La discriminación es peor que el Coronavirus

Por Claudio Romero

Diputado de la Ciudad

Como en pandemias anteriores, más graves o más leves, el actual estrago que está causando el COVID 19 desnuda frente al aislamiento obligatorio, la amenaza de un dolor físico desconocido y el temor a la muerte, las más profundas miserias humanas, entre ellas la discriminación más insensata.

La expansión desmedida de una epidemia viral de origen incierto provoca fuertes impactos en todos los aspectos de la vida: plantea dilemas sobre la convivencia humana, convulsiona las relaciones sociales y hasta pone entre paréntesis las cuestiones de la fe. Así lo confirma el profesor de Historia de la Medicina Frank Snowden en su último libro: “Epidemias y sociedad: de la peste negra al presente”.

Las consecuencias de la adversidad son disímiles y así como genera enormes gestos de solidaridad en todos los niveles, también activa su polaridad, el egoísmo, traducido en rechazo, expulsión, incomprensión y agresión. Se puede ver en nuestro país cómo diluyó –aunque fuere momentáneamente-  los bordes de la grieta política y postergó mezquindades políticas con el objetivo de enfrentar  una amenaza mundial, mientras por otro lado algunos vecinos anónimos pegaban carteles pidiéndoles a médicos y enfermeros que atienden a los contagiados  que se fueran del edificio donde viven.

Snowden asegura en su análisis que las enfermedades infecciosas masivas siempre influyeron en los vínculos humanos, en la cultura, la política e incluso en las guerras. A su juicio revive un viejo duelo de tiempos de epidemias, entre «lo mejor y lo peor de la humanidad», y paralelamente producen cambios notorios en el arte, la cultura, la economía, la arquitectura, la demografía y la planificación urbana.

A poco de aparecer el Covid 19, en el comienzo de la tercera década del siglo XXI nadie en el planeta Tierra se acordaba que cada cien años exactamente una plaga desconocida avasalla a la población mundial. En 1720 se dio la peste bubónica por la picadura de pulgas que mató a unas 100 mil personas en Marsella. En 1820 atacó la pandemia de la bacteria del cólera en Asia, Tailandia, Indonesia y Filipinas dejando también 100 mil muertes. En 1920 la humanidad luchó contra la gripe española, un tipo H1N1, una mutación genética de la gripe que infectó a 500 millones y mató a más de 100 millones de personas. Hoy, en 2020, el COVID 19 se originó en China, se expandió por todo el planeta y el mundo entero entró en una cuarentena que aún no trasparenta sus consecuencias en números finales de contagio y muerte en más de 170 países.

Las transformaciones que dejan las pestes biológicas son más bien internas en los seres humanos, y los cambios evolutivos de la humanidad -como los industriales y tecnológicos- se ven mucho después de que los seres humanos hacen un trabajo interior tras un sufrimiento masivo.

Algunas epidemias generalizadas dejaron historias de guerras, revoluciones y crisis económicas con altos costos. En otras ocasiones surgieron como consecuencias de esos conflictos. En ambos casos las epidemias fueron hechos que hablaron por los humanos, evidenciaron en un instante los errores generacionales, hicieron tambalear las creencias y los valores, y pusieron a prueba la capacidad colectiva de actuar frente al conflicto.

Durante las pandemias los protagonistas son los enfermos contagiados, los que tienen la mala suerte de padecer la enfermedad, los que mueren. Junto a ellos se levantan las vocaciones profesionales por la salud para intervenir en la relativa posibilidad de salvar la mayor cantidad de vidas. Se abre en ese escenario un abanico de solidaridad para asistir a los más desvalidos. Surgen la ayuda, la contribución, las donaciones, y las reglas para que el mal resulte menor. Aparecen los riesgos económicos nacionales, la pérdida de millones de empleos, la incertidumbre sobre el futuro de las generaciones más jóvenes y la supervivencia de los mayores. Conviven en el mismo territorio los padecientes y los solidarios con los imbéciles, los ignorantes, los desconsiderados, los corruptos de espíritu que, por un miedo insuperable a la muerte, castigan y expulsan a quienes actúan valerosamente y se involucran con la tragedia mundial.

“Si es profesional de la salud, médico, enfermero, que atiende a los enfermos de Coronavirus, váyase del edificio”, dicen carteles en los ascensores acusando a los profesionales de asistir al prójimo. “Fuera, asesina”, “ándate de acá, que nos vas a matar a todos”, “hija de puta, a vos hay que matarte”, son algunas de las frases que le escribieron por las redes a Marisol San Román, una joven atacada en forma virulenta por el COVID 19 que recayó tres veces. Un joven de Rosario, cuya foto fue distribuida por toda la ciudad, con su dirección y un llamado a no comprar más en su carnicería, había sido hisopada por precaución y le dio negativo. A dos personas de Entre Ríos que habían estado de vacaciones en Brasil les tiraron piedras contra el frente de su casa, los escracharon por todas las redes sociales y los amenazaron con prenderle fuego la casa.

“Vecinos generan odio en mi contra por tener coronavirus”, dijo Rodrigo Fragoso, productor de TV, en un video de YouTube. “Todos estos días, hasta el día de hoy, la administración no ha permitido que mis familiares y amigos ingresen al condominio a dejarme víveres”, contó Fragoso, paciente diagnosticado con coronavirus en una entrevista para Infobae México. El primer acto que Fragoso identificó como incorrecto fue cuando la administradora de su condominio y otro vecino, lo llamaron para decirle que se tenía que ir de su casa e internarse en un hospital, a lo que se negó. La encargada le aseguró que todo estaba resuelto y que no tenía de que preocuparse. Sin embargo, minutos más tarde, Rodrigo se percató de que los vecinos habían echado cloro al interior de su departamento.

“Tiene coronavirus, no quiero comer”, le gritaron los compañeros de colegio y los padres a Anna Liu, hija de un comerciante chino radicado hace varios años en el país, por llevar comida donada por su familia para cubrir el faltante de copas de leche que el gobierno de Chubut no envió a una escuela de Trelew. “Los chicos de la escuela le dijeron que esa comida era china, que tenía coronavirus, que no querían comer porque se iban a contagiar, algunos incluso hasta tiraron la comida a la basura”, dijo Natalia -mejor amiga de Anna- en la red social antes de que su propia madre denunciara a la familia china. La discriminación contra los chinos no es exclusiva del país, en Estados Unidos el mismo presidente bautizó al COVID 19 como el “virus chino”, estigmatizando de ese modo a la raza amarilla y colocándola en el lugar de la culpabilidad.

Aquí, en Argentina, el ocultamiento de las cifras por miedo en las intendencias bonaerenses es tenebroso. El intendente de la ciudad de Dolores se peleó con el ministro de salud provincial para sacar de la ciudad a un enfermo de COVID 19 que había viajado al exterior y poder decir que “en Dolores no hay coronavirus”.

Una advertencia: la estigmatización hará que las personas oculten la enfermedad para evitar la discriminación, no consulten al médico inmediatamente y los desaliente a someterse a comportamientos saludables, como señaló la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Snowden confirmó que “un hilo conductor en la historia de la epidemias es la búsqueda de chivos expiatorios, de cazas de brujas”, y es lo que estamos viendo. La peste negra generó programas antisemitas, oleadas de xenofobia. En otras pandemias se repitió la persecución a extranjeros acusados de la enfermedad, y en la actual prendió la retórica antiinmigrante en los Estados Unidos.

Sin embargo, entre las cosas buenas que deja la pandemia Snowden asegura que trae desarrollo en la salud pública, aunque advierte que “a menudo, como civilización hemos reaccionado a estos eventos invirtiendo enormes recursos cada vez que hay un brote. Pero tan pronto termina, retiramos a los centinelas y no seguimos invirtiendo de manera sostenible”.

Finalmente dice que el COVID 19 se diferencia de las pandemias anteriores en el sentido de que es una enfermedad alimentada por la globalización completa, junto con un transporte aéreo rápido para millones de personas. Por eso considera que “es algo nuevo y, por lo tanto, parte de las vulnerabilidad del final del siglo XX y principio del XXI.

Este debería ser el punto de inicio de un debate mundial acerca de qué estamos haciendo con la vida humana y el cuidado del planeta Tierra.