Maximiliano Rusconi: Sensaciones virósicas

En las ciencias sociales se encuentra muy bien valorado el trabajo empírico “de campo”. Casi como una contraposición del sistema investigativo teórico-deductivo, el trabajo de campo demuestra las bondades del traslado, como cuerpo y alma, a la escenografía social en donde se desarrollan los hechos que se pretenden investigar.

Esta cuarentena que nos obligó a no salir de nuestros refugios, por nuestra protección y la de nuestros hermanos, nos llevó a abandonar nuestras alocadas rutinas y comenzar el largo proceso de establecer otras. Pero también nos permitió descubrir el enorme poder de visualización de la verdad que posee el observar lo que nos rodea desde nuestro más profundo interior, dialogando con nuestra soledad, sin otras voces que nos distraigan; por lo menos, a mí me ha pasado que casi como en un proceso de caricaturización de lo que nos rodea, se han hecho mucho más visibles ciertos rasgos de nuestra esencia social e individual. Para bien o para mal. Para alegría o tristeza. Para ilusión o desilusión.

Yo, debo decirlo, estoy sorprendido de lo que vi. ¿Qué es lo que vi? Lo que vimos todos.

Vi muy claramente, y me he emocionado, con el patriotismo (¡si!, ¿patriotismo, o sólo hay que verlo junto a un arma?) de los médicos y enfermeras, vi algunos gestos de solidaridad realmente conmovedores, vi un Presidente asumir la crisis y su conducción con una racionalidad, esfuerzo personal, respeto, energía cívica y cercanía comunitaria casi inigualable.

Vi algunos políticos de la oposición acudir a lo más sano de sus visiones sociales para poner el hombro sin demasiadas preguntas, dando un ejemplo de convivencia democrática cuya foto perdurará como ejemplo de lo que se debe hacer.

Vi dos Virus. ¡Es increíble, vi dos virus! Uno era, claro, el Covid-19, el otro pasó desapercibido: el virus de la mezquindad recalcitrante, un conjunto de seres, parecidos a seres humanos, reclamando a voces exaltadas que el Presidente abra la economía de nuevo, que los que no moríamos del virus (el covid-19) íbamos a morir de hambre, que los jubilados en parte estaban sin cobrar, que concluya esta cuarentena insoportable, que miremos a los otros países, etc., etc.

Esos mismos especímenes fueron los que a los gritos salieron a criticar la decisión de Alberto Fernández de abrir los bancos para el cobro de los jubilados. Eran los que estaban midiendo poco más si los ancianos respetan o no la distancia social recomendada. Los mismos que cuando el Gobierno, ya habiendo tomado la decisión de que los jubilados que no tuvieran otra opción fueran a los bancos, aprovecha y en una decisión brillante, para no duplicar las salidas, decide vacunar a esa población de riesgo en las mismas filas, se pretendió instalar la delirante y mal intencionada idea de que esa decisión había sido la que provocó la avalancha de ancianos agolpados debido a que personas que no iban a ir a los bancos cuando vieron que podrían ser vacunados decidieron ir de todos modos. Una mentira infame. Todo bajo la nada creíble angustia por la rotura de la cuarentena: si ellos mismos la reclamaban como condición de subsistencia de un país capitalista (“el capitalismo requiere circulación” se oía en cualquier refugio).

Los mismo que ironizaban sobre este aislamiento eran los nuevos custodios del ¨quédense en sus casas¨. Estos muchachos lo hacían con la misma convicción impostada y, como decía mi abuelo: “falta de entendederas”.

El virus de la mezquindad recalcitrante impidió que se valorara que Argentina muestra, día a día, cifras infinitamente menores a lo que sucede en los países que ciegamente son invocados como modelos: EEUU, los países europeos, etc.

Desde mi ventana observé como los mismos responsables de haber sostenido un gobierno que nos ha dejado una deuda impagable solo destinada a construir una ancha avenida, no real y de obra pública, sino virtual y destinada a que las empresas multinacionales puedan cambiar sus inservibles pesos por dólares a buen precio y trasladar las suculentas ganancias a sus casas matrices, eran los que ahora hacían demagógico hincapié en la necesidad de que los funcionarios públicos bajen sus sueldos. Como si el problema de la Argentina pasara remotamente por ese pueblo.

Pocos parecen entender que este Gobierno se encuentra en situación parecida a lo que en derecho penal se denomina estado de necesidad justificante, en el cual existe un conflicto de males, ambos ajenos al Gobierno, en el cual solo optar por el camino ya no virtuoso sino por el menos malo, por el menos lesivo, por el menos dañino. Quien actúa de ese modo, actúa de modo legítimo.

Posiblemente nada es más miserable que el comportamiento del grupo económico Techint (Roca), haciendo un despido masivo en estas circunstancias.

Si el sector empresarial cree, reflotando en pancartas a un nunca leído Adam Smith, que el mundo puede convivir con un empresariado sin solidaridad y responsabilidad social, sin una ética mirada desde lo comunitario, están tan equivocados como desalmados.

Este virus nos demostró que. aunque sea para medir la distancia de no-riesgo, tenemos que mirar al otro, evidenció que con comportamiento individuales no podemos sobrevivir como comunidad.

Este “bichito” microscópico nos demostró que quizá Kant tenía razón: para evaluar si mi acción es moralmente correcta tengo que llevarla a escala y recorrer el proceso de un imperativo categórico: la pregunta de ahora en más es, ¿qué pasaría si todos actuaran igual que yo? Para nosotros ese proceso nos lleva a una revolución cultural, ya no funcionan más frases como: “que puede pasar solo porque YO haga tal cosa”, “hagámoslo…total nadie controla”, “no seamos tan estrictos a vos o a mi nada nos puede pasar”. Se trata ahora de pensar como comunidad y los costos de no hacerlo es desaparecer como comunidad.

Lo que vi genera desilusión. Me acordé de mi madre. Antes de fallecer estuvo en terapia intensiva/ intermedia, muchos meses, duros meses. Casi no podía hablar, pero cuando su única y permanente compañía, un televisor de mala señal, mostraba un personaje de estos, ella, con cierto desgano y luego de mover de izquierda a derecha su despeinada cabeza, solo atinaba a decir en voz casi imperceptible: “es que no hay nada que hacer…son mala gente”. Esta vez, para su sorpresa celestial, no voy a discutirle.