La Pandemia del olvido

Por Silvina Caputo

La pandemia del coronavirus azotó todo. Se llevó desde los gestos básicos con los que nos relacionamos con nuestros seres queridos hasta las prioridades que teníamos como Nación. Porque en esta etapa, luego de la destrucción de nuestro país producto de las políticas neoliberales a manos del gobierno de Cambiemos, la Argentina tenía la tarea de reconstruir no sólo una Patria devastada sino también las bases y los valores que se empeñaron por hacer desaparecer los que vinieron a decirnos que tanto derecho adquirido, era un mal que se había enquistado hacía 70 años, menos metafóricamente, con el peronismo.

Estos nuevos tiempos, colmados de alcohol en gel (que siguen sin aparecer por la viveza de quienes tienen el monopolio del mercado), pasamos de analizar el pago de la deuda (que nos dejaron a cien años), a hablar de barbijos, y ¡decí que, en el medio, Alberto fue lo bastante certero como para devolvernos el ministerio de Salud!

Ya nadie recuerda las vacunas que habían dejado varadas en la Aduana los administradores del pasado, porque ahora las que importan, son esas aún no descubiertas, que -como siempre- serán tarea de los científicos argentinos, que hasta hace cinco meses nos dábamos el lujo de echar. Porque la ciencia no era rentable, porque el futuro, no existía.

Pero el sentido común instalado desde los medios hegemónicos continúa su trabajo sobre la amnesia colectiva, que en un punto, tan bien les viene. Hoy ese saber de la «gente», acepta una cuarentena porque no tiene nada mejor que proponer, pero se rasga las vestiduras porque resulta que, en medio de tanto desastre y tanta asistencia y presencia del Estado, alguno no previó que los jubilados se iban a juntar en las colas de los bancos.

`Quieren matar a los abuelos`, bajan como mensaje, los mismos que impulsaron la baja de las jubilaciones y las llevaron adelante cuando fueron gobierno, luego de llenarse la boca durante la gestión de Cristina Kirchner, con el famoso 82 por ciento móvil.

Pero mejor de esas cosas no hablar, hablemos del aplauso genuino que se merecen los médicos, aunque ojo, no nos confundamos, no aplaudimos a Alberto. No sea cosa que se agranden, y por eso se mezcla casi sin querer algún que otro cacerolazo que recuerda que siempre estarán ahí los que protestan, esos que, de tan llenos, no se animan a decir qué es lo que les falta.

En nombre de lo que debe ser realizado, esos mismos sectores buscan anular la memoria de lo que fue una gestión basada en la meritocracia, el bien individual y el egoísmo más bajo, perfilado en actitudes como la de comprar ese papel higiénico que nunca llegará a ser utilizado y que, así y todo, no alcanzará para limpiar tanto excremento colectivo impulsado desde las letrinas de siempre.

Pero la realidad se entromete en el pensamiento, en los recuerdos, y el más de un millón y medio de infectados que se está cobrando en el mundo el coronavirus, no permite ver con claridad. Sumado, a los que prefieren cambiar esa agenda prevista de recuperación de dignidad, de trabajo, de valores.

Esa confusión se evidencia cuando un policía de la Ciudad le pega a un indigente porque resulta que está violando la cuarentena. El tipo duerme en el piso de la calle, y puede contagiar, entonces, le pegan. Es que todavía la tarea de reeducación de las fuerzas (que en solo cuatro años retomaron lo peor) no ha podido ser realizada, y está ahí, entre los deberes. Pero no hubo tiempo.

Por eso mismo, alguno juega a las internas políticas con sus amigos proveedores del Estado, y compran alimentos a valores superiores a los precios máximos establecidos por el mismo gobierno, olvidando también, que ahora no, que esas costumbres terminaron.

La pandemia del olvido de la agenda que teníamos para levantar el país está ahí, pero tenemos una a favor. Pareciera… pareciera, que quien administra finalmente lo que debe ser cambiado, no la ha olvidado.

Las medidas tendientes a aliviar a los sectores más rezagados como el Ingreso Familiar de Emergencia, la apertura de hospitales para prevenir la atención del virus, el empoderamiento de los intendentes para que controlen los precios en los comercios de sus municipios, la implementación de cuentas bancarias sin tarjetas de débito realizada por el Banco Provincia para evitar que las personas salgan de sus domicilios, las decisiones de proteger los servicios básicos como la electricidad y el gas en el marco de la pandemia, son algunas de las pruebas.

A la vista salta que ese olvido no será el que nos mate. Pero puede serlo el otro. El silenciado por los medios, el del ciudadano de a pie que sigue discriminando, que sigue pensando en sí mismo, que sigue repitiendo lo que le dice el señor de la televisión.

Será tarea entonces, al menos, durante este tiempo de aislamiento colectivo, de recordar más que nunca cuál fue el punto de partida. Cuál fue el primer virus.  Y evitarlo, y vacunarnos, para que nunca más, vuelva a infectar a la Argentina.