La sangre de los enfermeros

Por Silvina Caputo.

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Los enfermeros y las enfermeras fueron esta semana el nuevo enemigo interno. Al menos el de Larreta, que no tuvo empacho en mandarles a su bien pagada policía para que los reprimiera por un supuesto intento de toma de la Legislatura.
Las imágenes de las enfermeras esquivando palos como consecuencia de la violencia institucional porteña en plena pandemia, no hablan sólo de que algunos creen que esas épocas no han terminado, sino de la falta de la mínima empatía que tienen los gobernantes capitalinos hacia quienes no sólo ponen el cuerpo donde lo tienen que poner, sino también el alma.
El alma que se nos rompió a todos los biennacidos que observamos a una enfermera sangrar por los golpes de un uniformado. Y después, el escudo policial manchado de esa misma sangre. Un escenario que  -como era de preveer-, no terminó allí sino que continuó con el anuncio de un paro, el próximo 1 de octubre.
Imágenes que se pudieron ver sólo a través de las redes sociales y que llegaron a quienes tenemos la suerte de poder ver la realidad a través de los medios alternativos ya que ninguno de los medios tradiciones hizo ni una sola referencia al respecto. Cuando la pauta habla, los periodistas se callan.
La adinerada policía del alcalde pega mientras él sigue sin resolver las demandas de enrolar a estos trabajadores por fuera de un estatuto administrativo y genera nuevos problemas y escenarios que tal vez le permita descargar aún más violencia, su única forma de hacer política pese a la palabra diálogo, de tanto repetirla, se le pudre en la boca.
El paro del 1° de octubre será para reclamar el reconocimiento del trabajo de los enfermeros y enfermeras dentro de la categoría de profesionales de la salud, mejoras salariales, y repudiarán la represión vivida.
Como si fuera poco, a los dos días, nos enteramos que el gobernador de Jujuy Gerardo Morales, el amigo de Macri -o al menos el mejor alumno que debutó con la detención de Milagros Sala- denunció ante el Poder Judicial (que le es servil), a enfermeros y personal de la salud de esa provincia por haber formulado declaraciones en los medios sobre la mala situación sanitaria y el «absoluto desprecio» del ejecutivo provincial contra los trabajadores del sector.
Incluso llegó a hacer descuentos en los salarios de los profesionales que debieron guardar aislamiento por haberse contagiado con el coronavirus, o por aislarse al haber sido contactos estrechos de personas contagiadas.
Si, el mismo gobernador que se sacó de encima a 61 inmigrantes en Jujuy, apenas entendida la gravedad de la pandemia, y los depositó en un micro para sacarlos de su jurisdicción.
Así estamos. Evocando en algunos lugares -donde el macrismo es más que tendencia- la formación de enemigos internos, como lo hicieron desde la gestión nacional cuando fueron gobierno con los estatales, los docentes, los jubilados y los jóvenes.
En el peor momento de la pandemia, el macrismo que en un primer momento llamaba a aplaudir a los médicos-a fin de desviar la atención de la buena gestión nacional contra la propagación del virus- hoy llama a agredirlos, a estigmatizarlos porque resulta que además son trabajadores y necesitan ser valorados.
Al parecer la enfermedad no se llama coronavirus, se llama utilización política y desprecio social.

Mientras tanto, el Colegio de Enfermeros de Jujuy acudió por cuarta vez al presidente Alberto Fernández para reclamarle su «directa intervención en la conducción de la salud pública” porque afirman que «muchos de los argentinos que residimos en este lugar nos estamos muriendo por la total falta de asistencia”.