La suavidad de la alegría

Por Liliana Etlis.

Ese día era particular. El barrio estaba impregnado con un aroma a tilo, se percibían, además, los tonos que conservaba desde hacía tiempo las paredes de los almacenes, las casas, los árboles, un color carmín muy claro que teñía hasta las costumbres cotidianas a través del tiempo.

Estaban por acontecer las fiestas de fin de año y las personas se movían con otra lógica, el barrio estaba alrededor de los saludos y los deseos del buen vivir, compartir en aquella mesa que colocaban en el medio de la calle Gobernador Castro y Ucrania en Villa Adelina, era un ritual vecinal. 

Doña Chola preparaba su estómago desde temprano para llenarlo con las delicias pasteleras que acostumbraba preparar todos los años con el orgullo del privilegio por sus delicias que su familia aplaudía, Dolores elaboraba unas pastas hechas artesanalmente horas antes para que la masa descansara y tomara el aire, como si estuviese esperando ser metabolizada por las bocas anchas, Doña Julia quien cocinaba comida árabe para compartir, Sofía que armaba con paciencia las empanadas tucumanas con la carne cortada a cuchillo y cebolla, extrañando a su amiga Pirula quien vivía en Salta,  Lita la peluquera, que traía la receta en su corazón desde su Alemania natal, un strudel preparado con manzanas verdes, un toque de ron y canela, Doña María la que lava, quien se distinguía de Doña María la polaca por su función en el barrio, una era la que lavaba en tachos enormes de Zinc donde remojaba las sábanas a diferencia de la campesina quien regalaba a lxs niñxs, huevos recién salidos del gallinero que tenía en un sector del terreno. 

Generalmente los varones de la calle se ocuparían de colocar los caballetes y la tabla para preparar una mesa donde entrarían lxs vecinxs y buscarían las sillas para sentar a las familias que recorrían andares durante el año.

Lxs adolescentes seducían a través de miradas oblicuas ayudadas por minifaldas, shorts cortos, pelo largo, música donde convivían el ritmo pop, rock, las de protesta, tango y Zamba de mi esperanza.Ellxs se encargaban de las bebidas que compraban en los de Caruncho.

Esa noche de estrellitas encendidas que iluminaban cielos de utopías, se juntaban los delegados de la fábrica, Don Aurelio quién arreglaba los resortes de los colchones de lana, el cartonero quien recogía las inutilidades de la basura que se acumulaba y por arte de magia las transformaba en objetos para ser utilizados en algún lugar, Don Alberto quien tenía auto y su arrogancia era invisibilizada, doña Julia la del kiosco, única vecina con teléfono. Las mujeres sostenían en una bandeja de piedras preciosas, las utopías y las servían junto a la comida.

Masticábamos ilusiones, sensibilidades, escuchas y realidades pluriversales.

Se iba poblando de afecto la suavidad de la alegría, una mesa donde el lazo social era una trama donde entrábamos apretaditos las ideas, los cuerpos diversos, los sentimientos, y el relato de historias que venían desde el norte y desde el otro lado del océano.

Pasaron los años, las décadas, quedaron restos en una pared donde se juntaban a cantar Jorge, los hijos de Manzi, la bailarina, la de la vuelta del almacén, Alfredo, el primero que hizo el servicio militar en el 601 , la Norma quién por castigo por un embarazo no esperado, los padres no soportaron la vergüenza y la llevaron de la mano a la zona más marginal del barrio.

En esa pared quedó grabada la suavidad de la alegría, ellxs ya no están porque sus voces fueron anudadas para que callaran, pero quedaron en el aire en un envés casi invisible.

El color carmín que se percibía del barrio, el aroma a tilos nacientes, la blandura de las lenguas que hablaron fuerte y dejaron huellas en el denso aire y la tersura de las pieles ausentes de arrugas, florecieron y dicen que están preparando un fin de año resistente.

La bella esquina de la memoria se transformó en la bella esquina del sentipensar también el mañana.