Los pibes del Manón

Por Sebastián Ruiz.

Estaba en casa laburando como un campeón. Paré para comer y, después, me fui “corriendo” a la clase de historia. Ni siesta, perro. Casi llego tarde: caí atragantado con la última cucharada de (alto) guiso. Claro, ahora puedo hacerlo porque son clases virtuales y mis compañeris no me ven. La cámara en la compu, te la deboston. Sería un poco fuerte verme llegar así, en cuero y todo.

Hubo un momento, en el secundario, que a las clases llegaba pior. Vestido, por suerte para la humanidad; aunque (“un toque”) entonado. Suelto, ágil, con ganas de peliar. Qué, ¿nunca metiste al menos una previa antes de entrar a la escuela? Nosotros le pegamos derecho un rato largo, era casi una materia más y siempre nos sacábamos 10.

La previa tenía todo un trabajo de producción y logística atrás. Yo salía de la metalúrgica al mediodía, me pegaba el correspondiente jarraso, dejaba a mi hermanito Cristian en su escuela y arrancaba para la mía. En el camino me cruzaba con mi hermano Pachorra quien, a su vez, se encontraba con Pablito, que ya venía degustando algo para no llegar con tanta sed. Hacíamos base a la vuelta de la escuela con un supermercado chino ubicado estratégicamente en diagonal a la ranchada. Casi que por obra divina estaba ahí. Más divino era el Seguridad, que, rompiendo todos los prejuicios de mala onda, la noche anterior nos dejaba unas botellas de Manón (como el Gancia, pero muchísimo más baratín y agresivo), Tai (gaseosa en peligro de extinción) y Fernandito (¿hace falta explicarlo?) en la heladera (lugar que enfría cosas). Nos conocía el menú y todo: 3 botellas de Manón por una de Tai y el Fernanduki, sólo, como Dios lo trajo a la góndola.

No se pasaba lista ni había que fichar. Cada uno llegaba cuándo y cómo podía. Se hacía la colecta y se pedía el correspondiente diezmo. Nada fallaba. El que no tenía tomaba igual. Cada uno tenía sus motivos para estar ahí; pero eso nunca se cuestionó ni se preguntó. No había tiempo, estábamos ocupados contando chistes y tomando algo para esquivar la malaria.

El miércoles 5 de mayo del 2010 sucedió un hecho extraordinario. Era el cumpleaños de Pacho. Antes de entrar a la escuela, nos juntamos los de siempre y se sumaron los del barrio. Como en esos capítulos de los Power Ranger donde aparecen los de todas las temporadas. Nos pusimos en gasto, como debe ser, y compramos petacas de whisky. Entramos un poco más tarde y borrachos de lo normal y con una bandera de Argentina que aún los expertos no saben de dónde salió. Nosotros sabemos, pero no lo podemos decir. Tampoco vamos a decir si alguno quebró.

Hubo otro mediodía que nunca voy a olvidar. Estábamos ahí, escabiando, como siempre. Pero había algo raro, faltaban chistes y sobraba malaria, como nunca. Llegó la factura y la teníamos que pagar. Algunos depositaron su futuro y, los que no teníamos, quedamos en el Veraz. Ser un barrilete tanto tiempo sale caro. Chiquito, que medía más de 1,90, se encargó de bajar la persiana. Rescató un liqui, se acercó al cartel de la calle y lo firmó: “Los Pibes del Manón”.

Esa charla entre menores de edad decidiendo dejar de tomar antes de entrar a la escuela, es uno de los momentos más épicos que, por suerte, me tocó vivir. Y digo por suerte porque, de no ser así, yo seguiría ahí.