La destrucción mediático – “intelectual” del estado de derecho

Por Maximiliano Rusconi.

En ocasiones muchos tenemos la sensación de que la agenda sobre la reforma judicial que hay que encarar surge de modo evidente de aquellos puntos de partida que instalan los grandes medios de comunicación. Mi primera e inmediata respuesta a esta sensación debe ser clara y enérgica: los grandes medios de comunicación nos invitan a un camino que, sin lugar a dudas, concluye en el desastre más dramático. Las razones que explican esta respuesta son varias y de índole diversa.

Deberíamos comenzar por reconstruir el escenario que rodea a los grandes grupos económicos que son dueños, visibles o no, de lo que tecnocráticamente denominamos como multimedios. Hubo un momento, en la historia de nuestra civilización, en el cual estas empresas advirtieron que podían pasar sin solución de continuidad de ser meros descriptores de la realidad a ser los protagonistas de la construcción mediática de otra realidad, una hecha a medida de los intereses que representan. Debo decir que lo lograron: cientos de millones de personas, eventualmente con cierta formación intelectual, creen que lo que leen es la verdad y también están convencidos de que lo que no figura en “letras de molde” de ningún modo es parte de esa verdad.

Claro que los medios en esta denigrante función destructora de las consciencias comunitarias no están solos. Un grupo cada vez más amplio de pseudo intelectuales, malas copias de profesores universitarios, divulgadores de ocasión, sistematizadores de falsas obviedades aceptan día tras día las invitaciones a escribir disparates de 3000 o 5000 caracteres con la única exigencia de que sean funcionales a los poderes e intereses que operan como mandantes de estos inefables multimedios.

Normalmente estos pseudo intelectuales no tienen ningún prestigio en la vida académica a la que dicen pertenecer. Pero ello a nadie parece importar: particularmente no interesa a ningún periodista que sólo debe poder cumplir la función de partenaire del impresentable convocado para engañar a la comunidad con fraudulentos sostenes de autoridad.

Estos medios y esos proyectos de joker del poder, reciben el estímulo de un conjunto, menor pero influyente, de funcionarios judiciales que solo desean que sus decisiones agraden a los poderes (económicos o institucionales) y para asegurarlo adelantan sus conclusiones para que los medios preparen el terreno y preinstalen la idea de que su decisión, por antijurídica que fuere, es la única solución justa. De un modo u otro gran parte de la comunidad está preparada para creer solo lo que digan esos medios de comunicación.

Algunos le han creído a los grandes medios cuando estimulaban la necesidad de encarcelar sin juicio (violando el principio de juicio previo), otros confiaban en la certeza de los titulares impresos de la mañana cuando afirmaban que era un imperativo ético de los legisladores quitar entre gallos y medianoche a un diputado en ejercicio sus fueron para posibilitar que un juez lo encarcele en el marco de una causa en la que ni siquiera había sido indagado y en la que el propio juez había reconocido que no advertía aún ninguna irregularidad que imputar.

Un grupo de ciudadanos bien informados confiaron en “prestigiosos” periodistas y extravagantes “juristas” quienes en relatos de ficción hicieron creer que un empresario de la construcción que viajaba en avión desde su sureña provincia para cumplir con un llamado judicial se estaba fugando a un destino incierto y por lo tanto fue correctamente detenido por las autoridades que hacia un rato largo esperaban en el “incierto” aeropuerto de San Fernando.

Casi nadie dudó sobre el lugar donde se encontraba el orificio de ingreso del proyectil que causó la muerte de un fiscal, según el relato que una maravillosa y creíble jueza federal le hacía una y otra vez a los inquietos y objetivos comunicadores de los multimedios. Pero tampoco a nadie le interesó confirmar si esa gestual y fantasiosa descripción tenía algún asiento en la triste y muy distinta realidad.

Una multitud sigue repitiendo que un ex ministro fue condenado “por la tragedia de Once”, en el medio de gritos infra – argumentales de especialistas de coyuntura. A nadie le interesa escuchar, comprender y comunicar que, por el concreto hecho de la tragedia, ese Ministro fue absuelto y esa absolución fue confirmada en la inefable y empática cámara federal de casación penal (la misma que tanto favor le ha hecho al deporte en la localidad de Olivos).

Muchos creen, siguiendo a la verdad publicada, que los policías que disparan por la espalda, en plena huida, en vez de detener y llevar a juicio a los supuestos delincuentes deben ser felicitados, mientras que otros, leyendo los mismos periódicos, están convencidos que es correcto interceptar las comunicaciones de los detenidos en prisión preventiva con sus abogados.

Un amigo alguna vez me dijo: “fulano no perdió el norte, directamente perdió la brújula”. Me temo que a muchos les ha pasado lo mismo.