Montiel: «El Sapo»

Por Víctor Hortel.

El “Sapo” Montiel, era un gordo bueno. De esos que siempre van al arco al momento del partido en el potrero. Un gordo querible, íntegro, con dignidad. Al momento de elegir, optó por la tradición familiar y decidió ser policía. Como lo habían elegido su hermano, su viejo, su tío y su abuelo.

Los Montiel, originarios de tierras tucumanas y residentes en el conurbano indómito, eran policías de raza. Todos “zumbos”. Su condición humilde y decente, era una enorme traba infranqueable para ingresar al escalafón de “ofiche”.

Estirpe de policía brava, los Montiel eran respetados por los delincuentes más pesados, y temidos por los recién iniciados. Contaban con la confianza judicial por su apego a la legalidad. Por los mismos motivos eran sospechados por la cúpula policial.  Duros, ásperos, pero siempre del lado de la ley.

El “Sapo” no tuvo la suerte de sus parientes y un par de eventos truncaron su carrera.

El “Roña” Estévez, fue su amigo de siempre, y junto a Quiñones compartieron toda la infancia. Luego Quiñones transitaría otros caminos.

El “Roña”, no tuvo la suerte de poder elegir.  Quiñones tampoco.

Muerto Don Estévez, el “Roña” fue abandonado por su madre al cuidado de un abuelo demasiado áspero y dominador.

Quiñones, tenía una sola y única posibilidad, ser ratero.

En cierta forma, ambos tuvieron un momento de prosperidad.

El “Roña” que era muy propenso a la pelea y nada adepto a la limpieza, compartió con el “Sapo” Montiel todo el tiempo desde la escuela primaria hasta la “fábrica” de suboficiales de la policía.

Ya egresados, fueron destinados juntos a una comisaría del conurbano, por la zona de Ituzaingo. Territorio controlado por el “Chorizo” González. Un poronga, un verdadero “Poronga”, que en auge y con la jerarquía de Comisario Inspector trabajaba denodadamente para lograr su ascenso a rati general.

Poco tiempo duró la suerte del “Sapo”, a los dos años, junto al “Roña” fueron destinados en “Robos y Hurtos”. Su primer destino operativo. Lugar desde donde ahora continuaba su campaña el “Chorizo” González.

Al poco de llegar, el “Poronga” los llamó y le explico las pautas de trabajo en el  nuevo destino -que no cambiaban en nada a las pautas de trabajo que había desarrollado en toda su carrera- : 1) Apretar a los “quilombos” y “cuevas” de la jurisdicción, asegurando así la recaudación en el rubro “prostitución” y “juego”; 2)  Extorsionar a los grandes comerciantes con una cuota por seguridad, 3) Exprimir a los ladri para sumarlos a su grupo, 4) Colaborar en el armado de causas para tener entretenidos a los jueces y fiscales de turno.

El “Sapo” Montiel, desde lo genético-policial, se negó terminantemente. Antepuso su apellido y prestigio familiar, por delante de trepar económica y profesionalmente. Automáticamente comenzó su calvario. Corrió la suerte de ser un mero “correo” del burocrático papeleo que inunda los escritorios de jueces y fiscales. El Roña, más pragmático, tuvo mejor suerte, en el área “investigaciones” pronto prospero; en todos los sentidos que un policía de su calaña podía prosperar. Nunca más volvieron a trabajar juntos.

El “Sapo”, impedido económicamente de vivir en los importantes centros urbanos, decidió con su mujer, la Antonia, vivir en un humilde barrio de la periferia, donde ella estaría cerca de su familia.

La arbitrariedad del “Chorizo” González, comenzó a asfixiar al “Sapo”, que termino con su placa, como encargado de limpieza de los baños en un destacamento policial, distante larguísimos kilómetros de su hogar.

El “Sapo” llegaba a su casa, cada dos o tres días; sólo unas horas para descansar y generalmente, cuando su mujer estaba en el trabajo y los chicos en la escuela. No era justo, le resultaba imposible compartir un momento familiar.

El “Chorizo” González, también se había encargado de difamarlo y defenestrarlo como un policía inútil en función de su marcada obesidad. Por eso le decían el “Sapo”. Era gordo y barrigón. Difícilmente pudiera correr y sus movimientos eran lentos y anunciados. Con esas dificultades, no duraría mucho tiempo en las calles, de ahí la inutilidad que le endilgaba el “Poronga”.

A la tarde de un 23 de diciembre, llegó un comisario recién ascendido, al destacamento donde el “Sapo” prestaba servicios.  El “cohete” Martínez, -conocido así por los corchos con que bajaba muñecos en el conurbano profundo-, se presentó, los saludó y los arengó sobre la responsabilidad policial y la importancia del trabajo en equipo. Luego se retiró a su “santa bárbara”.

Al instante, a los gritos “Cohete” Martínez, lo llama al “Sapo” y, sin dejarle pronunciar palabra alguna, le dice: Sé que tuviste problemas con el Poronga González, pero quédate tranquilo pibe, trabajé con tu viejo, al que le debo un par de favores. Ahora tómatelas, ándate a tu casa, descansa y vení después de Navidad. Saludos a la familia.”

El “Sapo” quedo entre sorprendido, confundido y con sensaciones encontradas.  Si bien estaba alegre por la noticia y el permiso, quedo inquieto.  Sabía que en el conurbano los comisarios no hacían nada gratis y menos un pesado con tanta pólvora en el apodo.

Sin dudarlo, tomó sus cosas, armó el bolso y salió disparado para su casa, lo esperaban dos horas de viaje, tren primero, colectivo después, finalizando con un par de cuadras de caminata obligatoria.

Pudo advertir durante el viaje, que la jornada era agotadora, al menos 30 grados lo que con el chaleco puesto eran unos 34.

Llegó agotadísimo a su hogar, casi deshidratado se abalanzó sobre la heladera, que prácticamente vacía, al menos guardaba dos valiosísimas cubeteras. Durante ese momento no prestó atención a los gritos que venían de la casa de su vecino.

Decidió darse un gusto, servirse una coca bien fría y prender la tele, para ver algún partido de futbol. Cuando se sentó, advirtió que los gritos eran cada vez más violentos, aunque no lograba entender que decían.

Su vecino era un “Federico”, laburaba en temas de drogas y le gustaba mucho el escabio. Eran un clásico sus gritos y las puteadas a la cúpula de la federal. Al “Cortado” Tojeda, que así se llamaba, no le caía bien, los “federicos” siempre eran prepotentes y engreídos.

Se desentendió de los gritos y se concentró en una pelea de box, entre dos rusos gigantes que, si querían, podían matar a una persona a las trompadas.

Todo cambió cuando empezaron los corchazos.

Primero escucho unos sonidos secos, cortos, individuales. No había duda eran tiros de pistola, seguramente una 9 mm.  Después vinieron un par de sonidos gruesos, contundentes, ásperos, esa era la 45 del vecino, que, suboficial como él, sólo podía tener una 45. Tirado en el piso, descifrando los sonidos de la muerte, se espantó cuando oyó repetidamente el ruido atronador de la 12.70.

Luego de una serie interminable de corchazos de todo tipo y color, advirtió el ruido forzado de un motor que a toda marcha se alejaba del lugar.

Reaccionó y así como estaba, en lompa y musculosa, tomó su 45 y corrió a lo de Tojeda. Los orificios de bala se contaban de a muchos y la casa ya no tenía lugar para la privacidad.

La 12.70 había dejado su huella de destrucción.

Recorrió, lo que era una especie de living, las habitaciones y al llegar a la cocina, vio al “Cortado”, retorciéndose en un gran charco de sangre que aumentaba sus dimensiones muy rápidamente. Pudo contar que el “Cortado” Tojeda tenía al menos 5 impactos en su cuerpo; tres en el pecho, uno en un hombro y otro en la pierna, muy cerca de la vena femoral. Pensó en llamar a una ambulancia, pero su sentido común y la respiración forzada del “Cortado” lo convencieron que no era lo mejor.

Desesperado el “Sapo”, por la vida del “Cortado”, calzo su 45 en la cintura, lo cargo en su vieja estanciera, lo acomodó como pudo y encaró para el hospital más cercano. No era cosa de estar dudando. 

La resistencia del “Cortado” era admirable, con 5 cohetazos en el cuerpo, se quejaba de los pozos en el asfalto y la falta de semáforos.

Durante el trayecto, temiendo que el “Cortado” dejase este mundo ante de llegar al hospital, el “Sapo” comenzó a preguntarle sobre qué había pasado en su casa. Tejeda, sangrando ya peligrosamente, con un hilo muy débil de vos, dijo que habían entrado a afanarlo y que cuando pudo tomar “el caño” empezaron los fuegos artificiales.

El “Sapo” que estaba exigiendo su estanciera al máximo, debió parar su veloz marcha por el único semáforo de la avenida. En ese instante, Tojeda, que se estaba acomodando para morir al menos bien sentado, comenzó a los gritos: “Esos, esos hijos de puta son los que me afanaron”, “Sapo hace algo, esos son los ratas que me tiraron”.

Los gritos del “Cortado” alertaron más rápidamente a los queruzas que al Sapo. Antes que éste pudiera descender de la estanciera, los proyectiles ya empezaban a impactar en la destartalada camioneta.

El “Cortado” como pudo quedo recostado sobre el asiento y aun así recibió un par de impactos más que atravesaron la chapa de la estanciera. El Sapo, se parapeto como pudo y esperó un segundo, se levantó, a la altura del capot y descerrajo un solo tiró que acertó mortalmente en el medio del pecho de uno de los atacantes.

Se agachó rápidamente y nuevamente una balacera infernal cayó sobre ellos. El Sapo entonces- totalmente transpirado-, se asomó una segunda vez, ahora por la parte trasera de la camioneta. El segundo impacto desplomó al que tenía la itaka, no hay pecho limpio que soporte un plomo calibre 45.

Para este instante, el lugar ya era una guerra, las personas corrían desesperadas a guarecerse. El humo y olor a pólvora impregnaban toda la escena.

El Cortado intercalaba insultos y maldiciones con versos del padrenuestro.

El Sapo, sufría los efectos de la mezcla producida por la explosión de adrenalina y el temor. Su cuerpo transpirado estaba impregnado de pólvora. Las piernas le temblaban como alambres y no podía caminar. La vista se le nublaba. El corazón le estallaba por su proximidad con la muerte. Se levantó una tercera vez, rezando el Ave María y disparo dos veces, la primera bala destrozó el hombro derecho, la segunda dio en el cuello. El tipo nunca se enteró que murió desangrado, como un perro, tirado en la calle.

El ultimo maleante, aturdido, asustado, acorralado, se incorporó –estaba a no más de 50 metros de distancia- y comenzó a disparar contra el “Sapo”, que continuaba parado y resultaba ahora un blanco fácil de alcanzar. Tuvo suerte el Sapo, le estaban tirando con munición convencional, el primer tiro que recibió, de la 9 mm, le atravesó limpio el hombro izquierdo sin tocar la clavícula. El segundo le tajeó la oreja derecha.

Antes de recibir el segundo impacto, el Sapo ya había levantado a “Margarita” (así llamaba a su pistola) y disparado una vez. El corcho pego en el medio del pecho del último de los ladrones.

Sin preocuparse de sus lesiones, El Sapo, se acercó a los dos primeros cuerpos y muy a su pesar constató que ya estaban muertos.

El tercero, con gravísimas heridas, aún respiraba.

Rápidamente se acercó al cuarto hombre y la sorpresa lo dejo helado, con un inmenso dolor, reconoció al “Roña” Estévez que agonizaba a sus pies.

Se arrodilló a su lado, lo abrazo, trató de mejorarlo, pero ya todo era irreversible. “El Roña”, en su último esfuerzo, lo tomo de la mano y le dijo: “La puta Sapo, que huevos que tenés, enfrentarte vos sólo contra cuatro…la puta, que pedazo de poli”. Las lágrimas del “Sapo” certificaron su defunción.

Esas no eran épocas de celulares sofisticados, ni de 911, ni de ambulancias de emergencias, así que el “Sapo” cargó al que aún estaba con vida y se dirigió al hospital. Luego se entregó en el destacamento policial para responder por las cuatro muertes.

 La crónica de la época y sus compañeros lo describieron como un héroe. El Ministro lo condecoró y le dio ese ascenso que tanto le había negado el “Chorizo” González. Los vecinos no dejaban de alabarlo por su valentía y coraje.

La investigación judicial, terminó con las ínfulas y la carrera del Chorizo y sus secuaces.  También determino, que, entre los muertos, había otro policía, el hijo mayor del “Cohete Martínez”.

El juez penal se aseguró que el “Sapo” pasara Navidad con su familia, dictaminó legítima defensa personal y lo dejo en libertad.

El “Cortado” Tojada, se recuperó, honró la valentía del “Sapo” y culminó siendo al policía más incorruptible de “Drogas Peligrosas” en toda la historia de la Federal.

Pero el Sapo nunca volvió a ser el mismo. Con todos los honores, se fue de esa policía que le era ajena, que ya no era brava sino corrupta. Abandonó, en silencio, a sus compañeros que se parecían más a ladrones y matones que garantes de la seguridad y decidió brindarse una segunda oportunidad. La vergüenza pudo más que su vocación.

Volví a saber del “Sapo”, mucho tiempo después. Estaba muy bien, había resuelto asociarse, para un nuevo emprendimiento, con Quiñones, alias “El Merluza”, su amigo de la infancia.