No se puede vivir con el moño puesto

Por Sebastián Ruiz.

Tal vez amerite hacer una pequeña introducción para entender un poco a qué me refiero con el título que elegí para hoy, aunque hay un target al cual no describiré, pero que ya la agarró. Andar con el moño puesto no es ir de smoking, al menos en el sentido que le quiero dar. Si te pusiste el moño, es porque estás regalado. Y si andás regalado: fuiste, pá.

Voy a dar algunos ejemplos en primera persona, que puede que no aporten absolutamente nada al sentido de este artículo. Como siempre.

Recuerdo la primera vez que me regalé. Por esas vueltas de tortilla que da la vida, en casa andábamos dulces y mi mamá propuso comprar ropa a cada uno de sus hijos, entre los cuáles me encontraba yo. En ese momento sólo éramos 3 los beneficiarios, 4 ya habían volado y el octavo era apenas un bebe, que tenía ropa de sobra acumulada en herencia de sus tantos hermanos.

Les voy a comprar un buzo a cada uno, pero de a uno por mes, dijo mamá. Bueno, usted pensará que a ese estar dulce le falta azúcar; pero en aquellos tiempos era casi una diabetes para nosotros. Yo quedé para el último, mis hermanos me convencieron que así tendría más tiempo para elegir. Nunca fui bueno negociando.

Llegó el día. Ya era primavera y empezaban los primeros calores, pero igual me tenía que comprar un buzo porque no podía ser menos. De la manija que tenía encaré el primer puesto de la feria, con la plata en la mano al grito de “¡hola, quiero comprar un buzo!“. “Calmate, nene. Acá vendemos productos de limpieza sueltos, al lado hay ropa“, me respondieron. Fui al puesto de al lado y repetí el pedido. Regaladísimo.

Me encajaron un buzo verde horrible, aunque me dijeron que parecía que lo habían fabricado para mí, que me quedaba chico y sostuvieron que iba a estirar. Deberían haber aclarado que era yo quien estiraría y no el buzo. Lo usé todo el verano igual. Desde ese día voy a comprar como si no quisiera llevar nada, con la plata en el bolsillo y si pregunto precio pongo cara de “me faltan unos pe pa pagarlo me hace un precio por favor“.

Hasta para cuestiones de choreo (hacía mí, claro) tengo protocolos. Nunca llevo toda la guitarra en el mismo bolsillo. Corte si me ponen se llevan 200 pe, pero en el otro bolsillo tenía 50 pe, no perdí todo. Aunque debería haberle dado los 50.

Compré una sola vez una bici recién pintada, porque luego me enteré que era de mi vecino. Si alguien me dice que deje de romper las pelotas, dejo de romper. Si veo un chango al que se le quedó el auto, lo ayudo a empujarlo y le digo que lo arranque en segunda. Ya no le robo los piquitos a los autos. Las zapatillas en los cables pasaron de moda, los pibitos en pata, no. Si el barrio está picado se camina por la calle, si no lo está, también. Cuidá al almacenero, da la vuelta manzana y no le pases con la bolsa del Coto por la puerta, no te olvides quién te sacó fiado en la mala.

La cuestión es que ya no ando por la vida tan regalado, al menos no me pongo el moño yo sólo. O eso intento, la calle y el barrio te enseñan todos los días.

Yo no puedo vivir regalado porque me genera problemas, imaginate si andan con el moño puesto quienes nos gobiernan.