Lo nuevo del fascismo

Por Carlos A. Sortino

“El fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo”. Umberto Eco, 1995 (1).

Un sentimiento recorre el mundo (2): el sentimiento fascista. No es un sentimiento nuevo. Lo nuevo es que nadie parece advertirlo. Es un fascismo del siglo 21, que ya no se corporiza en un líder carismático y perverso, seguido por fanáticos y temerosos. Ya no se sistematiza en un Estado totalitario y antidemocrático. Aunque, tal vez, si lo dejamos avanzar, vuelva a adquirir aquellas formas. No lo sabemos. Sólo sabemos que hoy es un sentimiento. Y sabemos también que un sentimiento siempre es más fuerte y duradero que una razón.

“Mi verdad es la única verdad y quien se atreva a refutarla merece desaparecer de la faz de la tierra”. Esa es la única convicción del fascista. Porque la otredad no le resulta comprensible ni le interesa comprenderla. Por lo tanto, la desprecia, la niega, la elimina. La xenofobia, la misoginia, el machismo, la homofobia, sólo son derivaciones de aquella matriz ideológica, que hoy es mucho más peligrosa porque ya no es orgánica, porque sólo es individual, aunque millones sean sus portadores.

El partido de todos los partidos

Ningún partido político expresa hoy algo singular. Eso es asunto del siglo 20. De allí, quizás, que el fascista contemporáneo no tiene partido político y puede autodenominarse peronista, socialista, radical, liberal, anarquista. Si es inteligente, usa estas identidades partidarias como disfraz. Si es bruto, cree que esas doctrinas lo avalan. La transversalidad política del fascismo contemporáneo es su estrategia, consciente o inconsciente, de dominación y penetración cultural.

Esa transversalidad también lo protege, lo hace invisible. Es por eso que ni la dirigencia ni la militancia política pueden advertir su presencia, su avance. Porque no lo perciben. Y cuando perciben algún “brote”, lo minimizan, en nombre del innombrable “espíritu de cuerpo”, al que el fascista contemporáneo no se siente pertenecer, pero que le sirve de escudo.

Dejó dicho Pierre Bourdieu que “la gente no está loca, es mucho menos excéntrica e ilusa de lo que espontáneamente creeríamos, porque ha internalizado las oportunidades objetivas que enfrenta”. En el caso que nos ocupa, ese “sentido práctico”, esa inconsciente estrategia de sobrevivencia, sale a la luz ante el avance mundial de eso que denominamos “derecha”, término tan teóricamente impreciso como oportunamente práctico. En Argentina puede explicarse por el impulso hacia la hegemonía de la antipolítica y su discurso evangélico de “meritocracia”, que no es otra cosa que puro individualismo, salvaje competencia de unos contra otros, como único horizonte posible.

Los ojos que no ven

Esta “estructura de sentimiento” (término robado a Raymond Williams) se manifiesta en situaciones aparentemente inofensivas y hasta graciosas, como cuando uno le dice al otro que no es peronista, socialista, radical, liberal, anarquista, porque “todavía no se dio cuenta”. Ese pequeño “chiste” no es tal chiste. Se siente en profundidad. Significa plenamente que no puede haber diversidad, que el espíritu democrático es una falacia, que “mi verdad es la única verdad”.

La reacción inmediata e irreflexiva ante una aseveración como la anterior puede ser el enojo de quienes se sienten alcanzados por la anécdota. Pero no es con reacciones inmediatas e irreflexivas que se enfrentan las calamidades. De esa manera, sólo se les allana el camino. Lo importante es que, además de todo, avanza el fascismo. Y nadie lo percibe o nadie se atreve a decirlo.

Sé que lo coyuntural es cruel y debe mandar, sobre todo en época de pandemia. Pero también hay que ocuparse de lo estructural, porque lo coyuntural es su consecuencia. Y, en este caso, según mi modesto criterio, van de la mano. En lo político, uno tiene el derecho y el deber de promover una militancia territorial que atienda a la coyuntura, pero también una militancia temática, es decir, reflexionar, publicar y motorizar cuestiones estructurales más o menos complejas. Los que se quedan con una sola forma de militancia y desprecian la otra, están desperdiciando la mitad de su potencia.

Lo pragmático es ideológico

¿Aporta algo explicitar el campo ideológico desde el cual uno propone su plan de gobierno? El pragmático dice que no, que sólo importan las medidas prácticas, porque lo coyuntural es cruel y debe mandar. Ocurre que el pragmático dirige su discurso y su acción hacia la mayoría del pueblo, a la que considera despolitizada, es decir, desafectada de la “cosa pública”.

Esta amplia porción del pueblo se manifiesta de dos modos: replegándose en su círculo íntimo y despreocupándose de lo político, hasta en su expresión más básica, que es el sufragio, o concibiendo la representación política como una simple delegación de su poder y de su responsabilidad en un pequeño grupo de dirigentes, de los que el pragmático forma parte o pretende hacerlo.

El pragmático lo sabe, no es estúpido. Sabe que nada de lo que haga o diga es puramente pragmático, sabe que su campo ideológico se lo dicta. Pero considera que “la ideología es pianta votos” si se la expone abiertamente. Y esto podría ser comprensible en una acción o discurso públicos, pero cuando se manifiesta hacia el interior de su organización política de pertenencia, entonces ha capitulado: reproduce con su palabra y con su acción el sentido común dominante, es decir, la ideología dominante.

Estos dirigentes o potenciales dirigentes se han creído que las personas que votan son seres meramente instintivos, con su propia sobrevivencia como único objetivo. Pero no: el ser humano que vota es un ser fundamentalmente ideológico. Y la ideología no es otra cosa que una manera de concebir la realidad y actuar en ella, así, lisa y llanamente, sin contorsiones literarias. Tal vez sin conciencia plena de ello

El abordaje de la ruptura

Porque nuestra concepción de la realidad es estructurada por los otros que fueron y también es estructurante de los otros que vienen. Pero no pensemos en una estructuración cerrada, en un mandato a cumplir obedientemente. Pensemos, más bien, en un sentido común que se proyecta desde los centros de poder y contamina a toda la población, pero sólo surte efecto en una gran parte de ella, la suficiente para establecer una cultura dominante y sostenible en el tiempo.

Cuando todas y todos decimos estar a favor de la democracia, por ejemplo, suponemos que  todas y todos decimos lo mismo, que la concepción democrática es una sola: la que hemos naturalizado sin historizar, sin problematizar, la que el “sentido común” nos indica, como lo hacemos con casi todo en la vida. Estamos hablando, por supuesto, del sistema que conocemos como democracia representativa (o democracia liberal o democracia burguesa, como quieran llamarla). Este sistema se impuso en el siglo 19 y podríamos decir que para aquellos tiempos era lo más acorde, o, por lo menos, lo más conveniente. Y ese es desde entonces nuestro anclaje ideológico.

El sentido común dominante (es decir, la ideología dominante), ni siquiera aborda la ruptura que significaría pensar que sólo hay democracia en tanto y en cuanto haya desmonopolización del poder político, en tanto y en cuanto haya una distribución igualitaria del acceso a los medios de participación política. Y esto ocurre porque este sentido común evita que se sienta y que se piense que uno pertenece a un campo ideológico conservador y retrógrado, para que nadie piense ni sienta que puede pertenecer a un campo ideológico transformador y actuar en consecuencia.

El pragmático desprecia todas estas consideraciones. Se queda a resguardo de su fortaleza ideológica: el sentido común dominante. Para él, no hay que romper este sentido común, hay que acompañarlo. Por eso es que puede formar parte de cualquier armado electoral. Y por eso es que avanza el sentimiento fascista.

El conflicto central es ideológico

Quizás haya que recordar que el concepto de gobernar puede concebirse también, en su sentido práctico, como construcción de sentido común, aunque no desde el marketing o desde el “relato”, sino a través de la interacción humana, estratégicamente direccionada desde una política cultural.

Porque desde el “relato” y el marketing, nuestro sentido común está condicionado por la derecha -que siempre gobierna, desde el Estado o desde fuera de él- y es casi impermeable. Tampoco se puede apostar a que ese sentido común se “auto-construya” sólo desde políticas públicas que satisfagan las necesidades y expectativas de la mayoría de la población, sencillamente porque es eso lo que se espera de cualquier gobierno.

La hegemonía consiste en que la clase dominante logre que sus intereses sean percibidos como propios por el conjunto de la sociedad. Así, el poder se ejerce no sólo mediante la coerción, sino también mediante el consenso, es decir, el sentido común. Y este sentido común es hoy fascista. El liberalismo ya no es el sentido común de la clase dominante. «Un puño de hierro envuelto en un guante de seda», al decir de un tal Gramsci, víctima del fascismo.

¿Condiciones objetivas desfavorables (correlación de fuerzas)? ¿Condiciones subjetivas también desfavorables (sentido común)? Sí, claro. La realidad, como supongo que todos saben, no es un límite, sino un punto de partida. Sobre todo, para un gobierno nacional y popular. Por eso es que hay margen para activar nuestro derecho a la innovación política, es decir, hacer ahora lo que nadie quiso, pudo, supo o imaginó hacer antes.

Eso que llaman “batalla cultural”, por ejemplo, debería ocuparse de esto. Porque el conflicto central es ideológico. Y dado que es ideológico, si no se lo aborda ideológicamente, el sentimiento fascista seguirá avanzando y conquistando voluntades.

Notas:

(1) Ver “El fascismo eterno”: https://labastilla.foroactivo.com/t463-ur-fascismo-por-umberto-eco#20246

(2) Esta frase refiere al inicio del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, mal traducido al castellano como “un fantasma recorre el mundo”. La frase original dice “un espíritu recorre el mundo”, que explica mucho mejor el sentido que sus autores le dieron. En este caso, me tomo la libertad de reemplazar “espíritu” por “sentimiento”, para dar cuenta del avance del fascismo.