Los cuerpos después de Laudato Sí

Emilce Cuda[i]

A cinco años de la encíclica social Laudato Si, la cual denuncia una crisis ecológica con dos caras, una ambiental y otra social, se observa que la cara ambiental de la crisis despierta más sensibilidad, entre los poderosos, que la cara social. Eso explica por qué, a pesar de su enorme difusión, los cuerpos de los trabajadores salieron de la cadena de valor.

El cristianismo es una religión para la cual el cuerpo vale. A tal punto vale, que un dios se encarnó para rescatarlo de la muerte pagando el precio con su propio cuerpo. En este nuevo mundo virtual sin cuerpos, cuál será el rol del cristianismo católico con un pontificado que se destaca por poner el cuerpo, y por poner en valor los cuerpos devaluados de los trabajadores descartados (LS 45).

Pensar un escenario post-pandemia Covid19 con categorías del siglo XX, no resultará demasiado útil. Carl Schmitt, en Mar y Tierra,[ii] sostiene que los saltos tecnológicos producen un desplazamiento territorial, es decir que se produce un cambio de terreno en el cual se ejercerá de manera diferente el poder. A su vez, eso lleva a pensar nuevas formas políticas de Estado para administrar los bienes y los cuerpos, porque así lo requiere el nuevo escenario bélico y económico que se abre en el nuevo territorio. Según Schmitt, el avance tecnológico en navegación desplazó el territorio de la tierra firme al mar; del mismo modo el avance tecnológico espacial desplazó el territorio del mar al aire. Si se toma en cuenta esta posición, se podría conjeturar que el salto tecnológico cibernético produjo un desplazamiento de la tierra firme, el mar y el aire hacia el terreno virtual, y eso lo cambiará todo.

El Covid19 no es la causa de ninguna crisis -económica, política o cultural-, sino el detonante que pone de manifiesto, y acelera, el salto tecnológico cualitativo -y no cuantitativo-, del actual paradigma tecnocrático, tal como advirtiera el Papa Francisco (LS 101). La lectura más apresurada es pensar que la pandemia es la evidencia de un sistema en crisis que ha llegado a su fin, y no de una transformación. Sin embargo, también podría pensarse que la pandemia es el detonante -inesperado, por cierto-, de un salto cultural, económico y político que se daría inexorablemente en el marco de una economía sin rostro humano, como la llama Francisco, a causa de un cambio tecnológico que tiene como consecuencia una re-territorialización en el espacio virtual. Los saltos cualitativos por cambios tecnológicos no “acontecen”, es decir, no se dan de un día para el otro, sino que son producto de un proceso. Llevamos unos 25 años de entrenamiento. La tecnología fue instalándose poco a poco en la vida cotidiana al ir adaptando comunicaciones, trabajos, estudios, hogares, hábitos de consumo, entrenamiento físico y esparcimiento. El 1 de enero de 2020 la parte del pueblo incluida -es decir, con trabajo formal, nivel medio de educación, bancarizada, conectada a internet, con hogares smart muy bien equipados-, ya estaba entrenada para desplazarse al nuevo territorio virtual. A nadie de ese segmento social el cambio lo tomó por sorpresa, ni desarmado tecnológicamente. El resto, 350 millones de personas desempleadas -según los datos de la OIT-[iii], quienes no tenían ni Tierra, ni Techo, ni Trabajo, ahora no tienen otro espacio más que un cuerpo, el cual ya no vale nada.

Maquiavelo en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio,[iv] dice que el príncipe, para consolidar su poder, debe hacerlo todo nuevo. Lo primero, fundar su Estado en un nuevo territorio. De ese modo cambiará las relaciones de fuerza y con eso: la forma política, los modos económicos de producción y distribución de bienes y cuerpos, las tácticas de enfrentamiento, y el disciplinamiento. Sin embargo, dice Maquiavelo, dos cosas continuarán: la lengua y la religión. Ellas darán la solución de continuidad al cambio. Bernini lo muestra bellamente en su escultura de Eneas huyendo de Troya para fundar la casa de los Ilios en otro territorio. Eneas huye de Troya en medio de la batalla, cargando a su padre sobre los hombros, y llevando a su hijo de la mano. Uno representa la memoria del pueblo, por eso el padre lleva en la mano los penates, es decir los dioses de su pueblo. El otro, su hijo, representa el futuro. Si eso fuese cierto, qué responsabilidad le compete a la religión respecto a la valoración de los cuerpos descartados.

En esta nueva territorialidad, la del espacio virtual, los cuerpos no valen nada. Hasta casi fines del siglo XX los cuerpos estaban puestos en valor, formaban parte de la cadena equivalencial del modo de producción. El cuerpo de un trabajador valía en el mercado, podía ser puesto en valor como cualquier otra mercancía -algo indignante, pero real. Valía poco, pero algo valía, y eso daba lugar a las luchas sindicales por derechos sociales -porque sin trabajo no hay posibilidad de organización política del pueblo por la dignidad humana. Así se lograron, en el siglo XX, las conquistas laborales de las que todos y todas con trabajo formal se benefician. En este nuevo Estado virtual el desempleo es estructural. El trabajo como empleo asalariado está desapareciendo. La condición de explotación de los cuerpos devino en descarte.

El encierro que aceleró el Covid19 hizo visible los cuerpos invisibilizados por el sistema capitalista neoliberal. La movilización urbana diaria en las grandes ciudades del mundo ocultaba los cuerpos descartados que las habitaban sin Tierra, Techo, ni Trabajo. Hoy solo quedaron en la calle los cuerpos descartados, exhibiendo obscenamente su miseria -como describiera descarnadamente Slavoj Zizek -antes de la pandemia-,[v] a los cuerpos encerrados. Desde hogares cibernéticos se observa por televisión la amenaza que representan esos cuerpos vulnerables, portadores del contagio y al mismo tiempo garantes de las necesidades básicas de los encerrados, exponiendo su cuerpo para realiza las tareas más primarias y necesarias para la supervivencia, las cuales aún no han sido reemplazadas por robot -cabe aclarar que no son solo las tareas médicas, tan ponderadas por un sector de la comunidad.

Si se considera la apreciación de Maquiavelo sobre la necesidad de continuidad de la religión en el proceso de cambio, el cristianismo, y más precisamente el catolicismo, podría ocupar un rol significativo en la lucha por volver a poner en valor los cuerpos -algo que también observó Alexis  de  Tocqueville  en  La  democracia  en  América,[vi]   respecto  de  la  función  del catolicismo en el liberalismo, como garante de la democracia. En relación con eso, según mi modo de ver, el lugar preponderante del cuerpo entre los principios de fe de la creencia cristiana, puede ser la piedra angular entre un sistema y otro, a favor de la dignidad de los trabajadores, colaborando con la aceptación en la opinión pública de otro modo de trabajo remunerado el trabajo como cuidado de los cuerpos.

El dogma que se declara en el Concilio de Éfeso, sobre la maternidad de María como Theotokos -madre de Dios, y no de un cuerpo al cual le caerá luego la divinidad-, es central para legitimar la lucha social para dignificar los cuerpos con Tierra-Techo-Trabajo. Dicho de otro modo, el cuerpo humano fue puesto en valor ya con la encarnación, no sólo con la muerte y resurrección de Jesucristo. No hace falta llegar al martirio para adquirir la dignidad cristiana

-aunque sí la santidad, pero ese es otro tema. Eso significa que, para un creyente cristiano católico, ningún ser humano puede ser explotado por otro. Su religión es la única, de las tres monoteístas, para la cual Dios se encarna -la segunda persona- y, además, le pasan cosas: lo golpean, lo insultan, lo crucifican. Incluso, la excusa para juzgarlo y ejecutarlo fue que curó cuerpos en sábado, algo que estaba prohibido. El Dios cristiano encarnado se conmovía por el sufrimiento de los cuerpos, los curaba y hasta los resucitaba.

Como bien se sabe, la religión puede cumplir dos funciones opuestas: colaborar con el fin del Estado en tanto religión, o desacralizar los fundamentos culturales del sistema como teología. El cristianismo nace como teología para criticar la religión de Estado. Solo podrá cumplirlo si no se confunde con el neoplatonismo. El cuerpo, para el cristianismo, no es principio de todo lo malo al punto de que el alma deba exiliarse de este. Todo lo contrario, su credo profesa que la salvación de la humanidad pasa por la unidad del cuerpo, personal y comunitariamente. Sin embargo, no todas las versiones del cristianismo, incluso del cristianismo católico, lo valoran del mismo modo. Para aclarar este punto debe hacerse notar que el ritual católico, no solo está cargado de sensualidad -olores, sonidos, imágenes, comunión, texturas-, sino que también su característica diferencial es ser una religión pública, algo que se acentúa entre los sectores populares que hacen del culto una fiesta en la calle. Mientras un cristianismo liberal decimonónico llama a retiro intimista a los cuerpos, privatizando la religión, un cristianismo popular saca los cuerpos a la calle en procesión -como ocurre en los santuarios latinoamericanos-, para pedir ser valorizados mediante el reconocimiento social que da la Tierra, el Techo y el Trabajo. En plena dictadura militar argentina, Rafael Tello sacaba, cada octubre, miles de cuerpos caminado hacia Luján.

Esta nueva territorialidad virtual -no confundir encierro virtual con cuarentena preventiva momentánea-, si logra consolidarse, encerrará los cuerpos de manera permanente bajo nuevos modos de producción. El teletrabajo desconectará los cuerpos de los trabajadores entre sí, vaciará las calles, suspenderá la vida pública de cuerpo presente, impedirá la sensualidad. En el nuevo terreno, la producción depende de cuerpos sin alma: las máquinas. Estos cuerpos ni se enferman, ni reclaman dignidad. Mientras tanto, los cuerpos empleados, no necesariamente serán apreciados. Seguirán trabajando, pero sin la protección de los derechos laborales logrados por las luchas sindicales. Serán trabajadores independientes que deberán convertir su cuerpo, su tiempo y sus hogares en tiempo de trabajo continuo, enmascarado bajo la falsa categoría de emprendedores auto-gerenciando sus propios cuerpos, compitiendo con robots, y sin tierra firme para compartir las angustias como primer paso a la organización política.

. El nuevo territorio virtual genera conflicto de jurisdicción. Quien controle los cuerpos y los bienes será el Estado. Ante el Covid19, por un lado, las posiciones liberales resisten el encierro, quieren que los cuerpos devaluados salgan a producir, quieren que esos, quienes se movilizan en las peores condiciones de transporte público, saquen sus cuerpos, los expongan al contagio, y además no lo hagan en su entorno porque constituyen en amenaza de letal. Por otro lado, las posiciones más progresistas piden el control del Estado sobre los bienes y los cuerpos. Un tercero llega a la fiesta. En contextos donde los Estados ya estaban debilitados, son las mafias del narcotráfico las que amenazan con controlar los bienes y lo cuerpos, por dos motivos: están fuertemente armados, y tienen dinero en efectivo para prestarlo de manera usurera, al costo de la propia vida, superando con esto al Mercader de Venecia, ya que las ejecuciones no tienen juicio previo.

En este contexto se conmemora el aniversario de la encíclica social Laudato Si.

Considero más importante situarla que recordarla. De consolidarse el momento presente, y de ser ciertas las interpretaciones de los autores citados, este es el momento de decisión soberana para el catolicismo como religión del cuerpo, y como religión global: o se encarna, o se vuelve descarnado. O nos unimos todos, como un solo pueblo, o no se salva nadie, dijo el pontífice. El Papa Francisco sale. Se pone a la altura del cambio. Llama a una conversión ecológica integral, es decir, a una nueva lógica en las relaciones sociales de producción pensada, organizada y actuada desde los movimientos populares de los trabajadores descartados de la economía social: los cuerpos devaluados. Sale el Papa un viernes santo con el cuerpo de Jesús sacramentado. Saca los dos cuerpos a la calle, el de un anciano y el del hombre-Dios -según el credo catolico-, reta al Enemigo, y absuelve a toda la humanidad. Marca la frontera de otra jurisdicción. Mientras los grandes estadistas están arriesgando incluso su propia vida por defender la economía financiera, el líder de los católicos le disputa los cuerpos.

El cuerpo no vale, pero esta. Por eso se siguen exhibiendo cadáveres enterrados sin ceremonia en fosas comunes de Estados Unidos, cuando no, quemándolos en las calles de Guayaquil. El cambio de territorio determina otro nomos, otras fronteras, otras jurisdicciones, otro modo de reclamar, por eso mismo, volver a poner en valor los cuerpos, implica construir nuevas categorías a partir de la realidad de los cuerpos descartados.

 

 

[i] Dra. en Teología. Profesora Investigadora UNAJ, UBA, UCA.
[ii] Cf. Carl Schmitt, “Mar y Tierra”, en: Héctor Orestes Aguilar, Carl Schmitt, Teología de la Política, FCE, México, 2001, Pg. 345-390
[iii]  https://www.ilo.org/global/topics/future-of-work/WCMS_569909/lang--es/index.htm
[iv] Cf. Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza, Madrid, 209, Pg. 104, 208
[v] Slavoj Zizek, “Prójimo y otros monstruos: un alegato en favor de la violencia ética”, en: Zizek, Santner, Reinhard, El prójimo, Amorrortu, Buenos Aires, 2010.
[vi] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, FCE, México, 2005, cap. IX.