Los jóvenes enfrentan la historia en lucha, intentando cambiar el mundo

Por Jorge Rachid.

Los años neoliberales intentaron llevar a la resignación a los pueblos, a naturalizar procesos de maltrato social y cultural, con denigración de identidades y avasallamientos de historias, imponiendo conocimientos colonizados y desechando saberes ancestrales construidos por siglos.

Pero los pueblos tienen memoria, aunque no la expresen en forma sistemática y permanente, como pretenden los racionalistas vanguardistas, de revoluciones abstractas y de divorcios constantes con la realidad, esa que construye la historia que es el protagonismo popular, organizado o no, en esa búsqueda de justicia social que tiñe los acontecimientos políticos.

Es en donde irrumpe la juventud con las fuerzas necesarias para ser los abanderados de las luchas populares, los que interrumpen la siesta de la resignación a la cual el poder colonizador, pretende arrinconar a los pueblos. Esa historia está plagada de epopeyas, que han terminado de diferentes formas, pero siempre dejaron las huellas impresas de una direccionalidad precisa, la lucha por la liberación de las ataduras que el sistema pretende ejercer.

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En nuestra propia recorrida encontramos desde los albores de la Patria testimonios claros de esa irrupción, sin ir tan lejos como las rebeliones de los Tupac altoperuanos, en pos de sus procesos de emancipación, pero recorriendo el camino de los Chisperos French y Berutti en Mayo, Monteagudo y Castelli, quemando sus vidas por la revolución, los que dieron sus vidas en batallas épicas después como en la Vuelta de Obligado, los revolucionarios del Parque de Alem, el Jauretche joven armas en mano, en la revolución frustra de Paso de los Libres, los trabajadores de los Talleres Vasena, de la Patagonia, de los Quebrachales, los descamisados del octubre glorioso, los jóvenes resistentes del 55 al 76, miles de los nuestro que dieron su vida por la democracia y fueron asesinados y desaparecidos, después en el 76.

La democracia del 83 debutó con corrientes juveniles significativas desde la Coordinadora a la JP, pero que se fueron apagando en sus sueños y utopías, al calor de las premisas colonizadoras de un poder que fue imponiendo al Mercado como ordenador social, más allá de los intereses de las mayorías populares. Los instrumentos de sujeción económico-financieros, alcanzaron para naturalizarlos, apagando los fuegos sagrados juveniles que enarbolaban, de Liberación Nacional y Social.

Por años la expresión de las luchas populares, se concentraron en la dinámica colonizadora de la lucha entre ajuste-presión, en las cuales lo sectorial ocultaba lo esencial que era y es, la ruptura del sistema. Esos hechos se dieron en cuanto el poder neoliberal avanzó desde el 2001, con los mismos protagonistas del 2015 y de hoy, enmarcados en un enfrentamiento político, con signos claros de guerra civil, al avasallar esos poderes, las mismas instituciones democráticas que dicen defender.

Pero la juventud, sin esos atavismos del pasado, asume su rol en una nueva etapa de construcción social, en un nuevo escenario de país, en una lucha diferente pero no menos valiosa, desde una posición de poder en un gobierno popular, en una alianza electoral que es necesariamente prudente, a veces hasta la exasperación, frente a las demandas estratégicas postergadas de una Patria Matria Latinoamericana de Justicia Social y Soberana.

¿Es entonces que la juventud ha bajado sus luchas a un posibilismo calculador y electoralista?

Si lo miramos así hemos perdido la perspectiva, ya que las luchas deben darse en el seno del pueblo y no alejadas del mismo. Decía Rodolfo Walsh con certeza en 1974, definiendo su posición interna en tiempos difíciles entre verdades absolutas y las verdades del estar situado: “una verdad dicha a destiempo por vanguardias iluminadas, las convierte en patrullas perdidas”, y los jóvenes de hoy lejos de serlo, son parte de un proceso artesanal de reconstrucción nacional, democrático y movilizador, con objetivos de Comunidad Organizada, que serán diferentes a otras historias y otros tiempos, que los mayores lejos de vivirlos con  nostalgias, debemos acompañar con la alegría del estar situados en éste tiempo, para poder compartirlo.

Si los jóvenes son los que asumen la necesidad de ser protagonistas de la historia, de las transformaciones profundas que requiere nuestra Patria y lo realizan desde la inteligencia innovadora y creativa, antes que, confrontando con las fuerzas de un enemigo todavía poderoso, tendrán más chances de construir una victoria en el seno del pueblo.

Para que eso suceda la acción de organización que vence al tiempo, de la Comunidad Organizada, debería propender a jerarquizar los líderes territoriales, propios de la comunidad, antes que conducciones implantadas como paracaidistas polacos, lo cual no quiere decir abandonar el territorio, sino asistirlo en la tarea de articulación organizacional de base, con el poder político elegido democráticamente, en objetivos estratégicos de construcción común.

No debería interpretarse de estas reflexiones, que las jóvenes generaciones no levantarán las banderas revolucionarias de la Liberación Nacional, sino todo lo contrario, pero lo harán desde su tiempo, su mirada, su realidad, en el andarivel inteligente de la democracia transformadora, dando las batallas necesarias para “deconstruir” el Estado Colonial, que ha forjado el neoliberalismo en los últimos 50 años.

Lo harán si pueden con tiempo y sin sangre, dependiendo ello, de las respuestas de un enemigo, no siempre previsible, que no ha trepidado en ofrecer y dar la muerte como prenda de canje a cualquier costo, en su resistencia a abandonar los privilegios estructuralmente construidos del Estado Colonial.

Si pueblo es el único sujeto que construye los nuevos paradigmas y afianza la historia de la Soberanía nacional, forzando la retirada de las fuerzas coloniales, los jóvenes respaldarán en la calle y en la lucha ese camino, como lo hemos realizado en cada generación, sin dejarse engañar con contradicciones secundarias que termina fragmentando el campo nacional y popular

Si la victoria del enemigo siempre se consolidó en la división de nuestras filas, la victoria del movimiento nacional y popular se sustenta en la unidad, hasta que duela, pero planteando un enemigo común que determine Patria o Colonia, en un camino de lucha que despeje todo internismo o sectarismo, que siempre debilita a las fuerzas populares. De esa forma los sueños de Patria Matria Grande Soberana y Libre serán realidad de una victoria, más allá de los tiempos en los cuales se logre construirla, pero siempre junto al pueblo, ni un paso atrás, ni un paso adelante.