Las cosas por su nombre

Por Gustavo Morato.

En determinadas ocasiones ocurre que las palabras son performativas, es decir que por sí solas  generan  realidad.
Por ejemplo, si tomamos la Biblia,  en el Génesis Dios dice:- hágase la luz- y la luz se hace. Otro ejemplo para los católicos es cuando el sacerdote eleva la hostia en la misa. En ese momento se trata de un simple pedazo de pan,  pero al decir:- esto es el cuerpo de Cristo-,  se transforma efectivamente en el cuerpo de Cristo.
Pongamos ahora un caso de la vida secular. Una pareja acude al registro civil con el objeto de casarse. Cuando el funcionario dice: – yo los declaró casados-, a partir de allí ya son un matrimonio.

Pero no cualquier palabra dicha por cualquiera es capaz de crear realidades.
Suponer que por  el hecho de  denominar barrios populares a los que son Villas Miserias  se transformarán en barrios dignos de ser habitados, no es más  que una absurda operación de marketing, que tiende a ocultar la realidad más que a transformarla.
La pandemia que nos atraviesa, como no podía ser de otro modo, puso de manifiesto el otro rostro de la Ciudad. Aquel que ninguna palabra aún logró performatear.
Habitamos una ciudad bifronte de la que siempre se muestra un solo lado, su mejor perfil. Avenidas, bares, plazas, canteros y bicicletas, vida cultural y brillo.

Es tan así que por ejemplo Juanita Viale, en el famoso programa de los almuerzos se pregunta con naturalidad:  – «pero la Villa 31 ¿a quién responde?», ¿a Capital? ah, a Capital”- se contesta a sí misma.

Creemos que no se trata de una mera distracción geográfica. Su aseveración tiene fundamento.

En su imaginario y en el de aquellxs a quienes está dirigido el programa, es pertinente esa pregunta. Para ellos sólo existe la ciudad blanca, ordenada, con canteros y florcitas.

Volvamos ahora a la pregunta de Juanita: ¿A quién responden esos barrios?

Traducido: ¿si son Villas, debería hacerse cargo la ciudad?,

Los morochos y pobres no pueden ser vecinos de su misma ciudad, aunque estén a cuadras de distancia de sus casas. Seguramente pertenecerán a otro espacio. Uno marrón, viscoso, con “hedor” (como dice Kusch) y también lejano, denominado Conurbano.

Paradójicamente la transmisión del virus en esta pandemia se produjo de la ciudad blanca hacia la morena, de las clases acomodadas que venían del exterior, hacia sus empleadas domésticas.

Mientras tanto escuchamos atónitos a comunicadores que ante el aumento de los contagiados espetan sin ninguna impudicia que el problema es que “los villeros contagian a los vecinos,” ratificando la duda de la pobre Juanita, acerca de si aquellos pertenecen realmente a la ciudad.

Más allá, ha ido la esposa del presidente de Chile, quien, ante la aparición de manifestantes populares por las calles de Santiago, le gritaba por teléfono a una amiga que se trataba de “una invasión alienígena”.

Expresa de ese modo, aunque más exageradamente, la misma lógica de pensamiento.

Los que gobernaron en los últimos años la ciudad, con diferencias, funcionan con una lógica parecida.

Para ellos los vecinos, merecedores de sus políticas públicas son fundamentalmente, la parte blanca, atendiendo marginalmente a quienes habitan en lo que nombran eufemísticamente como barrios populares. Como si con solo nombrarlos de ese modo resolvieran la falta de agua o cloacas y los transformaran.

Dijimos que no cualquier palabra es capaz de crear realidades. Llamar barrio a la villa no la transforma en barrio, ni loar a la salud pública la fortalece mientras se reduce el presupuesto para la atención de los hospitales de la ciudad con la excusa de que los vecinos, no los utilizan, salvo emergencias.

El Covid 19 puso en claro la importancia de contar con un sistema de salud pública porque es el único capaz de coordinar y atender al conjunto.

Al mismo tiempo reveló las falencias  del sistema de la ciudad que hizo que en el lugar más rico del país y uno de los más ricos de América Latina tuviera  que intervenir la nación para poder enfrentar la crisis.
Si la pandemia es una oportunidad para demostrar el valor de lo público, cabe esperar que nos ayude a reflexionar sobre la importancia y la oportunidad de  reconstruir  una comunidad más integrada.

Ni la seguridad ni la salud de nadie serán posibles en una ciudad fragmentada con sectores marginalizados.

Es de esperar que esta experiencia nos sirva para recuperar una palabra creadora, refundante de una sociedad heterogénea pero vivible para todxs, que encarne el principio de que “nadie se realiza en una comunidad que no se realiza».