Media Falange

Por Sebastián Ruiz.

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Soy 5,46% discapacitado. Bah, eso acordó la ART con mi abogado, no sé cuánto soy efectivamente. Se preguntará: ¿por qué? Le cuento, me amputé media falange del dedo medio de la mano derecha. ¿Tengo carnet de discapacidad? No, pues me dieron pocos puntos de porcentaje, los cuales me alcanzaron para cambiar mano a mano por una pava eléctrica. Bueno, mano a mano técnicamente.

Sucedió el lunes 16 de diciembre de 2013. Hacían como 30 grados, a la mañana, y yo trabajaba en el sector inyección de plástico, donde hacía más calor aún y le agregaba unos 20 grados de yapa a lo que anunciaba el pronóstico. Si de ahí entrás directo al infierno, te conviene ponerte un buzo para el cambio de temperatura.

Todo el día laburando atr, yendo y viendo. 13 máquinas escupiendo boludeces de plástico para cables e instalaciones eléctricas. Los productos caían en unas bolsas y yo tenía que cambiarlas antes de que rebalsen. parecía un jueguito de sega. Mi encargado Fabián tomando unos mates, me decía “vení, tomate un mate”. Dame una bolsa de arena que me va a refrescar un poco más.

Trabajando en ese sector, un día vino mi hermano Pachorra que laburaba en la misma fábrica, y me dijo: “me voy al hospital que va a nacer Thiago, te dejo en la heladera la hamburguesa del Cuervo que me traje, comela”. Fue el día más feliz de mi vida. También me alegré porque iba a nacer mi sobrino y ahijado. Otro día, por ese mismo sector pasó un compa y me dijo que vaya al vestuario, que estaba mi hermano durmiendo, derrotado por una noche que terminó con una siesta de 20 minutos en el 622 yendo al trabajo. Lo desperté y me fui, él se iba a despabilar e ir a su puesto. A las 2 horas volvió el mismo pibe y me dijo que seguía en el vestuario durmiendo. Igual, su apodo viene de antes.

El lunes que me corté el dedo, alguien cumplió años y pintó festejarlo con un picnic. Alguno compró unas pizzas, otro una Coca y los que no teníamos nada, aportamos lo que había. Yo puse 3 milanesas de pollo, otro un buen guiso, por allá una ensalada rusa. Un banquete en 45 minutos, el tiempo que teníamos de almuerzo.

Volví al sector, borracho de comida, y ahí, mi media falange decidió independizarse de mí. Le duró poco la libertad, pues se trituró en el motor una máquina. Yo no me di cuenta, hasta que fui a lavarme las manos y noté que mi dedo estaba un poco más corto de lo común y no tenía uña. No me llevo bien con la sangre así que decidí sentarme en el piso del baño y pensar que no era una buena forma de morir. Empezaron a entrar mis compañeros y, como una secta de laburantes, varios me empezaron a mostrar que también le faltaban pedazos de dedos. ¿Fue mi bautismo de metalúrgico? ¿Soy el elegido?

Por suerte, estaba en una empresa seria. Me ataron el dedo con cinta de papel, lo envolvieron con un trapo sucio y llamaron un remis. El remisero, un profesional. No preguntó absolutamente nada, ni una palabra. Dale, flaco, tengo un dedo envuelto en un trapo y hay sangre, mínimo hablame del clima. Tal vez me habló pero no lo escuché porque iba sonando un regetón al palo. Agarró una calle de tierra y entramos como en turbulencia. Qué mal morir así, llevame al baño de la fábrica otra vez. Por suerte me acompañaba mi hermano Pachorra en el remis. Le pregunté cómo veía mi dedo y me dijo “uh… eh… bien… si…” Tirarme del auto en movimiento creo que era mi mejor opción.

En la fábrica se corrió la voz de que me lo hice para cobrar un juicio. Voy a mantener esa incertidumbre para que nunca se me olvide.