Magia en el conurbano

Por Sebastián Ruiz

Hace poco tuve la suerte de participar de la presentación del libro “Una historia del conurbano“, de Pedro Saborido. En mi rol de ser alguien del conurbano que cuenta chistes por dinero en el marco del género Stand Up.

Me gusta mucho hablar del conurbano, más allá de las tantas anécdotas que les puedo contar, desde armar una casilla en la vereda porque no había árboles piola hasta Gendarmería cayendo en mi cumpleaños, me gusta hablar sobre la magia que hay del otro lado de la General Paz. Digo del otro lado, porque este texto lo escribo desde San Telmo.

No se tome la palabra “magia” de manera literal, aunque quién vive por aquellos lares, seguro que algo mágico ha vivido.

Generalmente cuando alguien le va a contar éste tipo de anécdota, arranca con un: “¡No sabés lo que pasó!”. Puede que sea una epopeya deportiva en cualquier canchita del barrio, en la cual el mejor jugador se lesionó, entró el peor y metió un gol de tiro libre. Puede ser que fue a comprar una tele y justo estaba a mitad de precio. Puede ser que llegó a la parada y el bondi lo estaba esperando. Puede ser que el jefe le pagó en tiempo y forma. Puede ser que salió del Veraz o que recuperó la Play que había empeñado.

Las anécdotas en el conurbano empiezan así porque nunca se sabe qué puede pasar, y es porque puede pasar cualquier cosa.

Un buen ejemplo es un día que salí de la secundaria con mi amigo Chiquito y fuimos al chino a comprar un par de Fernanditos. Los terminamos y le dije: “si hago 4 jueguitos con la botella, nos compramos 2 más“. Ni con una pelota número 5 llegaba a esa cantidad, pero no sabés lo que pasó. Hice 8.

Para festejar el milagro fuimos y nos compramos dos más. Después comimos una hamburguesa en un Pancho89 y tomamos unas cervezas. Nos despedimos y recordamos lo bien que me salieron esos jueguitos, así que decidimos juntarnos más tarde para seguir festejando.

No sabés lo que pasó. Yo compré un fernet Lucera para que no nos agarre sed, ¡y Chiquito también compró uno! 2 Lucera con sus respectivas gaseosas, un largo mano a mano y dos banquetas en la vereda de una fábrica abandonada. Casi sin hablar, no porque no había que contar, porque ya estábamos para bajar la persiana.

No sabés lo que pasó. Liquidamos todo y había que partir. Pasaron los pibes del barrio y por esas maravillas de la vida, nos regalaron un Fernet Branca de medio litro y se fueron. No sé bien por qué, pero siempre generosos. Así que con el compa tuvimos que jugar el alargue. Branca y con los tiritos de Manaos que nos habían quedado. Empatamos por penales, pero lo terminamos.

Y después, no sabés lo que pasó. Yo tampoco. Sólo recuerdo que desde ese día, no volví a tomar Fernet.