La contradicción Salud-Riqueza. Otra disputa desigual.

Por Mauro Vello

El Mundo se enfrenta a un problema enorme –por su escala- que se resuelve relativamente fácil.

Con que cada uno se quede en su lugar de residencia sin interactuar socialmente y con especial cuidado por quienes tienen condiciones de “riesgo”, la cosa afecta a pocos y se manifiesta de manera controlada hasta que se descubra una medicina que convierta al problema en una enfermedad más: que lo resuelva.

No se enoje. Vamos a discutir eso de “fácil”.

La idea de “guerra”, que tanta tinta consume para metaforizar este momento sirve para comparar sucesos históricos e imaginar (recordar) que, si un líder de una potencia armamentista decide amenazar con bombardeos una metrópolis vecina, los ciudadanos de esta se quedaran en sus casas, pero eso no les asegurará no morir aplastados por escombros. Tener un bunker en cada hogar es más caro que disponer de un respirador cada 10.000 habitantes.

Si lavarse las manos regularmente con algo tan barato como el jabón detuviera los misiles del agresor, no existirían los misiles por un problema de costo-beneficio.

De manera que, si se trata de salvar vidas, en pandemia hay un escudo que depende de la voluntad individual, de la decisión del sujeto que en el caso del ataque enemigo no está.

Sin embargo, a los países más vulnerables por su alta interacción con China –donde el Coronavirus nació como epidemia- les costó mucho tiempo tomar la decisión del aislamiento social, interponer su escudo voluntario, unilateral, una decisión no contaminada por la de vecino fundamentalista alguno.

¿Por qué esas Naciones decidieron no defenderse a tiempo? Porque el recurso frena las transacciones de bienes y servicios entre individuos y entre estados.

Una vez más: “¡Es la economía, cabeza!”.

La misma economía que explica que un producto esencial para la prevención de un virus que hace estragos -el alcohol en gel es un ejemplo-, vea artificialmente menguada su oferta cuando se dispara su demanda. Ya se sabe qué pasa con los precios en esos casos, quienes (cuantos) ganan y quienes (cuantos) pierden.

La discusión entre evitar la propagación del Covid-19 y sostener los niveles de actividad económica es válida. Son más muertes con más mangos o al revés. Toda sociedad es libre de optar por un camino. Pero cuando esa contradicción se pone en consideración forzando los argumentos es cuando nos vemos en la obligación de pensar que hay una mejor que la otra, pero que no es funcional al poder económico.

Concretamente las corporaciones han repetido que la falta de actividad económica tiene como consecuencia, en el mediano plazo, mas victimas que la pandemia.

La crisis del ’30 en los Estados Unidos fue una fenomenal depresión económica que nadie ignora. La primera vez que la economía mundial dejaba de crecer desde 1760, primera revolución industrial.

Sin embargo, en todos los grupos demográficos norteamericanos, la mortalidad se redujo durante el comienzo de la década de 1930, coincidiendo con la Gran Depresión y aumentó durante el fuerte crecimiento económico producido a mediados de los 1930. Se observó que las mejorías en salud tuvieron relación inversa con el PBI y relación directa con el aumento de la tasa de desempleo. Los patrones fueron constantes para la raza, el sexo y los grupos etarios. En líneas generales, la expectativa de vida aumentó 8,8 años durante el período 1920 – 1940.

Lo que quiero destacar es que la manipulación de datos como estos (que son muy fáciles de obtener) quitan legitimidad a aquella contradicción salud-riqueza que desde aquí admitimos como válida.

No es lo mismo admitir, “morirán muchos a causa de nuestra política de sostener los niveles económicos” que decir “mantendremos los niveles económicos para que mueran menos”. La otra versión de la segunda premisa es “Morirán muchos, es inevitable. Mantendremos el nivel económico”

Arriba dijimos que el escudo de defensa depende de la decisión individual. Esta esta nutrida de la voluntad social -histórica o coyuntural- que se establece a su alrededor y que se ve modificada por elementos culturales.

En Argentina, este desafío llegó en un momento en que el individualismo está en retirada (a la espera de batallas más favorables) y rápidamente Alberto Fernández cosechó la calma que había plantado en su interacción con todos los sectores desde las PASO de agosto.

Su opción por la Salud, por la presencia del Estado y la conducción política de la crisis no encontró resistencias. Algunas corporaciones y los sectores sociales nostálgicos de la ley de la selva debieron tragar veneno y acatar el consenso, y se pusieron a trabajar en mellarlo.

Las cacerolas por la baja de salarios de funcionarios públicos, todo el que lea esta nota lo sabe, fueron en busca de esa mella al movimiento social y cultural que hizo virtuoso al aislamiento social. No olvidar el repudio a “los artistas que cobran por grabar una canción de cuarentena”. Preocupados porque Techint no pierda plata, pero también de que un cantautor cobre por su trabajo, perseguían perforar el compromiso popular que da sustento a las decisiones del Ejecutivo.

Después vinieron los errores no forzados del propio gobierno y ahí tomaron carrera los damnificados ricos de la cuarentena. Porque, claro, los hay en mayor medida y con mayor daño en las clases populares, en las economías informales y en la clase media profesional y comerciante.

Plantean los ricos encuarentenados que hay que alzar la actividad. Y tienen razón sectorial en hacerlo. Lo novedoso es que pujan con el único vector del sector y se desentienden del rol social que tienen como actores centrales en la vida nacional. Lo propio hacen los bancos, pero al revés. Se recuestan en la inacción a que los tuvo acostumbrados el negocio facil de Lebac y Leliqs y piden carpetas de solvencia a quienes solicitan los créditos a tasa del 24% para pagar salarios. También eso es la economía.

Es tarea de la política defender la idea social de qué es lo que privilegiamos los argentinos y también poner en foco qué es lo que perdemos tomando ese camino, poniendo de relieve qué es lo que perdemos si lo abandonamos.