La creatividad al palo

Por Claudio Romero. Diputado de la Ciudad.

Si es por inventar, a los argentinos no hay quien nos pise el poncho. Nuestra imaginación supera cualquier otra. La imaginación es un proceso mental por el cual creamos imágenes y circunstancias, y para eso se necesita inteligencia. Desde su excelso nivel, Alberto Einstein dijo entre tantísimas otras cosas que “la creatividad es la inteligencia divirtiéndose”.

Esto última calza perfecto en nuestras cabezas argentinas, nos divierte imaginar, inventar, somos particularmente ingeniosos para encontrar soluciones a todo lo que se presenta. Nos divertimos, pero no siempre usamos la inteligencia y terminamos enredados en un instrumento en particular: las palabras. Amamos las palabras y hablamos, inventamos términos, queremos dignificar los conceptos, disfrazándolos. A veces nos va bien, otras no tanto.

La pandemia nos vino como anillo al dedo para desplegar, como si fuera la cola de un pavo real, lenguajes diversos sobre la enfermedad y la economía. El año 2020 será nominado nacionalmente como el año en que los argentinos inventamos 8 tipos de dólares, 9 tipos de aislamientos, 16 grupos etarios para detectar patrones, 8 extensiones de cuarentena hasta el 21 de junio, 4 aplicaciones tecnológicas distintas para sacar permisos, 24 subgrupos de actividades esenciales, 31 subgrupos de exceptuados, 71 permisos de circulación además del permiso especial por única vez, el permiso por 48 horas, y los permisos truchos que nunca faltan. Para obtenerlos hay que pasar irremediablemente por una de las cuatro apps: Mi Argentina, Circular, Trenes Argentinos y Cuidar; éste última causa un poquito de escozor porque tiene unos rasgos disimulados de vigilancia.

Tato Bores se haría un festín con todo esto y confirmaría que está viviendo en otro tiempo de la historia, en un futuro incomprensible. Dudaría en sus excavaciones acerca de si está redescubriendo la Argentina o accidentalmente fue a parar a un territorio de otro planeta donde el lenguaje y las percepciones son extraterrestres, y llegaría a la conclusión de que esa población quedó así por efecto de una pandemia generada por un bicho llamado por la gente “coronavirus” cuando en realidad ése era el nombre de la enfermedad y no del virus. Dicen que el “Coronaviridae”, “CoV”, o “Coronavirus”, se denomina así por las extensiones que tiene su núcleo y son semejantes a la corona solar. No es un invento argentino.

La tendencia a multiplicar las categorías de las cosas creció a partir del 10 de diciembre de 2019, cuando por efecto de la economía, las fugas de capitales históricas, la deuda externa y la amenaza de un default, junto a la preferencia nacional de aferrarse a “la lechuga”, de un día para otro nos encontramos con que crecieron en “el mercado” 11 plantas (tipos) de dólares: dólar oficial, dólar minorista, dólar mayorista, blue o libre, turista, dólar futuro, el BullExchange o dólar de Referencia, «contado con liqui», dólar «cable» o Bolsa, y dólar tarjeta para gastos en el exterior. Once dólares con distintos precios: $71,42 el oficial, $123 el “blue” o Libre, $108,51 el Bolsa, $114.11 el “Contado con Liqui”, $91,98 el turista, $67,80 el BullExchange, $68,98 el mayorista, y $103 se calcula que estará el dólar futuro en marzo de 2021. Los valores son del 5 de junio de 2020, a las 12:06. Hay que ser precisos porque aquí todo se mueve con tal velocidad que nada es lo que era cuando salió el sol o se escondió.

La pandemia dio motivos para armar una jerga de palabrejas nuevas, choreadas de otros países, adaptadas a lo argentino, y por supuesto algunas exageradas por la propia dinámica nacional. Por eso cuando empezó el aislamiento, primero nos dijeron que entrábamos en Cuarentena, para que entendiéramos rápidamente el encantamiento forzoso. Luego surgió el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio. Lo de obligatorio sonó fuerte. Pero inmediatamente después surgieron 9 tipos de aislamiento: aislamiento estricto, aislamiento administrado, por segmentación geográfica, cuarentena flexibilizada, cuarentena oxigenada, cuarentena inteligente, aislamiento por caso importado, por contacto con el caso importado, contagio comunitario local.

El diccionario se fue completando con los diagnósticos de COVID 19: positivo, sintomático, asintomático, enfermo, grave en terapia intensiva, con respirador o sin respirador, recuperado con posibilidad de donar plasma para salvar a otros nueve infectados. Según el estatus de la infección se dividió a la población en cuatro grupos: Susceptible, Expuesto, Infectado y Recuperado.  El susceptible puede adquirir la infección al entrar en contacto con un infectado y pasar al estado de expuestos, luego al de infectado.

En un curso intensivo incorporamos el distanciamiento social, el barbijo que luego fue un simple “tapaboca”, las antiparras y las máscaras de los neófitos más previsores, que además cargan carteras o mochilas, el DNI, el celular con el permiso según el código QR o el papel impreso para mostrarle al policía, la sube para el molinete y llegar en algún momento al lugar de trabajo si está entre las actividades esenciales o subgrupos autorizados. Uff, agota de solo pensarlo.

El COVID 19 nos mostró en forma palpable, como si no lo supiéramos, el nivel de pobreza que teníamos dentro del territorio: 20 villas de emergencia en la ciudad de Buenos Aires y 1800 en la provincia de Buenos Aires, pobreza material urbana, rural, social, infantil, relativa, estructural y la futura ex clase media que se quedará sin trabajo cuando las Pymes desaparezcan o las grandes empresas reduzcan su personal. Entonces, recién entonces, la Universidad Católica Argentina volverá a medir la pobreza. En el mejor de los casos el “Teletrabajo”, exacerbado por el aislamiento y el trabajo en casa, parece una salida optimista para algunos grupos más adaptados a los avances tecnológicos y la informática.

La movida de la Pandemia generó una nueva clase dentro del poder: la «infectocracia». Por primera vez los científicos, epidemiólogos, sanitaristas y todo tipo de especialistas médicos deambularon por los canales de televisión dando cátedra sobre eso que nadie entendía, ni entiende todavía. No acuerdan si los testeos son vitales o no, sin son lineales o no con los casos positivos para poder terminar con la cuarentena. Ni diez invitaciones a programas alcanzan para explicarles a los periodistas de qué va el COVID 19, por qué no hay que salir todavía de la cuarentena, y por qué otros países ya lo hicieron y toman café sobre cadáveres apilados.

Esto es un monólogo y como bien saben, en un monólogo uno dice lo que le sale, porque hay en la intención una necesidad de filosofar a la ligera, desembuchar lo que agobia por su grado de tragedia. Mientras escribía escuchaba cantar a Néstor Fabián el tango «Ilustre desconocido», en el que Juanca Tavera insertó poéticamente aquella frase memorable: «es el filósofo del Prode en el café, la vieja historia del pescado sin vender…», me hizo acordar tanto a este momento, que la argentinidad o la creatividad más que nunca está «al palo».