Las tensas cuerdas de la intemperie 

Por Liliana Etlis.

Aquel día Candela desconocía el lenguaje de los objetos. 

Tendió su ropa en la terraza y se fue a trabajar. Conocía rutinas de la semana a través de acuerdos, sólo podía colgar los días pares, turnando en una secuencia con los demás vecinos la distribución de los espacios.

Durante muchos meses se preguntaron los más cercanos en afectos, por qué seguían en la soga el ropaje a pesar de la lluvia y los vientos. Nadie tenía explicación sobre el destino de Candela, su presencia estaba a través de una remera liviana, un vaquero gastado en la zona de los bolsillos y un toallón color carmín. Su sombra se iluminaba desde la azotea.

La ropa siguió flameando a pesar de ir convirtiéndose en hilachas descoloridas; las tres prendas llamaban a través del movimiento ondulante y sensual desde la soga ya oscura y muy elástica. 

Comenzaba el otoño y durante las últimas décadas setentistas, una mujer con aroma a jazmín descubrió que algunos objetos tenían la cualidad de comunicarse hasta el presente a través de las llamadas, similares a las que realizan los uruguayos con el ritmo del candombe, señales y ritmos bien definidos.

Pasaron las décadas y con el resonar del pesar de los pesares, aparecieron otras cosas donde la historia secreta encontraba un espacio para llamarnos. 

Fue en un lugar del sur donde en una lata de galletitas se descubrió una película escondida por un grupo que denunciaba la desigualdad y el hambre. Ese documental nunca fue encontrado hasta hace poco tiempo. Se hizo una muestra donde se solicitó a los habitantes que acercaran las sillas a la plaza y que verían la experiencia con ellxs mismos como protagonistas en los setenta y pico.

Se observaban entre ellxs en sus vidas cotidianas, miradas, palabras, vientos que hacían remolinos en las esquinas y abrigaban tibieza que venían trasladados de otros momentos, energías compartidas. Participación.

Ocurrió también similar situación, cuando le entregaron a la hermana del negro un dibujo que había graficado hacía décadas en el Integral. Ella tomó el sobre de papel madera cuando nombraron su apellido, la llamaron con una cálida voz y entregaron evidencias de que el negro había cursado en el establecimiento educativo. Pruebas de su existencia. En el colectivo de línea en provincia, tomó el sobre con sus manos firmes y muy delicadamente lo abrió acariciando, era testigo de un diálogo entre su hermano que era mi amigo y ella luego de décadas de no tener datos sobre su cuerpo. Sus ojos sostenían el mundo y la eternidad del encuentro, un gráfico que había hecho en una clase de dibujo y unos exámenes no recuerdo bien de qué materia. La lágrima que quedaba acumulada entre el vidrio de sus anteojos y la mirada era otra llamada que venía del rizoma de los objetos que nos hablaban aún en silencio.

La última fue la del paredón de la esquina de mi casa donde nos juntábamos a seducirnos los adolescentes durante esa época. En ese lugar de pared blanca, muy blanca, quedaron marcadas las huellas de los cuerpos de mis amigxs. Cuando volví a verla hace un par de años, continuaba encarnados los cuatro cuerpos, estando muy presente.

Al igual que tantos otrxs, como el abanico de mi abuela que resistió al avance del fascismo escondido en un lugar íntimo y seguro o un carnet que seguía intacto junto a los libros enterrados en el fondo de un patio, los modos de presentificación de la historia continúan en una trama vivencial dolorosa y visible.

Es ni olvido ni perdón.

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