La oposición de palabras violentas

Por Hugo Gulman.

La confrontación democrática se encuentra en un punto límite, riesgoso de atravesar. Además del atentado contra Cristina Kirchner, en la región poco antes se registraron hechos de violencia contra Lula y Gustavo Petro, que afortunadamente tampoco llegaron a concretarse.

Sin embargo, dos datos emergen de manera irrefutable. El primero es que las agresiones siempre llegaron desde la derecha, contra figuras populares que están gobernando o lo han hecho y tienen probabilidades de retorno al poder. Otro dato, en el caso de CFK, es que no todo el arco político expresó su rechazo, incluso un sector organizó una intensa maquinaria comunicacional dedicada a relativizar y minimizar el atentado, especulando con que fue ‘armado con fines políticos’.

La llegada de los poderes reales a la vida política de manera directa, activa y frontal y no a través de partidos y sectores que anteriormente los habían representado, lo hizo acompañada por una escalada verbal estudiada, analizada en focus groups, segmentada y plagada de conspiraciones que no sólo tendieron a despreciar todo lo vinculado a lo popular, sino que lograron que grandes sectores populares también  lo repudiaran.

En épocas de gestiones neoliberales, incluso, los dirigentes que representaron a esos poderes catalizaban la fuerza y las intenciones del mando real con las necesidades de abrir los bolsillos y ‘soltar un poquito las manos’ con el fin de preservar el control social y renovar los mandatos.

‘Sueño con un país sin peronistas’, dice La Belgranense en twitter. Enrgúmena macrista se auto define como Troll ad honorem. Y son sólo una mínima muestra de tuiteros desconocidos que se multiplican en las redes a partir del enorme armado gestado por Marcos Peña, inspirado en ideas propias, de Durán Barba y otras firmas, siempre amplificadas por los medios de comunicación amigos.

La escalada de la violencia verbal, que acarrea riesgos concretos ya materializados en muchos países, está inmerso en el nuevo mundo digital. Este contexto está afectando cada vez más a la vida política, reforzando la desinformación disfrazada de información.

La incidencia de fakes, trolls, provocaciones, distorsiones y promesas que nunca se cumplirán, derivaron en que un numeroso sector de la población empatizara con los verdugos y odiara a quienes ampliaron sus derechos.  

En el caso del atentado contra CFK no alcanzaron las decenas de videos que muestran al agresor y a su novia, la confirmación de que se trató de un arma real y cargada, el sonido de los disparos, las municiones halladas en el domicilio, las mentiras de su compañera y el resto de las pruebas. La oposición volvió a la carga comunicacional, atribuyendo el hecho a una escena montada con fines electorales. ¿Será sencillo conseguir alguien que asuma pasar veinte años en prisión, en cumplimiento de los fines electorales de una figura a la que desprecia y odia, según exhibe en sus redes?

El atentado -y esto también es violencia- no contó con el rechazo de figuras importantes de la política, como la jefa de la oposición, pero tampoco hubo un repudio manifiesto por parte de la DAIA, que como afirma Jorge Elbaum, en los últimos años se ha convertido en el brazo político del PRO, ya que  consideró que hacerlo hubiera expresado una acción partidaria, omitiendo que lo primero que se supo del agresor fue que tenía tatuado un símbolo nazi.  También resonó el silencio desde la Mesa de Enlace y la tibieza del comunicado de la Corte Suprema abrió dudas acerca de su sinceridad.

Los actos comienzan cuando se terminan las palabras, dogmatizan los psicoanalistas. Llamativamente, Larreta, Bullrich, Macri, Iglesias, Lombardi y otros dirigentes opositores invocan la necesidad de diálogo y consenso, pero se niegan a concurrir a las invitaciones, en el caso del jefe de gobierno, o debatir, a quienes les corresponde, en las instancias legislativas.

Asimismo, desde diciembre de 2019 advirtieron que se negarían a dar el debate en ambas cámaras y bloquearían los proyectos del oficialismo.

Ellos o nosotros, justicia o corrupción, muerte a la cretina y otras consignas acompañadas de ataúdes y guillotinas, no prosperarían si la democracia contara con el límite unánime de todos los sectores de la vida política.

La oposición de palabras violentas puede estar tranquila. Aunque estimulada por comunicadores de palabras violentas, con sueldos y sobres abultados que pagan empresarios de silencios violentos, y replican y estimulan redes-cloacas violentas y colmadas  de amenazas y más palabras violentas, puede estar tranquila. Aunque suba su apuesta mediática de odio las balas no apuntarán contra ellos.