ciudad más rica del país que no tiene presupuesto para los que están en la calle, pero claro, son invisibles.