Las manos que amasan la vida

Por Liliana Etlis.

Me gustaría que me pasaran situaciones que nunca ocurren por fuera del patriarcado, siendo este solo el construido por una organización social y política donde el hombre blanco en su concepción eurocéntrica tiene el control de la propiedad, el poder y otras formas sobre la misma. Cuando digo propiedad incluye el territorio corporal de mujeres, niñxs y otros sectores vulnerados. Aclaro que patriarcado no es sinónimo de varones sino de dominación de machirulos sobre otrxs.

Entre lo sensible y las ideas que se mueven dentro de mi cuerpo, están atravesadas esas operaciones simbólicas y construcciones que, durante este último año pandémico, limitaron mis formas de  estar dando cuenta en este momento que en el centro de los debates, no estuvo puesta la Vida desde las prácticas sino solamente desde los Discursos, un diseño de control que me doy cuenta mientras escribo, recordando manos que amasan la vida y detenerme además en aquellas que amasando ideas controlan lo viviente.

Observo con un poco de claridad, estas cuestiones iluminadas tal vez por sucesos ocurridos durante esta semana alrededor de la pandemia y la falta de turnos en Caba con la virtual vacunación, ausente para lxs trabajadores de guardias de hospitales públicos como lxs que están en contacto directo con pacientes positivos en covid19.

Los efectos que me producen la falta del ejercicio democrático en esta sociedad porteña, me conducen a ciertos lugares donde la enfermedad y las metáforas se centraron en un período importante no solo en la historia de la humanidad sino en la actualidad, generando discursos donde las construcciones lingüísticas son un subterlugio estrafalario.

El vocabulario como “las células cancerígenas invaden”, “colonizan”, “las defensas del organismo”, el “virus covid19 es el enemigo”, “estamos en guerra”, “al bicho hay que destruirlo”, etc. etc. etc. es un léxico bélico estigmatizando a quien está con una de esas dolencias.

El discurso de la guerra se centra en todo enemigo, pero ¿cómo se llega a esto? Denise Najmanovich, bioquímica y epistemóloga, parte de una matriz generativa que me persuade desde su posición proponiendo una visión diferenciada de la construcción de que donde en épocas de pandemia hay que luchar contra la enfermedad a través de un enemigo, el virus, proponiendo la complejidad y la ciudadanía, esto es el cuidado mutuo.

Del binarismo es difícil escapar si no se tiene otra mirada porque el imaginario social tiene la función de polarizar y no de crear puentes que creo es a los que tiene que ir dirigida la batalla cultural, quedando sino la misma como frase y expresión de repetición y no como un espacio en la mente para posibilitar la reflexión y su práctica y de este modo darle un contenido específico en cada barrio, lugar, comuna. La organicidad es diferente y me pregunto ¿Cómo pasar del malestar que produce un modelo que no sea el hegemónico y atravesar uno que que sea colectivo y comunitario donde se produzca el encuentro con lxs otrxs junto al conocimiento del sí mismo?

En la Grecia antigua no se tomaba en cuenta la participación ni de las mujeres ni de los esclavos ni de los extranjeros, donde en un primer momento los bárbaros eran los que no vivían en ese lugar, sumando la construcción ideológica y política con la herramienta cultural, donde el hombre blanco es El Ciudadano. Posteriormente en el siglo XIX la modernidad le da el status de ser representante del saber, el conocimiento, el poder dando como resultado un entramado de dominación hacia otrxs, formulando un modelo competitivo donde las prácticas comunitarias se irán diluyendo.

La pandemia actual del Covid-19 ha puesto de manifiesto todas estas contradicciones a la hora de tratar una enfermedad que no podemos controlar y que nos paraliza social y económicamente visibilizando principalmente la desigualdad social y agudizando un diseño de control de las cotidianeidades, aislando geográficamente y no socialmente ya que nos seguimos comunicando por otras vías sea por zoom, celular, teléfono de línea y otras incluidas las comunitarias y colectivas que vamos inventando con el tiempo potenciándonos mutuamente.

Conocí fantasmas y vivencias de otros tiempos que traté a lo largo de la circularidad de los vientos. Me ayudó para comprender este estado de cosas muy complejas el poder desnutrirme a través de modos en que transitaba en el ámbito de la salud, del patriarcado occidental y las situaciones binarias, eurocéntricas, porque me colocaban  en un sistema con un orden instituido por formas de vida de mucho sometimiento, impidiendo reflexionar y advertir en la actualidad la resignificación de este vocabulario y sus  prácticas en el Modelo Médico Hegemónico y que lxs que estaban favorecidos por el mismo, han continuado haciendo política sin cambiar sus modos de tomar en cuenta otras prácticas y saberes populares, perdiendo la oportunidad de amasar realidades diferentes.

Una cosa es el binarismo patriarcal y otra cosa es aceptar el disciplinamiento de nuestros cuerpos con el clásico modelo del “ordeno/mando”. No hemos podido elevar en la práctica categorías de construcción feminista, no patriarcales, con una metodología de funcionamiento en redes u otras colectivas, aunque en épocas de pandemia el papel de las vecinxs que han hecho posible la organización alrededor de las ollas populares y del Plan Detectar, visibilizaron parte de los problemas: la desigualdad social.

 Esas nociones de pensar en la intensidad de la vida versus la metáfora del enemigo, del bárbaro, del extranjero, del diferente, del discapacitado, es una construcción identitaria, guerrera, una trampa que afecta el sentipensar.

Eduardo Menéndez cuando debate sobre enfermedad y la curación en la Medicina Tradicional advierte sobre un determinado modo de interpretar la realidad y sus peligros como negar otras prácticas y reducirla a una de sus partes, estas formas tienen consecuencias que se supera si tiene la aplicación de la perspectiva relacional. En todos los sectores sociales se observa la utilización del Saber Popular, aún en los sectores dominantes se advierte la tensión entre hegemonía y subalternidad.

Byron Good agregaba el problema de la creencia y un concepto como el de la cultura influenciando en el paradigma salud-enfermedad, esta última la afectación paradigmáticamente biológica, esto es además del funcionamiento del lenguaje, la creencia en el seno de la tradición racionalista.

Por eso creo que cuando se ignoran cuestiones epistemológicas se reproduce el conocimiento convencional de manera acrítica.

Los programas de salud pública, los miembros de las sociedades a los que van dirigidos no son sacos vacíos. Sus hábitos y creencias constituyen un elaborado sistema cultural. La biomedicina es solo uno de ellos.

¿Cómo comprenderemos la intercultura si no se aplican criterios con otros saberes no biomédicos? Las contradicciones determinan las siguientes incoherencias: afirmaciones universales de la ciencia biomédica, así como también el análisis de representaciones culturales de los sujetos sociales y biológicos desde la misma mirada.

Un error y un horror.

Los problemas del funcionamiento social no son la fuente sino el resultado de las definiciones de la anormalidad. Los mundos donde viven sociedades diferentes no son un solo mundo. La normalidad y la anormalidad son conceptos ligados a la ética, variantes del concepto del bien.

La cultura por lo tanto entramada con la política tiene su base ontológica en el orden del significado y del entendimiento humano.

No hay una sola voz respecto de las creencias en salud y cada perspectiva representa un aspecto significativo de la realidad sea desde disciplinas antropológicas, científicas que son más de una no solo la occidental, morales, etc.     

Lo cotidiano, procesos que deciden situaciones, resistencias, las tensiones que se visibilizan en diferentes sectores, la historia de prácticas anteriores, nada es espontáneo, hay mutuas apropiaciones subalternas dominantes simultáneamente. Las estigmatizaciones, experiencias de padecimiento, diferencias de género, el cuerpo centralizado en las sociedades occidentales como objeto mercantilista, la incertidumbre, la fragilidad de los sujetos, su experiencia, las discriminaciones, la desigualdad social, la violencia y la pobreza son problemas a tener en cuenta como eje en contextos de vulnerabilidad social cada vez más pronunciado, como el análisis serio de las clases sociales, las etnias y el género. Todo esto tiene que estar en los modos en que se hace frente a esta pandemia.

Los complejos procesos de intercambio relacionados al poder y los mecanismos de regulación social articulan valores, normas y funciones y subjetividades que se crean en el calor de prácticas estructurales y no coyunturales, centrando en la convivencia y no colocar el centro en la propiedad privada, sino la vida como propiedad de la naturaleza.

Las complejidades como trama generativa, la vida como convivencia y el cuidado no instituido, no controlado sino cuidado desde la comunidad, mutuo, es una de las salidas posible en las prácticas de la ciudadanía como formas de hacer circular saberes y no como obligaciones de control en publicidades que reproducen matrices que no resultan.

Instalar el eje en la paz y la vida generará una mirada de comunidad donde los efectos serán para construir un futuro mejor para el buen vivir y construir así soberanía, libertad, equidad y solidaridad.