Murió sola

De Claudio Posse.

Murió sola.

11:45 de la mañana marcaba el reloj que tenía el doctor Ibañez en el bolsillo cuando murió doña Albertina (Monteccia).

Jorge (Ibañez), anoto en una planilla la hora del fallecimiento, caminó el largo pasillo que lo distanciaba de la habitación con la sala de los médicos. Llegó, apoyó la planilla en la mesa, se sacó el barbijo y la cofia que cubre su cabellera. En la sala estaba la doctora Pérez que lo observó mientras terminaba de sacudir el saquito de té en el agua hirviendo. Miró la cara adusta casi entristecida de su compañero y lo avanzó. – Epa, ¿volvimos a la facu? ¿No me digas que te puso mal la señora de la 122? Una mina grande Jorgito… déjate de joder.

Ibañez la escuchaba, pero su mirada seguía colgada en algún punto del salón, ese punto lo llevó, como si fuera una máquina del tiempo, a la infancia.

Estaba sentado en una mesa larga, cenando, milanesa napolitana con papas fritas. Recordó el murmullo, las multi charlas que se pisaban unas con otras, las manos con los tenedores bien agarrados que pichaban las milanesas y risas, siempre risas, un tanto exageradas pero cotidianas.

No era su casa. Él no tenía la suerte de tener una familia tan numerosa.

Él era hijo único y con padres de profesiones “liberales”, abogado y contadora. Colegio bilingüe, doble jornada, club los domingos.

Un pibe privilegiado.

Pero Jorge tenía la rara sensación que su vida hubiera sido mucho mejor con una familia numerosa.

Era amigo del menor de los Monteccia, Carlitos, se habían conocido jugando un campeonato en el Don Bosco. Carlitos era el número 5, y vaya que se notaba, y Jorge era un 10 clásico. En una de las jugadas de esas intrascendentes. El diez recibe la pelota, la baja con calidad y el cinco se tira con los botines señalando el tobillo derecho. Jorge se dio cuenta, como si Dios lo hubiera perdonado del pecado del “buen pie” y salto justo zafando del impacto. Se miraron. Jorge levanto el dedo índice de la mano derecha, en señal de reto, pero inmediatamente se dio cuenta de la poca consistencia de su expresión para un enojo futbolero. Se miraron nuevamente a los ojos y rompieron en una carcajada que dejó atónitos al resto de los jugadores de ambos equipos. El diez extendió su mano al cinco para ayudarlo a levantarse. A partir de ahí se hicieron amigos hasta…

Doña Albertina entraba al comedor con la fuente repleta de milanesas, con el tuco y el queso derretido brillando por efecto de la grasa. Las papas vendrían en un fuentón aparte. Los platos apilados, siete (tres hermanas, Carlitos, el padre y Albertina, y yo).

Jorge siempre tuvo la intriga, de cuanto tardaba en hacer esas milanesas doña Albertina. Un día, por pura casualidad, llego antes a la casa de Carlitos y su “vieja” recién comenzaba con la “cocina” de la noche. El padre de Jorge le había regalado hace unos días un reloj, que en aquellas épocas era furor, inteligente, “tiene de todo: calculadora, despertador y también da la hora”, le había dicho el padre mientras el abría el estuche. Miró la hora. 18:00 decía el reloj importado. La familia entraba y salía de la cocina. Jorge se quedó sentado como si estuviera viendo un programa de recetas. Cada tanto pispiaba el reloj. El tiempo pasaba velozmente. Doña Albertina, mientras preparaba las milanesas, Colgaba la ropa en un viejo tender que estaba apoyado entre dos ladrillos para que el agua no le diera en las patas de metal y se oxide. “Ahora hacen las cosas hecha una porquería”, le dijo doña Albertina refiriéndose a los productos importados, pero sin decirlo. “La ayudo en algo doña Albertina”, dijo Jorge en un momento, dándose cuenta que estaba casi estorbando. Ella se dio media vuelta, se sonrió, estiró su mano y le acaricio el cabello con una ternura que el nene recordaría hasta el día de hoy. “No Jorgito, vos tranquilo, seguí jugando con esa máquina nueva que tenés ahí (señaló la muñeca del nene).

Cuando las milanesas ya estaban muriendo en el aceite, Jorge se paró y, en puntas de pie, observó como las burbujas chocaban en la sartén.  “Doña Albertina, ¿le puedo hacer una pregunta? “Claro”, respondió ella, mientras apoyaba la milanesa en un pedazo de diario que hacía las veces de papel absorbente. “¿Usted trabaja?”. La cuarta o quinta milanesa ya no chorreaba tanto aceite, “si, en la casa de los Amuchastegui, que viven acá la vuelta”, pero ahora hasta las 5 y media. Por suerte mal no nos está yendo y hace unos meses dejé de trabajar cama adentro”.

Jorge no entendió por varios años que significaba “cama adentro”, pero cuando le dio la mano justo antes del último suspiro se acordó de ese momento.

“No tengo ropa interior”, le dijo Pérez a Ibañez, arreglándose el delantal. Jorge no se inmutó siguió en su punto de fuga visual… mental. La compañera se acercó y le sopló los ojos en señal de desafío y agregó: “Vos no estás bien, te dije que no llevo ropa interior y seguís colgado”.

Jorge volvió a la realidad. La miró. Miró su reloj pulsera y por su mejilla cayó imperceptible y lentamente una lagrima que se la dedicó, en soledad a esa mujer que le enseñó un montón de cosas y que murió casi en soledad.