Juzgar es gobernar

Jean Pierre Matus.

Cuando a Sancho le dan el gobierno de la ínsula de Barataria, don Quijote le da consejos de palabra y por escrito para gobernarla (Caps. XLII y XLI de la Segunda Parte). Buena parte de ellos se refieren a cómo juzgar los pleitos que se le presentan, buscando la verdad y hacer justicia con respeto y compasión, pero sin dejarse engañar por las lágrimas del pobre, las dádivas del rico o sus propias pasiones contra el acusado. Pero también le aconseja no dictar “muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre todo que se guarden y cumplan, que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es que si no lo fuesen, antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas, que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella”.

En esta imagen que Cervantes nos presenta del gobierno Monárquico no cabe duda alguna que una de sus funciones es juzgar. No en vano los tribunales superiores en Occidente suelen llamarse “Cortes Supremas”, ocupando el lugar simbólico de la Corte Real, donde, como Sancho en su ínsula, se gobernada juzgando. Pero claro, es difícil seguir los consejos de don Quijote y los gobernadores y reyes con tales poderes en la mano solían emplearlos en su propio favor o en el de sus allegados a través de la diligente labor de “sus” jueces y una legislación hecha a la medida para favorecer sus intereses.

Por eso Montesquieu propuso quitar al Rey las funciones de juzgar y legislar, entregándoselas al pueblo en la forma de jurados y a través de sus representantes. La revolución de 1789 y nuestras consiguientes revoluciones de la Independencia nos liberaron de los reyes y establecieron sistemas republicanos y representativos para legislar.

Pero se creyó que no sería necesaria una reforma completa del sistema judicial, salvo por las formas de autonomía e independencia atenuada que se les ha dado. Sin embargo, todavía no entregamos completamente al pueblo la función soberana de juzgar ni liberamos a nuestros jueces de las pasiones e intereses mundanos que, como a todos, sesgan sus decisiones.

Mi amigo Maximiliano Rusconi propone una solución antigua a este problema: barajar y dar de nuevo. Piensa que así se podría impedir la obsecuencia con el Gobierno de turno, la intromisión de intereses personales en la selección de causas, la forma de darlas a conocer a los medios, y la sesgada manera de darles término.

La cuestión es cómo podríamos barajar y dar de nuevo para alcanzar esos nobles objetivos. Desde luego, es una ilusión creer que ello se lograría sólo con un cambio de nombres en la composición de los cuerpos judiciales. Los condicionamientos materiales y los sesgos personales harían lo suyo lentamente y al cabo de unos años nos estaríamos preguntando, como Nicanor Parra, “Y ahora, ¿quién nos liberará de nuestros libertadores?”.

Como a veces las cosas se ven diferentes desde “el jardín de al lado”, empecemos por una notable forma de barajar y dar de nuevo verdaderamente revolucionaria entre nosotros, que ya existe en varias Provincias argentinas: el juicio por jurados. Esa es la forma practicable de hacer que todos los juristas nos sometamos al parecer de los magistrados del pueblo, electos de la forma más democrática posible: por sorteo. Deberíamos aquí y allende Los Andes profundizar en este camino, para toda clase de delitos y en todas las jurisdicciones, incluyendo la justicia civil, laboral y de familia.

Y ya que hablamos de formas democráticas, ¿no deberían ser los representantes del pueblo en los juicios criminales electos también por éstos? Claro, no es necesario elegir a todos y cada uno de los fiscales, pero el Fiscal Regional, en Chile, y el Fiscal Jefe de la Provincia, en Argentina, podrían ser electos (y los fiscales adjuntos depender de ellos). En caso contrario, deberían ser empleados de confianza del Presidente o el Gobernador, respectivamente, de modo que su cargo sea temporal y esté democráticamente legitimado. Naturalmente, esto supone la necesidad de contar con mecanismos institucionales para que fiscales ad hoc, nombrados por el Congreso o la Corte Suprema, puedan investigar los actos criminales del Gobierno. En un sistema federal, como el argentino, la distribución de competencias podría solucionar el problema, atribuyendo a la Fiscalía de la Provincia de Buenos Aires competencia sobre el Gobierno Federal y viceversa.

Tratándose de los jueces, hay que desterrar todo dogmatismo a la hora de barajar de nuevo. Desde luego, su independencia debe ser asegurada, con nombramientos vitalicios mientras mantengan una salud compatible con el cargo y no sean condenados criminalmente ni hagan abandono notable de sus deberes. Sé que no está de moda decirlo en América Latina, pero los nombramientos vitalicios son la única forma de asegurar que el juez no esté pensando en qué sucederá con su vida profesional una vez que deje el cargo: todos los días irrita a las partes que pierden los pleitos y en un ejercicio de largos años ellas “pueden ser legión”. Si queremos que el juez sea valiente y falle según la ley y no atendiendo a las lágrimas del pobre o a las dádivas del rico, no debe tener en su mente ni un atisbo de temor acerca de las represalias que podría sufrir por sus decisiones. Lo mismo se aplica frente a las presiones del Gobierno y el Parlamento: mientras vivamos en democracia, y el Presidente y los parlamentarios tengan cargos de elección temporal, sus presiones causarán poca mella en un magistrado cuyo cargo depende de su buen comportamiento y no del resultado de las próximas elecciones.

Pero lo principal: hay que suprimir la carrera judicial, en todos sus escalafones. Que cada juez mantenga su cargo en propiedad y de manera vitalicia mientras mantenga su buen comportamiento, pero que no tenga ninguna esperanza de “ascender” ni temor de “descender” por sus fallos (salvo que en ellos esté prevaricando, lo que importaría su expulsión). Un sistema interesante sería que, en cada Región o Provincia, los jueces formasen un solo pool y, por sorteo, se designasen temporalmente en las distintas magistraturas (familia, criminal, laboral, civil) y salas de las Cortes de Apelaciones. Y nada de dar lugar a preferencias personales y eternizaciones en materias “especializadas”.

Obviamente, esto supone que, en ningún caso, para ser juez de Provincia, Región, de la Federación o miembro de la Corte Suprema se debe requerir haber sido juez por un tiempo, en una jurisdicción determinada o haber sido previamente formado por una “Academia Judicial”. La idoneidad profesional, y quizás alguna experiencia reflejada en años determinados de ejercicio como abogado particular, fiscal, defensor, magistrado, etc., deberían ser las únicas exigencias para postular o ser designado como juez.

Con un sistema así, no habrá problema sino, al revés, será muy necesario, que el primer y único nombramiento tenga legitimidad democrática. La designación por el Presidente electo con el acuerdo de la mayoría simple del Senado para los cargos en la Corte Suprema, y un sistema similar en cada Provincia o Región serían suficientes. Nada de Consejos de la Magistratura, quinas o ternas propuestas por las Cortes Superiores, ni mucho menos intervención de asociaciones de jueces, abogados, académicos y otros en el proceso de selección y nombramiento. Mientras a menos personas se “deba” al cargo, con menos personas tendrá que congraciarse quien quiera ser juez o miembro de la Corte Suprema y a menos estará tentado de agradecerle desde su nueva posición.

Y aunque el agradecimiento es una virtud humana, como el juez tendrá un cargo vitalicio y los políticos que lo eligieron uno temporal, el sesgo que podría producir en sus decisiones se atenuará rápidamente con el paso de los años y la seguridad del cargo. Ese mismo paso del tiempo hará que el sesgo político de cada nombramiento se vaya compensando con los sucesivos, a medida que la muerte y la enfermedad obliguen a renovar el cuerpo de magistrados.

Soñar no cuesta nada, pero ya que se nos invitó a barajar y dar de nuevo, esta sería mi mano ideal.