No les demos entidad

Por Pablo Rizzi.

—General! La avanzada realista ya está cruzando el arroyo de las piedras camino al sur. ¡Estarán acá en 4 horas!

El General Susvín levantó la vista hacia el cerro que imponente coronaba detrás del corral improvisado donde las bestias descansaban, aún tranquilas, sus últimas horas. Cerros y cerros y más cerros, y nieve a lo lejos. El viento cumplía con su tarea logística de acercar a todos un aroma a libertad, a vida, a sangre, a muerte.

El General aspiró hondo y respondió:

—No les demos entidad.

—¡Pero General, vienen hacia nosotros!

Una de las estupideces más grandes que he escuchado decir repetidas veces desde el campo militante, nacional y popular es «no le demos entidad a… (complete con cualquier operación de la prensa gorila)». El poder real invierte millones cada día en los medios hegemónicos de desinformación, a los cuales controla; cualquier vómito que lance en forma de twitt Fernando Iglesias es viral, tenemos un 41% de ciudadanos creyendo que se puede robar un PBI, y a un grupo lamentablemente importante de militantes le parece que «no hay que darle entidad» a estas operaciones de prensa, campaña sucia, y estupidización sistemática del ciudadano que agiganta la grieta, polariza la política y hace imposible el debate.

Y es justamente en esas construcciones significantes ridículas, menores y estúpidas en donde se sedimenta el sentido común que mantiene alienado al globoludo.

Imposible llegar a discutir un modelo económico.

Hablar de batalla cultural es hacer poesía, una batalla es parte de una guerra y Fito Paez cantaba que una guerra es sangre. No hay batallas menores.

Una guerra es sangre.

—Eso es lo que ellos quieren, que le llevemos el apunte. ¡No, no, no, pará hermano, a mí no me van a imponer su agenda!  — me responde el General Susvín desde los anales de la historia.

—Yo en el secundario tenía 13 asignaturas y podía prestarle atención a las 13, pero hoy un supuesto militante me dice que no puedo discutir más de un tema por vez.

—Quieren que nos matemos, nos enfrentemos a la muerte una y otra vez repitiendo la misma danza desde el comienzo de los tiempos; nos distraen, nos entretienen con esto para llenar los libros de historia mientras ocultan lo que ocurre en realidad. ¡Nos imponen su agenda!

—Nadie dijo que sea fácil. Debemos discutir hasta derrumbar la agenda del adversario y al mismo tiempo imponer la nuestra. Ninguna tarea excluye a la otra. Voy a repetirlo, ninguna tarea excluye a la otra.

—Todo es una conspiración del mundo mundial para ocultar la dominación de los poderosos sobre los oprimidos.

—Muy ocultos no están General, son todo un ejército y vienen para acá. Van a atacarnos

—No seamos como ellos. Mostrémosle al pueblo que somos mejores.

—Qué hacemos?

—Huiremos, y luego volveremos mejores.

—No darle entidad a lo que ya la tiene es mirar hacia otro lado. Así fue como en las PASO 2015 todos nos sorprendimos de que una gran parte del pueblo estaba decidiendo tirarse un tiro en el pié.

¡El General Susvín me grita desde el galpón de la historia— ¡Será culpa nuestra porque no supimos comunicarnos, necesitamos hacer una autocrítica!

Mi General, cuando el enemigo enuncia autocrítica lo que pide es arrepentimiento, y usted no vino a pedir perdón sino a dar la vida por los 12 años de felicidad que tuvo su pueblo. El juego es así: El enemigo nos critica. Nosotros desarmamos la mentira del enemigo, la exponemos, y criticamos al enemigo. Si el enemigo miente es porque no tiene argumentos, no tiene armas, no tiene nada y ES la nada. No le damos una autocrítica en bandeja; por el contrario, nuestra tarea es exigirle autocrítica al gorila hasta hacer que sienta vergüenza de declararse gorila. La vergüenza es lo opuesto al orgullo que milita el adversario bajo la impostura de la indignación eterna.

Los gorilas no pueden indignarse porque nunca tuvieron ni tienen dignidad alguna.

Ahora, si no les damos entidad, si esquivamos el debate y no nos preparamos, el pueblo verá cómo somos masacrados mi General.

¿Qué le enseñaron a usted en la academia?

—A repartir volantes en la esquina.

—Mi General, una guerra es sangre.