Mentime que (NO) me gusta

Por Federico Laborde.

Terminaba el siglo XX. La voz de Ricardo Mollo, cantante de Divididos, resonaba en los estudios de Abbey Road de Londres, cuando en un fragmento de la canción “Elefantes en Europa” preguntó: “¿Dónde está el bondi de la humanidad?”.

Divididos grababa en Inglaterra su disco “Narigón del siglo, yo te dejo perfumado en la esquina para siempre”, describiendo una pauta imperante: la de la mentira (y la de otras cosas vinculadas a “los narigones”), y sugiriendo la necesidad de tomar distancia.

Han pasado casi 20 años de aquel disco grabado en ese lugar emblemático (en el que en otros tiempos “The Beatles” nos estimulaban a ser libres) pero, en torno a la necesidad de profundizar el cuestionamiento a la mentira y su señorío, poco ha cambiado.

Un ejemplo de ello, aunque no excluyente, se observa en ciertos medios de comunicación donde la mentira reina abrumadoramente, en desmedro tanto de los hechos como de las opiniones fundadas.

Ello así, porque en muchos casos, los medios de comunicación integran un conglomerado de intereses que son defendidos mediante el ejercicio de actividades diversas, entre ellas el periodismo. Lógicamente, en estas estructuras, criterios como “rentabilidad” imperan por sobre otros, vinculados al apego a la fidelidad de la información.

Incluso el concepto de libertad de prensa, como garante de la reproducción confiable de los hechos y de la realidad, ha sido subordinado a los intereses de las grandes corporaciones, perdiendo total relevancia.

Ese concepto se ha desdibujado de un modo tan rotundo que, mayormente, solo se enarbola para intentar la protección de ciertos periodistas, cuando son dejados en evidencia ante lo innegable de sus falsedades.

Autoritarismo, irrespeto por el disenso, son conceptos que se manifiestan a los gritos ante cualquier señalamiento, cuando la verdadera naturaleza de aquél cuestiona simplemente la manipulación en base a la mentira.

En la actualidad, gran parte de los medios periodísticos, se dedican a vender productos, que en este caso ya no son solo los que publicitaban sus patrocinadores a través de la pauta, sino las noticias en sí mismas.

Por ello, se diseñan noticias apuntadas a la reacción de los lectores, a los cuales tienen previamente estudiados como simples consumidores.

Estos, mayormente, al querer confirmar sus propios juicios (o prejuicios para ser más exactos), consumirán la noticia sin realizar un profundo análisis (no sin antes vanagloriarse ante sus seres cercanos con frases del estilo: “¿Viste que tenía razón?”), la replicarán luego de ver movilizadas sus propias emociones y continuarán consumiendo de manera voraz nuevas noticias. Ese ciclo se reiterará continuamente.

Luego, la velocidad de la propagación de la información por las nuevas tecnologías y la haraganería intelectual de muchos políticos harán el resto. No en vano Michelle Bachelet, consciente de la caída en la credibilidad de los dirigentes, llama a la aparición de nuevos líderes globales.

Ello así porque los dirigentes, al aprovechar este mecanismo, gozan de un efecto positivo inmediato, dado que podrán fidelizar eventuales votantes que deseen escuchar fake news para confirmar sus posturas, pero como contrapartida quedan minimizados en su rol y se erigen como instrumentos circunstanciales de las corporaciones.

Por ello, queda claro que el gran ganador del ciclo es la corporación dueña del medio de comunicación, dado que ha logrado vender su producto, fidelizar a sus clientes, generar diversos ingresos, menoscabar a la política y reforzar su posición en ciertas esferas de poder.

En estos tiempos, para distinguir las noticias falsas necesitaríamos tener un conocimiento acabado de las realidades de cada corporación, de cada medio de comunicación, de sus intereses del momento, de los de cada periodista, poner todo eso en una batidora, dedicarle horas y horas de tiempo de análisis y sólo así -quizás- podamos llegar a una cercana noción de verdad. Un verdadero delirio, si no fuera porque es a lo que nos enfrentamos cada día.

Se extrañan las épocas en las cuales existía un periodismo con mayor compromiso por la fidelidad de la información, dedicados a juzgar objetivamente los hechos (y esforzándose para precisarlos), aunque ello implicara no ser recibidos con admiración en el restaurante de moda. Es cierto que algunas verdades no son unívocas, pero decir que el ornitorrinco es un punto cardinal no es una media verdad ni algo interpretable. Es falso.

Para la profesión periodística, tan noble como imprescindible, queda una reflexión amarga: ese supuesto éxito (asegurado de antemano) es impropio; similar a ofrecer gaseosas frías en un desierto pleno de sedientos consumidores.

E incluso para las grandes corporaciones y sus apéndices mediáticos da lo mismo cualquier apellido ya que, como venden productos, compran insumos y una firma con reputación lo es desde dicha óptica. Algo similar ocurre en política.

La humanidad deseable, en el sistema de valores de mucha gente, está alejada del odio, de la mentira, del individualismo, de la pereza intelectual y está mucho más cercana a valores como el afecto, la verdad, la solidaridad, el análisis, por lo cual la realidad que vivimos es frustrante.

Por ello, Ricardo Mollo, si obtuviste respuesta a tu pregunta respecto de: “¿Dónde está el bondi de la humanidad?”, y si sabés de algún ramal que contemple a la humanidad conforme aquel sistema de valores, decime dónde está la parada, porque me encantaría sacar boleto, viajar un rato, ver las caras de los otros pasajeros (que entiendo que no son pocos) y sonreír por un instante, creyendo que no todo está perdido.