Levedad

Por Liliana Etlis.

Filomena tenía los dientes gastados de masticar, acompañaba a la de la mandíbula ancha Rosaura, quien tenía una boca casi virgen, guardaba palabras desde hacía mucho tiempo y cuando hablaba, salían todas a borbotones, era una abertura que conservaba narrativas que había escuchado en el tren cuando iba al encuentro con Filomena. Sus palabras tenían peso, las iba acumulando en el viaje como un lugar de privilegio y resguardo, aseguraba que nadie las usara indebidamente.

Una fraccionaba el mundo en partes desiguales y las sumergía en agua casi transparente, la otra detallaba los sinsabores, los pintaba de colores e imaginaba un mundo caleidoscópico. 

Filomena, la incisiva, hiriente, cortante, Rosaura la del cuidado tenían opiniones divergentes en los modos de atrapar sueños en el vivir cotidiano, solo coincidían en detenerse a observarlos. 

Se preguntaban sobre el futuro comenzando a contar su pasado, tenían un comienzo en un lugar del tiempo, allí donde los recuerdos opacaban la fluidez.

La soledad de Filomena marcaba la piel y sentía envejecer hasta sus ideas, Rosaura en cambio, sentía rejuvenecer su estado simplemente por su andar junto al paso con otrxs.

Ambas tenían extraños paquetes en sus manos, eran germinaciones nutridas por un sudor particular de cada una más la necesidad del encuentro, igual que sus rostros bañados de humedad por el calor del momento. 

Un idioma que comprendían solo ellas, sus sensaciones ante la extrañeza y los milagros, acomodaban sus vidas para charlar sobre las semejanzas. Una tenía aroma a rosas recién acunadas desde la florería de la esquina de su casa y la otra impregnada en lágrimas secas.

Apenas tocaban el piso, la de la piel ajada sentía temor mientras que la otra una seguridad muy notoria ante la inclinación del cemento de la calle. 

Llegaron a escuchar al vecino de las palabras entrecortadas, así lo llamaban a Don Manuel, un quijote en medio de la tormenta. Solo quería mostrar un mundo diferente con la posibilidad de respirar un aire sonoro mezclado con voces onomatopéyicas.

El mundo se les hizo más llevadero entre intercambios y plasticidades. Vivieron muchos años aprendiendo de la sutil diferencia.

Con los años volvieron los dinosaurios con áspera piel. A pesar de los sinsabores nadie pudo conocer su origen. 

Y se transformaron en puentes entre vivientes los unxs y los otrxs.

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