La desinformación también es un negocio

Por Dra. Alessandra Minnicelli.

ESCUCHÁ A ALESSANDRA “LALI” MINNICELLI ACÁ.

Escuchaba días atrás en la radio a Daniel Tognietti en su programa señalando algo remanido y siempre vigente, el poder de la información y de la desinformación y surgió así el título de mi artículo de hoy para Identidad Colectiva.  No voy a hablar especialmente de monopolios y medios de comunicación, tampoco de tergiversación de información, ni de fake news, no, hoy quiero señalar la falta de esfuerzo y seguramente de inversión para producir información desde el Estado.

Desde los tiempos de las plataformas de georreferenciación, que permitían ver avances de ejecución de obras en tiempo real (no hace mucho, Minplan 2011) a hoy, se ha provocado un proceso de deterioro de la Administración Pública (me centro en la Nacional) que invalida – entiendo que adrede, porque con oscurantismo gobierna la derecha – la producción de información en cantidad y en calidad.

La información, que es una necesidad requiere inversión de recursos – no los hay y no se verifican direccionados presupuestariamente -, para producir más y mejor información, requiere de una cobertura geográfica y que esta sea conceptual. Estoy dejando de lado específicamente la tarea técnica del INDEC para ponerme en el lugar de ciudadano votante que indaga sobre objetivos y metas de gestión.

La generación de información desde los organismos de la Administración Pública Nacional, es escasa, cuando no, solo relativa a gobierno electrónico o contacto ciudadano, basta recorrer los portales. 

Cuando no hay oferta de información no hay estadísticas a disposición, ni para el público, ni información cruzada relevante entre las áreas de gobierno, el sector privado y la sociedad y esto imposibilita toda gestión idónea y oportuna que atienda los temas que importan en términos de bienestar general.

Generar información y con ello producir estadísticas o indicadores es darle sentido a la información, es hacerla útil para tomar decisiones y conocer mejor la realidad de nuestro país, porque la meta es que la información desde el Estado impacte en la vida de cada uno de nosotros.

Y a su vez, si hay información idónea, oportuna, precisa y concordante y esta no se comunica eficazmente, estamos ante un segundo problema, porque la comunicación es un proceso de ida o vuelta, siempre está uno que la emite y otro que la recibe.

El que la emite, -y esto palabras más palabras menos es de entendimiento universal – “tiene que comunicar sus cifras y datos de manera oportuna, clara y accesible, emplear diversas salidas de la información para atender a distintos tipos de púbicos (o usuarios), transparentar sus metodologías, acompañar las cifras con metadatos y ofrecer herramientas que faciliten el acceso a la información y su uso. Quien la recibe, por su parte, puede hacer un mejor uso de ella, si tiene acceso a las herramientas y los medios técnicos adecuados para usarla.

Usarla es contrastarla, controvertirla, oponerla frente a la mentira mediática e incluso aplicarla razonadamente en una discusión informal o en una tarea académica de esa forma se va tomando conciencia y creando cultura sobre la información y el uso e importancia de la misma y se convierte en conocimiento.

Cada gestor público- en los tres poderes del Estado -, sin duda tiene la obligación de producir información, para utilizarla como insumo para tomar decisiones que le permitan lograr sus objetivos. Para producir esa información debe aplicar las mejores metodologías y técnicas disponibles y usar la mejor tecnología y personal, posible dentro de sus limitaciones presupuestarias y debe implementar controles de calidad en los procesos de generación de información para no distorsionarla.

Pero, además, hace falta, que la información llegue eficazmente a sus destinatarios finales y que éstos, a su vez la utilicen eficazmente. Y es ahí donde la información “es poder” para cambiar las cosas y es “negocio” para ocultar o mentir.

Cuando los mecanismos de comunicación no permiten ver u ocultan lo que los indicadores nos indican, no solo no se entiende la realidad, sino que fomenta la desculturización y el disvalor sobre las estadísticas y los datos, y promueve las mil formas de desinformación en redes sociales, hoy herramientas “imaginativas” y “amigables” que facilitan tergiversar y direccionar la información.

Hay una tarea por delante, no solo de generar información, sino de sistematizarla, de aplicarla sobre indicadores y estadísticas para la toma de decisiones y también para acercarla al público en general, al usuario común ayudándole a entenderla mejor, a conocer sus fortalezas y debilidades, a usarla de manera juiciosa, a desvanecer mitos y malos entendidos.

Sabemos que el uso inadecuado de indicadores de coyuntura es moneda corriente hoy en muchos analistas económicos, funcionarios públicos, periodistas, pero sabemos también que del otro lado hay mucha gente interesada y bien intencionada en dar un seguimiento puntual a los temas que hacen a la realidad económica de nuestro país , y que hay maestros y estudiantes que necesitan más y mejor información, para que el desarrollo económico , social y democrático de nuestro país no sea una quimera y no se lea solo en las redes sociales .

Y desde ya, la condición necesaria y suficiente para que esto ocurra desde el Estado, es también la posición monopólica que ejercen las empresas y agrupaciones de medios que hegemonizan el proceso de desinformación.