No es lo mismo…

Por Maximiliano Rusconi.

Seguramente a todos nos ha pasado alguna vez que, en algún debate que eventualmente nos tuvo como protagonistas, nuestro interlocutor, de buenas a primeras, acudió a un argumento de enorme prestigio cultural.

Son ocasiones en las cuales nuestro coyuntural contrincante se coloca, sólo con esa estrategia dialéctica, del “lado de los buenos” y nosotros, aún con las mejores intenciones, sentimos que, de algún modo, nos hemos colocado defendiendo lo indefendible.

En estas situaciones, pareciera que gana el debate el que llega primero a mencionar, con buenos reflejos y siempre a su favor, a aquello que, obviamente, no puede ser discutido.

En estos casos nunca se trata (ojalá así fuera) de la advertencia formulada por Óscar Wilde en el sentido de que “las cosas peores se hacen siempre con las mejores intenciones”.

En realidad debemos decir que, muy a menudo, estos principios mencionados estratégicamente en un debate, en la vida política de un país o en los medios de comunicación, no están acompañados de ninguna buena intención, sino que sólo implican un perverso camino de confusión y engaño.

Lamentablemente hay alto riesgo que el escenario se acerque mucho más a la Francia de 1793 y al grito de Marie-Jeanne, esposa de Jean Marie Roland, antes de ser guillotinada: “¡Oh Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.

Es por eso, que en momentos difíciles del mundo y de nuestra vida institucional, es necesario tener las herramientas para distinguir, como decía uno de mis más importantes profesores de derecho penal: “la pared del cuadro”.

Por ejemplo, es importante separar el respeto a los medios de comunicación y a la libertad de prensa de la directa impunidad frente a sujetos que, usando el periodismo, se asocian con sujetos de la inteligencia clandestina para extorsionar y amenazar a hombres y mujeres más allá de la actividad que desempeñen.

No menos trascendente es divorciar con claridad el ámbito que le compete a la independencia judicial y la necesidad republicana de que la actuación de los magistrados no sea avasallada por otros poderes, de las acciones de algunos jueces y fiscales que, lesionando ellos mismos su integridad moral, deciden los casos de impacto político de acuerdo a compromisos asumidos en glamorosas y escondidas reuniones con representantes del poder ejecutivo.

En el mismo sentido, se hace imprescindible no confundir la necesaria lucha contra la corrupción de los funcionarios públicos y a favor de la transparente gestión de los intereses de la sociedad con el montaje fraudulento de un simulacro de juicio, en violación de todas las garantías constitucionales, sólo destinado a destruir a un sector del pensamiento político e ideológico de un país.

Tampoco conviene mezclar el desarrollo de una política exterior inteligente con el sometimiento humillante a alguna potencia en perjuicio del futuro de los argentinos.

Del mismo modo, sería un error no identificar la frontera entre el diseño de las más efectivas políticas de seguridad y prevención del delito con la felicitación, guiada por el más espantoso oportunismo político, a los miembros de las fuerzas policiales que disparan a mansalva y por la espalda.

De nuestra capacidad para identificar, como diría mi primer profesor de derecho penal, dónde termina el cuadro y dónde reanuda la pared, también depende nuestro destino como sociedad.