Insultos en la Catedral

A Tomás Rebord, por su inteligencia sin esquilar.

Por Rafael Bielsa. Embajador.

¿Es censurable que decenas, centenares, miles, incluso centenares de miles de personas, salgan a las calles de pueblos y ciudades de todo el país a reclamar democráticamente? Es posible (y hasta políticamente útil) entender por qué se derramaron el 17A sobre Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Quitilipi, Perico e incluso Samarcanda, si hubiera sido una localidad argentina. Vimos una marea de individuos, munidos de carteles y de banderas, enancados en autos o bestias de tiro, para utilizar la continuidad estilística de la prosa comercial. Dentro del azote pandémico, también se consiguen expresiones contestatarias análogas en lo que llamamos el mundo “desarrollado”. Lo sucedido el lunes no tiene nada de malo.

Dichos compatriotas no hicieron otra cosa que exteriorizar un derecho de ciudadanía originaria, cual es el de expresarse públicamente. La Argentina lo ha practicado bajo la vigencia de regímenes democráticos y hasta sometida a gobiernos de facto. ¿Quién puede negarlo, quién podría criticarlo?

Lo que resulta intrigante, y antes no lo era, es dilucidar sus motivos. En otros momentos, no demasiado lejanos, anegaron las arterias denostando a jueces que permitían que los bancos les hubiesen confiscado sus ahorros. Reclamando por una rebaja en la renta que les producen sus propiedades agrarias. U oponiéndose a proyectos de modificaciones legislativas orientados a menguar los ingresos de los jubilados. Solidarizándose con un padre que había perdido a su hijo de manera cruenta, y exigiendo seguridad. Y pidiendo recomposiciones sectoriales o generales en las retribuciones. Fueron protestas tan legales como las del 17A, salvo que expresas e inteligibles. Por lo tanto, razonablemente homogéneas. Nadie dijo que se trataban de galimatías, aun cuando no las compartieran.

Semejante heterogeneidad de demandas como las expresadas el 17A, naturalmente, lleva a la perplejidad. ¿Qué es lo que el subsuelo sublevado de la Patria pedía ese día? ¿A quién se lo pedía? ¿Con qué urgencia lo necesitaba?

Al parecer, para el sentir de la asamblea ciudadana del día feriado, la Organización Mundial de la Salud se opone a un anhelado e impostergable nacionalismo. La violación de la distancia social es compatible con el reclamo por el “derecho a la vida”. La democratización de la Justicia se exige prometiendo la muerte a un movilero televisivo. Podría existir alguna resolución reciente y poco conocida del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que reniega de la libertad y de Dios. Habría alguna veda subrepticia que censura al Club Atlético Boca Juniors. Me cuesta encontrar una respuesta para semejantes móviles, que sin embargo hilvanaban paroxísticamente a los cismáticos.

Con esos interrogantes, crueles por carecer de respuesta, dormí sobresaltado del lunes por la noche al martes por la mañana. Cuando el sol se ponía en el levante, pude leer los medios masivos de comunicación nacionales, escucharlos, ver fragmentos de sus coberturas, y gracias a ellos la luz de la razón por fin me iluminó. Eso sí, momentáneamente.

Clarín aportó, en tapa: “Pese a la cuarentena, la gente salió a la calle contra el Gobierno”. “El Gobierno había intentado desalentar la movilización apelando al miedo a eventuales contagios, pero fracasó”. “La oposición respaldó la marcha, salvo Horacio Rodríguez Larreta, que se desmarcó”. “Un síntoma que el gobierno deberá atender”.

Habrá sido contra el Gobierno, pero también contra el multilateralismo, la globalización, la abstinencia sexual, los actos de disposición sobre el propio cuerpo, el síndrome de agitación involuntaria por la privación del asado del domingo. La “apelación al miedo”, en el mundo civilizado, se suele denominar “mantenimiento de una distancia segura”. La oposición, además de Rodríguez Larreta, ofreció una amplia paleta de dirigentes que reivindicaron que su rol era “mantener canales de diálogo, y no generar rispideces”. Desde Juntos por el Cambio (oposición), afirmaron que “no era el que convocaba a la movilización”, porque se trataba de una marcha ciudadana. En cuanto al síntoma que el Gobierno debería atender, parecieran ser tantos que los gobernantes deben estar atascados en un embotellamiento asistencial.

Más que poder de análisis, parece don de profecía. Al menos, por lo que la cruda y no adjetivada realidad mostró. O tal vez escucharon a Alejandro Dolina: “la oposición ha sido tan generosa en sus premisas que hasta ha tenido la delicadeza de sumar reclamos antagónicos y contradictorios». Al día siguiente hubo otra portada, con título y bajada: “Más de 300 mil contagios”, con lo que la Argentina “ya es el 13° país del mundo con más casos”. Hacía tiempo que no nos gratificaba algún podio, y Clarín nos lo ofreció. Dicho esto, habiendo cosechado tan preciada presea… marchar no hubiera sido los más aconsejable. En fin, sintéticamente, más confusión a lo confuso. Varias confusiones jamás hacen una diafanidad.

Bueno, pensé, no era por escrito, Palacio; era por abajo. Entonces escuché algunas radios, vi algunos programas de televisión. Todos los que compartían los mismos intereses económicos, expresaban casi con idénticas palabras el repetido concepto: contra el Gobierno. Quien quiera oír, que oiga.

¿Contra un gobierno que tiene ocho meses de gestión, cinco de los cuales bajo una peste que consternó el orden mundial? ¿Contra un gobierno que empezó a resolver un problema de endeudamiento colectivo y lo logró? ¿Contra el gobierno que pensó que intervenir en la deuda de la empresa Vicentín era lo más provechoso para el interés general? ¿El que, cuando advirtió que la iniciativa era resistida por los propios perjudicados, dio un paso atrás? ¿Una exteriorización de civismo impar contra un gobierno recientemente elegido de forma democrática por la mayoría de los habitantes del país de todos? ¿Una épica pueblada contra quienes intervinieron la AFI, bajando a los sótanos del Estado nocturno? Es el gobierno que guardó un silencio oportuno, cuando el candidato de Donald Trump a presidir el Banco Interamericano de Desarrollo declaró que el préstamo del FMI, tuvo por objetivo permitir la reelección del anterior presidente. El que envió a las cámaras del Congreso un proyecto de abordaje a los problemas judiciales que, si yo tuviera que prescribirle una medicina, le recetaría una buena inyección de hierro, en lugar de incitarnos a beber dióxido de cloro, como hizo una celebrada animadora televisiva.

Me costaba aceptar que la identidad comunitaria de los peregrinos del lunes, sólo fuese que se trataba de gente a quien lo único que le importa, es lo que le pasa a ella; personas con una monumental resaca, obstinadas en pasar por sobre quien fuera, para llegar al lado mejor del mundo.

Tenía que haber algo más, algo tan evidente que yo no lo reconocía por tenerlo bajo mis ojos, una especie de carta robada, como en el cuento del Edgard Allan Poe, una esencia que me hubiese acostumbrado a oler y por eso me resultara familiar, un dolor de años que me había acostumbrado a llevar clavado en mi costado.

“El antiperonismo es una droga dura”, dijo no hace mucho un músico o un poeta o ambas cosas, uno de esos seres luminosos que dicen más que lo que los demás alcanzan a escuchar. Y Jacinto Benavente, que “más se unen los hombres para compartir un mismo odio que un mismo amor”. Incluyamos a las mujeres, porque la frase es pretérita. Y pensemos en el peronismo, porque el dramaturgo era madrileño y no argentino.

El peronismo no es golpista; en todo caso, ha sido el golpeado. No es destituyente; en todo caso ha sido destituido. No es proscriptivo: fue el proscrito. El peronismo jamás promovió que una derrota a traición se transformara en una victoria luctuosa. Más allá de los clichés de época, ha otorgado más derechos que aquellos que sus detractores le imputan haber degradado. No sólo después de 1983; incluso antes, del ‘45 al ‘55, y desde el ‘73 al ‘76.

Si se equivocó, cosa que acepto y en lo que pienso sin cesar, pocos sectores políticos lo han pagado durante tanto tiempo y con tanta sangre. No hablo de muertos universitarios (aunque no los olvide); me refiero a obreros. A trabajadores peronistas. Cuando gana elecciones, cosa que sucede con frecuencia, no lo hace falseando la voluntad popular, manipulando los resultados, cometiendo fraude, sino evitando que la votación sea fraudulenta a sus expensas. Cualquier fiscal de mesa lo sabe.

Se atribuye a Calígula haber dicho “que me odien, siempre que me teman”. En todo caso, frases como “la gente de campo debería armarse y poner francotiradores para defender la propiedad privada”, sí que están orientadas a asustar, especialmente a asustarnos. A los peronistas. Para que sintamos el rigor y la pestilencia dulzona del final, lo más cerca posible del comienzo.

Cuando me refiero al peronismo y a los peronistas, no me refiero a los afiliados al Partido Justicialista, sino a los que sienten dolor por el dolor del otro. No a la compasión, sino a la solidaridad.

Quienes manifestaron el 17A, llegaron a su casa sintiéndose virtuosos. Partes del sacrificio bélico. Sólo que deberían pensar en eso. En que se sienten virtuosos, porque son parte de un sacrificio bélico. Así como el pecado favorito de Satanás es la vanidad, la trampa del capital concentrado consiste en dejar que nos sintamos libres hasta el momento en que nos damos cuenta de que no lo somos, ni lo volveremos a ser.

No sólo se hace daño con armas en el desarrollo de un conflicto bélico. En una democracia representativa y participativa, también se daña “jodiendo el invento”, como dicen insuperablemente en España.

Zavalita se preguntaba: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, al comienzo de “Conversación en la catedral”. Yo no tengo respuestas para esa pregunta y no me gustan los contra-fácticos. Pero sé cuándo se hubiera jodido: en el momento de elegir como presidente del país a ese maravilloso novelista e inexplicable político que es Mario Vargas Llosa. Premio Nobel de Literatura, no de la Paz.

Adicionalmente: ¿qué saben del odio, quienes no conocen más que el odio?