Momentos experienciales sin olvido ni perdón

Por Liliana Etlis.

Nos juntábamos para estudiar en el bar frente a la Facultad de Farmacia y Bioquímica hace unas décadas. Sabíamos que en cada comisión había dos camuflados de civil que lo que menos les importaba era escuchar sobre protozooarios, pero sabíamos que los cuatro oídos prestaban atención hacia las conversaciones más íntimas de lxs que ocupábamos asientos en la academia.

La Ley Universitaria de los ochenta había sido modificada poniendo limitaciones a la actividad política, considerando entre tantas barbaridades el no poder usar la palabra “equilátero” por tener lados iguales y convocar al socialismo o la “cuba” electrolítica, ya que incluía a la isla (en Física I); tener pensamiento crítico era ser subversivo. Las penas disciplinarias rondaban desde la máxima, una expulsión de la Uba o suspensiones generalmente en épocas de finales si descubrían el ejercicio de algunas actividades. Si los camuflados descubrían que igual ejercíamos el derecho saludable de pensar en cómo cambiar la injusticia y las desigualdades, aplicaban la Ley. 

Venía tema Malvinas lo que significaba que juntábamos firmas para el fin de la guerra organizado por las Juventudes Políticas. Habían desaparecido compañerxs, otros muertxs, teníamos temores viscerales, nos cuidábamos mucho y a veces la incertidumbre se apoderaba de nuestras cotidianeidades.

Seguíamos juntándonos en el bar para estudiar química y a veces , como trabajábamos, nos dormían algunos temas. 

Muchxs optamos por modificar algunos modos del vivir. La comunicación pasó a ser arenosa, se metía por todos los espacios, artísticos, colectivos,  un lenguaje verbal y corporal novedoso para nosotrxs; éramos  adolescentes arquéologxs de una práctica para sobrevivir esa época porque  amábamos la vida. 

Las ideas en palabras disputaban laberintos donde el vacío se adueñaba cuando estaba rodeado de belleza, donde las ideas eran transparentes.

 Con la arena en el aire ya no había espacios, la nada dejaba una trama de existencia, solo nos quedaba la transmisión oral, la escrita, la artística con sus testimonios eternos y fieles a lo que vivimos. 

El “cambiar” concentraba en mis adentros, pasar del Terrorismo de Estado a la democracia. No voy a escribir ni sobre los procesos subjetivos ni sobre la complejidad del tema, pero si sobre el deseo de querer dar vuelta la tortilla como diría la canción española que muchos conocemos: “Qué la tortilla se vuelva” inmortalizada por los Quilapayún.

Cuando nos juntábamos a estudiar entre café ya veces tristezas, llegaba Martita y con una sonrisa anunciaba sus disculpas por llegar unos minutos más tarde. Sobre su mandíbula inferior esperaba ese movimiento de las comisuras de su boca hacia cada costado para sonreír, luego se sentaba pensativa mostrando sus dientes y manifestaba venir de la peluquería. 

 Al principio no comprendía qué significaba, ella venía un tanto peinada por el viento, sin tintura ni corte. Con el tiempo me fueron diciendo que ir a la peluquería era ir a un psicoterapeuta psicoanaliticx y estas ideas eran consideradas subversivas con lo cual podían aplicar la Ley. 

Así transitábamos la escoria de los cambios de titulares que venían muchos de la Marina de La Plata dejándonos con el vacío de interrogantes como dónde estaban nuestrxs docentes.

Con el pasar de los años, los lugares se iban transformando en ausencias de voces con cortes que no eran exclusivamente por la búsqueda de la estética en la peluquería.  Lugares simbólicos donde un puente, una plaza, un ascensor, un comedor estudiantil eran caleidoscopios de diversidades e intercambios, estaban transformados y vaciados de contenido, las voces se opacaron en silencios y los gestos comenzaban a jugar un papel importante, sabíamos que las muecas, las miradas intencionales y profundas, la sonrisa fácil y fingida, el cambio de tema, las onomatopeyas iban encontrándose con nuestros cuerpos, naturalizando formas sin olvidar el sentido militante. 

Siguieron pasando años en un tiempo que a veces recuerda a circularidades del retorno y comienza a profundizarse el racismo, la superioridad del saber y del poder en la propia Facultad.

Discursos colgados en el tiempo aún en momentos de pandemia, letras que ya conocemos donde se insiste volver a experiencias pasadas me produce sensaciones de mentes coaguladas en algunxs personas.

Producto de esa cultura de muerte en otras épocas, quedaron latentes producto de la colonización de las ideas en la Universidad, un discurso aristocrático, cipayo, imponiendo una autoridad de desprecio al campo popular hasta el día de hoy. 

Marta sigue con una sonrisa de esperanza desde otro lugar y deseo no sea en vano las huellas que hemos dejado en todos los andares vividos.

(Ica Ro-7mo. escultura volumen y vacio)

Blog: https://lilianaetlis.wordpress.com/